viernes, 18 de agosto de 2017

SUI GÉNERIS: Canciones de una época agridulce...




De muy pocos discos en la historia del rock mundial se puede decir que todas (o casi todas) sus canciones han quedado en el recuerdo como hitos populares, a pesar de no contar con mucha difusión en los medios masivos. Y este es el caso de Confesiones de Invierno, el segundo álbum de Sui Géneris, editado en agosto de 1973, la producción que lanzó definitivamente a la fama al dúo formado por Charly García y Nito Mestre.


Sin dudas, Confesiones de Invierno fue un álbum ambicioso, tanto en lo que respecta a su contenido como a su realización. Nuevamente con la producción del genial y multifacético Billy Bond, éste sería un disco mucho más pulido que Vida, ya que fue registrado en ocho canales -todo un lujo para esa época- en los célebres estudios de la RCA y en Phonalex. Más tarde, su éxito de ventas fue brutal entre los jóvenes y adolescentes de aquellos años, sobrepasando las expectativas más optimistas, hasta darle un matiz popular al rock argentino en aquellos primeros y afiebrados años de un género musical que aún subsistía como un fenómeno cultural under.

Y es que todas las canciones del disco, compuestas integralmente por Charly, eran de una calidad superlativa. Empezando por “Cuando ya me empiece a quedar solo”, el brillante relato en primera persona en donde un García de tan solo 21 años, luego de darse cuenta que no iba a ser joven por siempre, se imagina la posible vejez de un artista olvidado y sumergido en la soledad. Sin dudas, una canción melancólica y triste, pero sumamente apasionada, debido quizás a esa onda tanguera presente en sus primeras estrofas –gracias al aporte del bandoneón de Juan José Mossalini-, que terminaba estallando en un poderoso y conmovedor estribillo bien rockero y cancionero. En “Bienvenidos al tren” el dúo hacía su propia declaración de principios, en clave folk, llamando a todos los que quisieran subirse a ese bohemio y mágico tren musical que arrancaba con destino a un imaginario fogón en donde todos podrían cantar, tocar la viola y ser felices.

“Un Hada, un Cisne” fue un tema curioso, porque debido a su letra, casi de cuento infantil (y deprimente…), no muchos repararon en su hermosa y fina melodía, en clave jazzera, en la que se destaca el dueto instrumental de Mestre (flauta) y García (piano), potenciados por la participación estelar del baterista Juan Rodríguez, quien luego se convertiría en el batero full time y definitivo de Sui Géneris. Por su parte, “Confesiones de Invierno” era una canción 100 % del mejor Charly García íntimo y confesional, y quizás por ello el Bicolor haya decidido cantarla solo, acompañado por su guitarra. En este tema se narraba, en primera persona, el derrotero desafortunado de un joven (que a la manera de varios otros de aquellos años, como por ejemplo el malogrado Tanguito) no puede ni quiere adaptarse a los dictámenes de una sociedad, que parece dejarlo de lado, a la vez que reprime su derecho a la libertad por el uso de la fuerza policial, hasta terminar internándolo en un neuropsiquiátrico.

El antiguo Lado Dos de este álbum editado por el sello Talent-Microfón, arrancaba con ese otro himno de fogón intitulado “Rasguña las piedras”, una de las canciones más populares de la historia del rock argentino, y –quizás- también la más exitosa de la carrera de Charly García. Un verdadero clásico que hablaba alegóricamente acerca del amor por la libertad, pero que, con el correr de los años,  suscitaría variadas interpretaciones entre el público, llegando hasta el absurdo de vincular la inspiración de su letra a la posible historia de una novia cataléptica de Charly, que habría sido enterrada viva, o a la que, incluso, se le había caído una pared encima (!) Según su autor, estas interpretaciones propias de la leyenda urbana no tenían nada que ver con la realidad, ya que “la idea del tema era expresar las ganas que tiene uno de sacarse de encima las lacras de la sociedad y también sus propias debilidades, los empecinamientos o los clisés negativos que cada uno lleva adentro”. En lo que respecta a lo instrumental, “Rasguña las piedras” se grabó con el acompañamiento de una orquesta dirigida por Gustavo Beytelman, un prestigioso conductor y arreglador de música clásica. Charly había llamado a Beytelman para que lo ayudara a redondear el tema, debido a su complicada polirrítmica parte central, que hacía que los músicos chocaran en el momento de la interpretación.

“Lunes otra vez” era un tema folk alegre que, paradójicamente, relataba el desosiego habitual del común de los mortales ante la inminencia del peor día de la semana, ese que le pone punto final a esa esperanza de escape, redención y ocio que es el fin de semana. Sin dudas, ese cuasi blues intitulado “Aprendizaje” fue otra leyenda de la música popular argentina, luego también reconvertido en canción de fogón e interpretada mil veces. Su popularidad quizás se deba a que enumeraba buena parte de los anhelos, miedos y esperanzas del imaginario de los adolescentes de la clase media argentina de aquellos años. Nada que ver con el rockazo “Mr. Jones”, un “sangriento” tema en donde se relataban los asesinatos en serie de una familia, a quienes también se los podía relacionar con la “normalidad” de Los Locos Adams

Luego de esta canción,  Confesiones de Invierno llegaba a su fin con la pretenciosa “Tribulaciones, lamentos y ocaso de un tonto rey imaginario o no”, otro relato en primera persona, complejo y apasionado, en donde un monarca caído en desgracia contaba como una revolución popular había arrasado a su antigua corte y reinado, dejándolo en la ruina, por haber encabezado un gobierno –sumergido en el lujo y la vanidad- ignorante de las penurias de su pueblo. Sin dudas, una canción que ahora se podría emparentar, desde lo musical, con el estilo ópera rock de Tommy, de los Who; y con respecto a su letra con varios gobernantes inútiles y poco perspicaces de la historia política mundial (como por ejemplo, el último zar ruso Nicolás II o, incluso, nuestro inefable Fernando De la Rúa), cuyos inopinados mandatos no tuvieron un final feliz.

En resumen, más allá de ser muchas veces criticado por su aparente estrechez de miras, por ser muy “inocente” desde lo musical, o, incluso, “adolescente” debido a las temática de sus letras, la calidad artística de Confesiones de Invierno es incuestionable, y sigue sorprendiendo a propios y ajenos, aun hoy, a más de 40 años de su lanzamiento. Y por eso seguirá figurando en la lista de los álbumes imperdibles, y necesario rito de pasaje, para miles de oyentes neófitos que se acercan por primera vez a lo mejor de la música joven de este bendito país.

LA PROGRESIVA ELECTRIFICACIÓN DE SUI GENERIS

A principios del 74, Sui Generis incorporó a Juan Rodríguez, quien junto a Rinaldo Rafanelli (bajo) formarían la sólida base musical que necesitaban las soberbias canciones que García empezaba a componer. Recién luego de muchos meses de ensayo comenzaría la grabación de un nuevo álbum. Hacía poco que Charly había empezado  a experimentar con modernos teclados y sintetizadores (Mini Moog, ARP String Ensemble, clavicordios Hohner, órganos Hammond, piano Fender Rhodes, etc.) traídos especialmente por el productor Jorge Álvarez desde Estados Unidos. Esta mixtura de registros sonoros dio al disco un carácter más ecléctico y progresivo que haría desaparecer el sonido acústico de los inicios del dúo. De movida, la producción iba a llevar por título Instituciones, aunque posteriormente sería llamado (para alivianarlo) Pequeñas anécdotas sobre las instituciones. Por supuesto, el disco tuvo problemas de entrada con la censura. O, en este caso, de autocensura, porque Jorge Álvarez le sugirió a García que también alivianara un poco el contenido de las letras de las canciones. Eso colocó a Charly en la tarea de revisar el modo de expresar sus ideas.

Recordemos el contexto de época. Aquellos eran los días en los que la sociedad aún se veía sacudida por la reciente muerte de Juan Perón. El gobierno había recaído en manos de su viuda Isabel Martínez, mientras que se verificaba un vacío institucional impresionante y, a la vez, se intensificaba la lucha armada entre la guerrilla (Montoneros y ERP) en contra del poder de extrema derecha enquistado en el gobierno de la mano del "brujo" López Rega, el cual manejaba grupos paramilitares anticomunistas (la tristemente célebre Triple A). Mientras tanto las Fuerzas Armadas, en las sombras, iban encubando el huevo de la serpiente, comenzando a delinear su plan represivo para la futura toma de gobierno, concretada finalmente el 24 de marzo del 76 cuando se inició el sangriento Proceso de Reorganización Nacional.

Dentro de este contexto era seguro que un disco con letras tan explicitas como Instituciones  iba a ser visto "con lupa", y era casi exponerse a un “suicidio en público”. De esta forma, por temor a la censura y las represalias, el tema "Tango en segunda" (a último momento) debió reemplazar al muy explícito "Juan Represión" y el instrumental "Tema de Natalio" a "Botas locas", éste último una crítica el servicio militar obligatorio. Mientras que las letras de otros temas como "Instituciones", "Las increíbles aventuras del Sr. Tijeras" y "Para quien canto yo entonces"; fueron modificadas, alivianando su contenido. En lo que respecta a lo musical, en este álbum también participaron varios músicos amigos invitados: David Lebón en guitarra, León Gieco en armónica y el recordado Jorge Pinchevsky en el violín.

El disco abría con Instituciones, un tema que mostraba el notable avance que había tenido García en lo instrumental y en la composición de letras más adultas, no tan adolescentes. Letras que, por el contrario, ya comenzaban a "meter el dedo, ahí en donde duele..." como dijo, alguna vez, el propio Rafanelli. El tema reflejaba la opresión que las instituciones ponían sobre la juventud: "Los magos, los acróbatas, los clowns... Oye niño las cosas están de este modo... tenés sábados, hembras y televisores...no preguntes más!!!".

"Tango en Segunda" era Charly metiendo su cabeza dentro de la música ciudadana y su fusión con el rock progresivo (en auge en esa época). La canción incluía el derecho al pataleo del dúo en contra de su manager Jorge Álvarez: "A mí no me gusta tu cara, ni me gusta tu olor...". Sobre el final, la canción presenta, por primera vez, un leitmotiv melódico que sería usado nuevamente por García en producciones posteriores (en el disco Películas, de la Máquina de Hacer Pájaros y en La Grasa de las Capitales, de Serú Girán).

"El Show de los muertos", es uno de los temas más particulares del disco, con sus letras metafóricas y su música tenebrosa y encantadora por igual. Este tema incluye un solo de saxo sintetizado, el cual genera un clima casi "Floydiano" totalmente inédito en la música del dúo. Inmediatamente después se escuchan los rápidos tijeretazos (en estéreo, pasando de un canal al otro) del Señor Tijeras, el personaje central de una genial fábula basada en la historia de un famoso censor de la época: Luis Paulino Tato, un oscuro funcionario que decidía que podían ver o no los espectadores en el cine. El tema en cuestión se llama "Las increíbles Aventuras del Sr. Tijeras" y contiene climas cambiantes así como un armado melódico bastante interesante, que incluye un crescendo imponente y perturbador, cuando la locura del Sr. Tijeras lo lleva a confundir realidad con ficción, asesinando a su esposa, de la misma forma que “asesinaba” la libertad de expresión, a tijeretazo limpio. En lo musical, rock progresivo de primera calidad, en la veta del rock sinfónico italiano, como el de Premiata Forneria Marconi o Banco del Mutuo Soccorso; y en lo lirico, con unos versos tan cómicos como brutalmente sintonizados con la época. Eran las primeras pinceladas del García como compositor de canciones que reflejaban como nadie en el rock, y con humor, la difícil realidad de la sociedad argentina. Como en esa parte de la letra que dice: "Te veré en 20 años en televisión... cortada y aburrida, a todo color...", algo que pasó en la realidad con varias de las películas prohibidas por Tato, como fue el caso de El Último Tango En Paris, de Bernardo Bertolucci, por ejemplo.

"Pequeñas delicias de la vida conyugal" abría el antiguo Lado 2 de la edición en vinilo de esta obra. Esta canción era otra típica página adolescente de Sui Generis, pero, a diferencia de los discos anteriores, su sonido es muy progresivo. "El tuerto y los ciegos" es, en cambio, una pequeña página "folk",  que cuenta con una gran performance de Pinchevsky en violín, y una muy bella letra de Charly. Más tarde llegaba "Música de Fondo para Cualquier Fiesta Animada", una genial metáfora de la realidad argentina de la época. Un tema con mensajes lamentablemente atemporales que serían proféticos, muy poco tiempo después. La siguiente es una página instrumental llamada "Tema de Natalio", compuesto (de apuro, como decíamos antes) por García y Rafanelli. Supuestamente inspirado en la “música que escucharía Natalio Ruiz, el hombrecito del sombrero gris”, este tema, a pesar de sus buenas intenciones y su matiz progresivo, quizás sea el punto más bajo en este superlativo disco.

La última canción, de la edición original, era "Para quien canto yo entonces". Un gran cierre y quizás la primera autorreflexión de Charly García en público sobre su condición de artista dentro de una sociedad tan controvertida como la argentina.

Recién en 1994, se agregarían, como Bonus Tracks, los dos temas auto censurados (según Charly, nuevamente por idea de Álvarez): "Juan Represión" (dedicado, casi con seguridad, a López Rega y Cía.) y la inefable (y a la postre profética, con respecto al Caso Carrasco, que le puso fin a la Colimba) "Botas Locas" .


COLOFÓN

A pesar de la meritoria búsqueda sonora y lírica de este nuevo Sui Géneris, y ante el fracasado proyecto de grabar un nuevo álbum llamado Ácido, la banda no pudo desandar sus pasos en el callejón sin salida que estaban transitando. Las baladas perdían peso ante el abrumador avance del rock progresivo, y, a la vez, los temas de Instituciones poco tenían que ver con el espíritu adolescente que le dio popularidad y éxito al dúo en su inicio. Cansado de luchar para imponer sus nuevas canciones, y ante la perspectiva de alcanzar nuevos horizontes musicales, Charly, de común acuerdo con Nito, decidió ponerle punto final a esta historia. Por eso, a mediados del 75 ambos anunciaron que Sui Generis se disolvía. A pesar del enojo inicial de Álvarez, que incrédulo veía como su número principal se separaba en su mejor momento, se organizó una velada de despedida a todo trapo en el Luna Park, con el nombre de Adiós Sui Géneris, emulando al Goodbye Cream, del power trio inglés. La fecha elegida sería el viernes 5 de septiembre de 1975. Como la demanda de entradas superó todas las expectativas, hubo que agregar otra función para la misma noche. Ambas convocaron a más de 30 mil espectadores. Una cifra inédita en esa primera década del rock argentino, para un único grupo. Había terminado una historia y nacía la leyenda…

Emiliano Acevedo

miércoles, 16 de agosto de 2017

VOLVIENDO A CASA, entrevista a Gustavo Spinetta



La casa de la familia Spinetta ha cambiado bastante en los últimos 45 años. Luego de sucesivas remodelaciones, pocos vestigios quedan de cómo era en la época en que Almendra ensayaba ahí. Sin embargo, es la misma casa que alumbró los sueños de los integrantes de aquella histórica banda y que hoy alumbra los de Amel, el grupo formado por Gustavo Spinetta, junto a su sobrino Gonzalo Pallas.

En Amel, Gustavo encontró su lugar en el mundo, el grupo que siempre quiso tener. Sin embargo, durante toda su vida ha realizado muchas otras actividades además de tocar la batería. Pintura, dibujo, esculturas en cerámica, diseño… Una vida libre dedicada al arte, en su mejor expresión. Para conocer un poco esta historia personal, fui hasta esa mítica casa, situada en la calle Arribeños, pleno barrio de Belgrano, en donde compartimos una larga charla, acompañada por un té.

Fue una tardecita de miércoles, no hace mucho tiempo. Alrededor nuestro se encontraban varias de sus esculturas en cerámica, incluyendo una realizada para la portada del primer disco de Amel. En ese marco, durante más de dos horas, Gustavo nos relató varios de los acontecimientos más importantes de su vida. Desde los primeros años, su apasionamiento súbito por la batería, sus idas y vuelta con la música, su paso como percusionista de IKV, hasta llegar a este proyecto actual de Amel, una banda con espíritu y vocación cancionera, como las de antes, en pleno y sostenido crecimiento. Por supuesto, no podía faltar en esta entrevista la figura omnipresente de su hermano Luis Alberto, del que recordó varias anécdotas en común –como, por ejemplo, la grabación de Artaud, el mítico álbum en el que Gustavo participó como músico invitado en las canciones “Cementerio Club” y “Bajan”-, además de muchos otros momentos llenos de emoción y sentimiento.

Por eso, así como quien no quiere la cosa, nos salió esta entrevista, que, sin dudas, es una de las más emotivas que hayamos publicado en Intersticio.

Para disfrutar: Gustavo Spinetta, en primera persona…

BUSCO MI DESTINO 

Leí que en tus inicios empezaste con el bajo en vez de la batería. ¿Cómo fue eso? 
Es que me encantaba su sonido. Por eso, Luis, sabiendo de mi preferencia por el instrumento, mientras escuchábamos algún tema, me cantaba la parte del bajo en el oído. Luego, cuando cumplí 15 años, me llevó a recorrer las casas de música del Centro, para que elija un bajo para tocar, que él me lo regalaba. Así fue que elegimos un bajo Faim, que a mí me gustaba mucho por el diseño muy moderno que tenía. Por supuesto, en esta casa, durante esos años, ensayaron Almendra, Pescado, hasta Invisible. Por eso acá siempre estaban armados todos los equipos y me acuerdo de que una vez había, creo, una batería Ludwig. Un día estábamos solos con Luis, no había nadie en la casa y podíamos hacer tanto ruido como se nos diera la gana. Él agarró el bajo y yo me senté en la batería, y nos pusimos a tocar, a zapar un blues; y vi que me salía… 

Nunca, hasta ese momento, habías estado tocando una batería… 
No, no. Sin embargo, durante la época de Almendra yo había hecho de plomo del grupo, armándole la batería a Rodolfo (García), y no le sacaba los ojos de encima, viéndolo tocar, porque para mí el batero era como el guía musical del grupo, como si a partir de ahí se desarrollaba todo, pero no tenía incorporada la idea de tocar batería. Recién, a partir de esa zapada con Luis, me di cuenta de que quería tocar la batería. Después estudié un año y medio con (León) Jacobson, que era primer percusionista del (Teatro) Colón. Él me enseñó a leer bien los rudimentos del baterista, todo lo que se podía hacer con el tambor. Después desarrollé mi técnica con el Podenski, un libro mítico, bien marchoso, pero que tenía todo lo que había que saber. Sin embargo, nunca fui de meterme mucho a estudiar la técnica porque siempre le di más importancia a la parte intuitiva. 

¿Cuáles son tus bateristas preferidos? 
Ringo Starr, Charlie Watts, John BonhamBonham era lo máximo para mí porque en ese tiempo estaba muy copado con el rock pesado de Led Zeppelin, Deep Purple y Black Sabbath. Luego, cuando empecé a escuchar jazz rock, me enganché mucho con la Mahavishnu Orquestra y me volví loco con Billy Cobham, no podía creer lo que tocaba ese tipo. A partir de ahí me empiezo a interesar por la fusión y los bateros de jazz, me copaba mucho con el virtuosismo de esos grandes músicos… 

¿Qué te gustan más, los bateros exhibicionistas u otros como Ringo, con un estilo más simple pero preciso? 
Qué sé yo, no sé. Esa es la dicotomía eterna. Creo que puedo disfrutar de todo. Obviamente que le doy más bolilla a un tipo que se mete en la composición, que no brilla por sí mismo, pero que hace que el resto brille. Sin embargo, a ese otro tipo de batero, más exhibicionista, tampoco no lo puedo soslayar, por supuesto. Me viene a la mente Verdinelli, él es capaz de tocar cosas re pesadas con los Kuryaki y, a la vez, tocar con Luis Salinas y con mi hermano las cosas más sutiles que te puedas imaginar… Bueno, él, para mí, vale más que miles de bateristas, porque está siempre metido ahí, brindando algo justo a lo que le pide la música. 

LA MÚSICA QUE AMAMOS 

¿Cómo se dio tu participación en Artaud
Creo que se debió al entusiasmo de mis primeros tiempos tocando la batería. Además, Luis estaba desarmando la banda y vio en mí un posible batero para todos esos temas nuevos que estaba componiendo. Por otro lado, yo toco dos temas bastantes sencillos ahí. Luis sabía que a mí me gustaba mucho el blues, porque estaba siempre escuchando muchos discos de blues, y era como que eso yo lo tenía bastante incorporado. También había otras músicas muy sencillas como las Neil Young, su disco Harvest a mí me rompió la cabeza, en lo compositivo, y a Luis también le pegaba mucho esa onda. Por ejemplo, a mi intervención en “Bajan” yo la asoció directamente con ese disco de Neil Young. Me gustaban las baterías que aparecían ahí porque eran bastantes sintéticas en lo conceptual y, a la vez, muy potentes. Por otro lado, en esa época Luis estaba viviendo otra vez acá, después de haber vivido solo un tiempo. Él ya estaba de novio con Patricia –la futura madre de sus hijos-, vivíamos todos juntos acá, y al mismo tiempo estaba componiendo Artaud, viste. Estaba en un proceso creativo increíble, donde todo quedaba a flor de piel… (piensa, se emociona) Fue todo muy natural. Ensayábamos acá en nuestra casa, antes de ir a tocar, y nos íbamos caminando a grabar al estudio Phonalex, porque estaba acá cerca, en el Bajo Belgrano. En sí, el clima era de intimidad, porque lo que se estaba gestando era una cosa muy íntima. Creo que por eso él me convoca para tocar esos temas, porque esa carga afectiva era muy fuerte y muy importante… 


¿Qué sentís por haber participado en el disco que es considerado como el mejor de la historia del rock argentino? 
Básicamente, orgullo. Yo no sé si en ese tiempo le daba el valor que le doy ahora, ¿no? Por supuesto que le daba valor, pero, al mismo tiempo, tenía también otras cosas en la mente. Tampoco era consciente de que lo que estábamos haciendo iba a trascender de esa manera. De lo que ya estaba seguro era de lo mucho que me gustaba la música que hacía Luis. Siempre supe valorarlo y me encantaba lo que hacía. De hecho, la música que más me gusta es esa, no hay otra, viste. Además, siento mucho orgullo porque en esa época yo recién empezaba y estaba al lado de monstruos, tipos que ya eran recontra consagrados. Por eso no era que yo creía que era lo más grande del mundo, todo lo contrario, yo estaba dando una cosa re humilde y me sentía como un pollito dentro de esa situación. Lo demás era impensado… 


Después de eso fue como que tuviste un par de idas y vueltas con la música, ¿no? 
No sé bien debido a qué, pero hay que remontar el hecho de ser el hermano de alguien muy famoso, porque todos están esperando que hagas algo igual o mejor. Esa es gente muy fanática que lo primero que hace es criticarte. Siempre fue duro lidiar con eso a esa edad y, por otro lado, tampoco utilice todos esos medios para poder trascender, viste. De cualquier forma, toqué en montones de grupos, tuve vaivenes, momentos en los que me fui y no toqué más, etc. Por otra parte, siempre estuve muy vinculado al arte, haciendo dibujos, pinturas; luego me dediqué a la cerámica. Siempre estuve rodeado de gente que hacía arte.

ARTE ANCESTRAL Y MÁGICO 

Entre tus trabajos también están los que hiciste para Luis. Por ejemplo, la tapa de Téster de Violencia. 
La de Téster es un collage. La idea fue de Luis, él estaba con toda esa cosa de los filósofos franceses –como Foucault-, en donde aparecen los extremos del ser humano, de un lado y del otro. Desde el extremo de llevar la experiencia humana a lo más aberrante hasta el otro extremo, en donde está el que se dice más justo, el que aplica la ley y que, en realidad, está siendo tan bestia como el primero. La idea era un poco eso: mostrar toda esa violencia implícita que tenemos en nuestra vida cotidiana. Por eso aparecía desde un bonzo, un tipo inmolándose, hasta imágenes de la Masacre de Ezeiza cuando volvió Perón; había boxeadores peleando, un tipo atragantándose con comida, etc… 

¿Fue hecha toda con recortes? 
Todo recortes. Algunos materiales los conseguía Luis. Por ejemplo, me pasó un par de libros de medicina, de donde saqué un par de recortes de dibujos. Pero, la mayoría salió de donde se me ocurrió a mí, a partir de tener la premisa, seleccionando imágenes para armar el collage. Yo sabía que en la tapa iba a tener una foto en el medio, entonces el collage se desplegaba alrededor, además de abarcar toda la contratapa. Antes de ese trabajo también había hecho un dibujo para la contratapa de Desatormentándonos, de Pescado Rabioso. En Pescado Dos también hay un dibujo mío y un par de dibujos de amigos míos. 

¿En qué te inspirabas para hacer esos trabajos? 
Por supuesto, la música siempre estaba de por medio, era encerrarse a tirar líneas y colores. La música era la fuente de inspiración permanente. Yo creo que también está vinculado un poco a la locura, a estados visionarios de la mente, no sé cómo llamarlos… Cosas que te aparecen en sueños. Siempre fui amante de lo dadaísta y lo surrealista. Leíamos a los poetas malditos y a toda esta sarta de anarquistas que eran los surrealistas, que despotricaban contra todo el mundo y rompían todos los esquemas. 

Un poco de esa locura que nombrás, surrealismo o psicodelia, me recuerda al disco Spinettalandia… 
Ah, sí. Bueno, eso fue una cosa muy hippie. Yo estuve, una o dos veces, en el estudio cuando Luis grabó eso, y éramos como una tribu. Estaba él con un montón de amigos y éramos todos muy hippies. Incluso, en alguno de esos coros, como los de “Vamos al Bosque”, está mi voz metida, porque nos agarró a todos y nos puso a cantar. Después siempre colaboré con él, por ejemplo en la realización de videos clips, como los de “La Montaña”, “Seguir viviendo sin tu amor”, y demás… 

¿Cómo fue incursionar en el mundo de la cerámica?
La descubrí de grande y me permitió poner mucho de lo mío y desarrollar toda una estética, una onda. En sí, la cosa escultórica me gustó siempre, aunque nunca la había practicado. Sin embargo, muchos de los dibujos que yo hago tratan de representar las cosas en el espacio. Por las líneas que uso y demás, es como que tengo una fijación con el 3D, digamos. Entonces, fue como que con la cerámica lo pude empezar a poder plantear eso. Además, tanto la arcilla como la cerámica, son técnicas del fuego, algo ancestral que está en la base de la civilización, de la humanidad. Implica tener un conocimiento de muchas cosas porque si no no te sale una mierda. El resultado lo ves recién cuando abrís la puerta del horno y te puede pasar que salga algo maravilloso o directamente algo que hay que tirar.

En los 80, entre tantos proyectos, también pusiste un boliche, ¿no?
Sí, eso fue en asociación con mi amigo (el artista under y músico) Geniol, un tipo muy creativo, loco y extravagante, que cantaba y desarrollaba unos personajes geniales, casi teatrales. Con él, junto a una banda en la que yo estaba tocando, armamos un proyecto muy loco que se llamó Geniol y Sus Aspirinetas. Luego, a Geniol, quien había alquilado una casa para poner una peluquería, se le ocurrió también la idea de poner un boliche. Es decir, un lugar que de día era peluquería y de noche -los fines de semana- se convertía en boliche. Y fue así, el boliche funcionaba los viernes, sábados y domingos, y ni tenía cartel en la puerta, ni nada. Toda la convocatoria se daba gracias del boca en boca. Incluso, mi hermano Luis venía siempre, porque vivía cerca de ahí, y zapábamos, porque en el lugar también había instrumentos para tocar. Era medio un boliche clandestino, en una época muy pesada. Imaginate, principios del 82… Mi cuñada le había puesto “Umbral” de nombre por la canción de Spinetta Jade, y se llenaba de gente… Una cosa de locos, realmente, porque estábamos en Olivos, a pocas cuadras de la Quinta Presidencial, con los milicos en el gobierno, Galtieri de presidente… En fin, una locura. No duró mucho esa experiencia, tan solo un par de meses, pero estuvo muy bien. Es un muy lindo recuerdo…

¿Qué recordás de los años que colaboraste con Illya Kuryaki?
Todos recuerdos buenísimos. Dante y Ema son una máquina de sacar ideas, dos genios llenos de talento. Además la pasábamos bárbaro, tocamos con unos músicos geniales y viajamos por todos lados. Por ejemplo, recuerdo mucho la experiencia de tocar en el Unplugged de MTV, algo que disfrutamos un montón… Siempre me acuerdo del momento cuando vino Dante a preguntarme si me interesaba hacer la percusión para ellos. Justo yo estaba en Mar del Plata, porque siempre me iba allá todos los veranos a la casa de unos amigos que eran artesanos. En esa casa yo laburaba, colaboraba haciendo bijou para ellos. Así que, ahí estaba, en la playa, hasta que un día aparecieron Dante con Samalea, y se me plantaron al lado para preguntarme si quería colaborar con ellos. Yo no tenía intenciones de tocar, y menos hacer percusión, porque como nunca lo había hecho, tenía que aprender de cero. Pero hasta mis amigos me convencieron que lo hiciera, y aunque fue un desafío muy grande para mí, terminé haciéndolo y fue muy lindo. Así, durante muchos años fue una gran experiencia el tocar con ellos. 

ETERNA CANCIÓN DE SUS DÍAS 

¿Cómo viviste la experiencia de tocar en el concierto tributo a Luis de Las Bandas Eternas? 
Eso fue realmente increíble. Estabas en el camarín de Vélez y veías a todos los monstruos del rock de acá. Además, el clima que había era único. Se vivía una cosa muy especial, no había “divismos” ni nada de eso, se vivía una gran comunión entre todos los músicos participantes, con todo el mundo extasiado. Me acuerdo que cuando me tocó salir a tocar, no pensé nada, porque el clima era tan lindo que no me dio ni para preocuparme, en realidad. Yo me sentía en el cielo, viste. Cuando me puse a tocar la bata, el primer tema fue “Bajan” y ya estaba Cerati arriba del escenario. Imaginate, de un lado del escenario lo tenía a Cerati y del otro lo tenía a Luis. Mirara para donde mirara, yo sentía que estaba en la gloria. Fue un momento mágico de mucha felicidad. Por otro lado, no fue nada fácil porque a Luis le costó un esfuerzo tremendo hacerlo, fue un proceso muy agotador con ensayos interminables. A veces me venía a buscar y yo me veía todo el ensayo. Eran ensayos de 10 horas, una cosa de locos, con Luis siempre en piloto automático, tocando con todos, como un “master” en un estado zen, bancándose todo lo que venía. Ahora, visto a través del tiempo, ese proyecto parece una despedida. Muchas de las últimas cosas que hizo Luis parecen eso. Incluso en algunas composiciones –como, por ejemplo, el tema “Canción de amor para Olga”- hay una temática sobre la muerte en sí. Como que Luis intuía algo con respecto a eso… 


¿Vos crees eso ahora? 
Parece que se hubiera despedido… (se emociona) Pero él no quería eso ni en pedo. Luis tenía un problema en el pulmón y lo sabía, pero no de esa gravedad. Se cuidaba bastante, no lo suficiente, pero desde que nos enteramos hasta que él se muere pasaron ocho meses, y fíjate que si te ponés a leer en internet, la expectativa de vida que te dan en tipos de problemas como el que él tenía son justo ocho meses. Una cosa espantosa. Aparte siempre me vi muriendo yo antes, ¿entendés? Nunca pensé que a él le podría pasar algo y yo lo iba a ver… (se emociona) Por eso siempre digo que suerte que tengo a Amel en este momento, porque tengo toda la fuerza puesta ahí… 

VOLVER A LAS FUENTES 

¿Cómo surge Amel? ¿Cómo encaraste este proyecto desde su inicio? 
En principio, yo no quería hacer nada, no tenía ningún proyecto más que despuntar el vicio de tocar la batería en mi casa. Estaba muy dedicado a mis trabajos en cerámica, presentando piezas, todo el tiempo, en Salón Nacional, en el Paláis de Glace, concursando. Con la cerámica gané varios premios y menciones, lo que pasa es que la música nunca la dejás del todo, tampoco. Lo que ocurrió fue que, durante una época que reformamos mi casa, yo me fui con mis viejos a vivir a la casa de mi hermana Ana María, comencé a darme cuenta cómo mi sobrino Gonzalo (Pallas) había empezado a tocar una guitarra que era de mi viejo, sacando las tablaturas de Internet, y a demostrar condiciones en el instrumento. Además, mi hermano Luis también lo incentivó mucho a Gonzalo, pasándole los tonos correctos de sus temas, porque a veces las tablaturas de Internet no tienen los tonos correctos, y también le empezó a dar guitarras, le dio equipos. Bueno, cuando yo vuelvo a vivir a mi casa, comenzamos a tocar juntos con Gonzalo, a zapar; pero la verdad es que no había un espíritu de formar un proyecto. Fue a él a quien se le ocurrió formar una banda, traer a tocar a un par de amigos, compañeros del Belgrano Uno, el colegio al que él iba. Ahí recién nace el proyecto. Así, fue la cosa, ¿no? Amel surge de esa idea de Gonzalo, él le puso el nombre a la banda y juntó a los integrantes, y yo me terminé adaptando a este proyecto. Finalmente, el grupo quedó formado por Francisco Zunana, primer guitarrista; Pablo Castagneris, en el bajo; Gonzalo y yo. Así fue como se inició esta nueva etapa mía, hace cinco años. Luego, entre las composiciones de Gonzalo –que eran la mayoría-, fueron apareciendo otras composiciones de los chicos, y así fuimos armando los temas. 

¿El nombre de la banda de dónde salió? 
Amel era el nombre de un gato persa que tenía Gonzalo en su niñez. Era un gato muy hermoso, muy peludo, de color anaranjado, era como una miel. Por eso siempre yo asocio esto con el nombre Amel, que suena muy dulce. Por otro lado, Amel parece como una reconstrucción de Almendra. Tienen muchas letras en común en los nombres, como pura casualidad… 

¿Cómo es salir a tocar en un grupo nuevo en la actualidad? 
Empezamos bien de abajo. Por suerte, lo teníamos a Luis, que nos dio mucho apoyo, nos ofreció su estudio (La Diosa Salvaje) para poder grabar y después nos conectó con Tweety González. Con Tweety como productor grabamos muy rápido tres temas, que fueron como una suerte de demo. Bueno, luego de grabar la totalidad de nuestros temas en otro estudio, como para ver con que material contábamos, ya con el material muy afiatado, volvimos a la Diosa a grabar el disco, otra vez con Tweety en la producción, y con Mariano López de técnico. Ahí, grabamos las bases de los trece temas del disco en dos días. Los overdubbing los hicimos en el estudio El Pie, y ahí el proyecto de la grabación se prolongó un poco más. Lo nuestro en sí siempre contó con el apoyo desinteresado de mucha gente amiga a la que le gustaba nuestro proyecto, por eso, este disco en parte fue financiado por nosotros, y en parte no; ya que lo pudimos hacer gracias a la buena onda de esta gente. Aunque eso hace que tengas que amoldar tus tiempos a los tiempos de los demás, lo que hizo que se alargará bastante el proceso de edición. Tardamos casi dos años en editar el disco, luego de haberlo grabado. Hasta ahora, fueron cinco años de historia de la banda, en donde estuvimos tocando mucho, en varios lugares, en forma independiente, y ahora contamos con la producción de gente amiga, como Juanjo Cármona, que se ha interesado en nuestro proyecto, y en ese sentido está bárbaro contar con un road manager que nos ordena un poco la organización de nuestros shows. Igual, todavía sigue siendo un proyecto muy a pulmón, en donde seguimos cargando nuestros propios equipos y todo, con la ayuda de nuestros amigos. La verdad es que estoy chocho con Amel, es la banda que siempre quise tener. Los pibes son súper talentosos y me encanta la música que producen y de la forma en que se conectan. Además, les gusta la música que yo escuchaba cuando tenía la edad de ellos, viste… 

Como una banda de antes, pero ahora… 
Algo así. Es increíble cómo nos encontramos, que nos llevemos tan bien y no tengamos que discutir nada acerca del estilo de música que nos gusta hacer. 

¿Cómo ves al rock actual? 
Está muy raro el panorama, incluso es una época rara para tener una banda. Comercialmente, son momentos difíciles porque está cambiando todo, esto te lo dicen cualquiera de los tipos que están en el negocio, los productores, managers, etc. Pero a la vez, en este país estamos pasando por una situación muy especial, gracias a este peronismo que estamos viviendo, todas esas libertades que nosotros queríamos ganar en los 70 –y que en la mayor parte del mundo se hicieron realidad-, recién las estamos obteniendo ahora. Yo doy gracias a eso, porque los derechos individuales, los derechos de la gente nunca se habían respetado acá. Era una sociedad muy facha la argentina, y recién ahora se empieza a poner en relieve la base de una democracia, que son las libertades individuales, sin eso no existe la democracia. Pienso que quizás esta comunión que tenemos con mis compañeros de banda, en Amel, tiene que ver con eso también, porque se pusieron otra vez en el tapete estos valores. En base a este contexto, creo que se empieza a vivir una situación muy especial, y más sabiendo de la importancia que tuvo siempre el rock. Por otro lado, cambia todo, pero a la vez, no, porque la gente sigue yendo a ver shows, a escuchar a las bandas, y está lleno de bandas y cada vez hay más. Siempre fue un semillero el rock argentino, y ahora está pasando un poco eso. Incluso, nosotros venimos tocando con varios grupos que son del palo, gente muy joven, y parece que hubiera un reverdecer de todo ese viejo rock. Hay unas bandas muy buenas. Por ejemplo, están los pibes de una banda que se llama Cronopios, y no por nada esos pibes toman para llamar a su banda ese nombre vinculado a la obra de Cortázar y a toda esa movida de los 60 y 70. Yo espero que todo esto que está surgiendo sea una alborada de algo nuevo y que no se convierta en un refrito… 

¿Qué música escuchás actualmente? 
Escucho de todo. Hay tipos que me parten la cabeza como Jeff Beck, que toda la vida me gustó lo que hizo y aún hoy sigue activo y creando. (Lisandro) Aristimuño me parece un tipo muy valioso. Un artista al que escucho mucho es a George Harrison, todo el tiempo, tanto sus laburos solistas como lo que hizo en los Beatles. Él fue un genio, un tipo espectacular. También, John McLaughlin, un tipo que me sigue partiendo la cabeza… 

Para terminar, entre las miles de cosas que viviste junto a Luis, ¿tenés alguna anécdota que siempre recordás? 
Como vos dijiste hay miles, no hay una en particular. Me acuerdo como algo muy lindo, y que por ahí me olvidé de contártelo antes. Cuando éramos muy chicos, Luis se ponía a cantar con un escobillón –ese era “el micrófono”-, y justo mi abuela le había regalado la plata para que se comprara una guitarra. Bueno, él se había comprado una guitarra criolla, a la que le había puesto un poco de pintura y cuerdas de acero, porque él quería tener un guitarrón, viste. En fin, lo que me acuerdo siempre es de una vez, estando juntos en este lugar de la casa, que antes había sido de mi abuela y cuando ella se fue pasó a ser nuestro. Entonces, claro, con nosotros, todo esto se convirtió en un quilombo en dos minutos, ¿no? Luis con su guitarrón y su micrófono escobillón cantando “I Love Her”, ese tema de los Beatles que parece un bolero, y mientras tanto yo tirado en el piso de madera, agarrando un diccionario Larousse inglés-castellano pesadísimo, acompañándolo, como emulando esa percusión de bongo que está en esa canción. Esa fue la primera vez que hicimos un tema, juntos, y también la primera vez que yo toqué percusión. Él tendría 13 años y yo 9… Siempre me gusta contarlo, porque fue casi un anticipo de lo que pasó después…

(Esta entrevista fue realizada en noviembre de 2012. Desde entonces, Amel ha editado dos álbumes: Amel, en 2012 y  2853, en 2015)

Emiliano Acevedo