sábado, 25 de febrero de 2017

HOY, KISS: ALEGRES MASCARITAS...

Caricatura de Fernando Buigues

Como fanático del rock, y hombre sincero, confieso que no terminan de atraerme esas personas que no se comprometen decididamente con la causa, aquellos tipos que no se sienten fascinados por la tapa de un disco, o esos otros que no se morirían por haber estado en el medio de una gira de Zeppelin –o cualquier otro grupo setentoso-, o por haber presenciado Woodstock. Desconfío de cualquier persona que dice ser “fanático de los Beatles” y no escuchó ni un solo disco solista entero de John, Macca, George o Ringo, tan sólo canciones aisladas como “Imagine”, “My Sweet Lord” o “la de los sapitos”. Porque, en verdad, el rock es un género que no acepta tibios ni grises, solamente blanco o negro. Las buenas bandas te gustan muchísimo o, directamente, las odias; no hay término medio. Por lo menos para mí, eso es ser fana del rock, eso es sentir esta música a pleno.

Y eso es lo que sucede con grupos como Kiss, con ellos no hay medias tintas. Son espectáculo grotesco, show bussiness, histeria, diversión, estribillos que se te quedan grabados en la mente, cultura roquera... Kiss es uno de esos grupos que pueden fanatizarte o darte ganas de vomitar, pero nunca generarán indiferencia. Por eso nunca me gustaron aquellos tipos a los que le daba igual todo, esos que nunca se sabían bien que estilo de música o de grupos les gustaba y te decían: "Ay, no me digas que te gusta Kiss. ¡Esos salvajes! Pisan pollitos...”  

No, no; mejor no hablar de todas esas historias falsas vinculadas con la matanza de aves de corral o el supuesto satanismo del grupo. Total, ¿para qué? Por suerte, mucha más gente nunca hizo demasiado caso a esas idioteces y siguió deleitándose con todo lo que tuviera que ver con Kiss. Ya sea mirando las tapas de sus vinilos, leyendo sus escasas notas traducidas –que llegaban tarde, mal y nunca- en revistas como la Pelo o Roll, coleccionando sus figuritas, o jugando “a que éramos Kiss”, como cantó alguna vez Ariel Minimal. Es muy difícil hacerle entender a alguien, en esta era actual de YouTube, lo que era ver un vídeo clip de Kiss en la TV abierta argentina a principios de los 80, un sábado al mediodía, en un programa como Música Total. Aquella era una época en que no había Internet, ni cable, ni MTV. No había nada... Quizás le debamos a eso la excitación producida al ver los clips de “Beth” (con la inolvidable toalla al cuello de Peter Criss, y sus rosas...), “Shandi”, “I Love Loud” o “I Was Made for Loving You”. ¡Gene Simmons daba miedo! Todavía puedo recordar la primera vez que vi “Lick it Up”, el primer clip en el que aparecieron sin maquillaje, y esa sorpresa de ver a los ídolos al descubierto, que sin embargo no hizo disminuir la mística del grupo ante mis infantiles ojos. 

Y es que Kiss era un cómic, era una factoría del rock, lanzaban fuego, hacían explosiones, jugaban a que eran superhéroes. No eran como cualquier otro grupo, inventaron una nueva forma de hacer del rock un espectáculo para toda la familia. ¡Hasta terminaron haciendo una película de dibujos animados junto a Scooby Doo y todo! Por eso creo, sin temor a equivocarme, que deben haber sido –luego de los Beatles- uno de los principales grupos que fueron “la primera banda de rock” en la vida de mucha gente que ama esta música. Porque además, más allá de cualquier payasada promocional, los Kiss eran una gran banda. Su música contaba con un ingrediente extra que era el de ponerte de muy buen ánimo. Por eso, luego de escuchar un disco de Kiss, te daban ganas de enfrentarte con cualquier bravucón de la escuela, pasar un examen, decirle algo a aquella chica que te gustaba o, simplemente, levantarte de tu cama para salir con ganas de comerte el mundo, caminando las mismas cuadras de siempre que te llevaban al colegio –esas tan parecidas a las que hoy te llevan a ese hastío casi siempre llamado trabajo. Kiss tenía eso, y si leés la historia de esos flacos te das cuenta que toda esa potencia que tenía su música, y ese fanatismo que generaba, venía de sus propias infancias, porque ellos hacían lo mismo que nosotros. Como el propio Gene Simmons, fanático de los Beatles, quien luego de verlos en el histórico show televisivo de Ed Sullivan, en 1964, alucinó con que él quería hacer lo mismo: ser estrella de rock and roll para tener fama, dinero... y poder arremeter contra todas esas groupies que en la tribuna gritaban “¡Cogeme!”. Por su parte, Paul Stanley, de pibe, también hacía lo mismo que vos, tocando la guitarra con una escoba que gastó en el medio; mientras que Ace Frehley era un vago con dos zapatillas de diferente color al que se le caía la baba mientras miraba los amplificadores de The Who, soñando con ese rock teatral patentado por Pete Townshend y Cia. Eran hijos de familias proletarias como cualquier otro, viviendo en los suburbios de New York. Porque si bien fue votado como el actor pornográfico que muchos querían ver en una condicionada, el pobre Gene (antes) era un callado inmigrante israelí, que apenas si tenía amigos cuando emigró a EEUU y quién sabe a que edad la puso por primera vez. Pero sería ese carisma innato, y su testarudez, lo que lo llevaría a edificar –junto a su socio y paisano Stanley- una de las megas corporaciones rockeras más grandes del mundo. Así nomás: ese gran icono sexual de la lengua símil vaca, al principio, era un pibito aracnofóbico que tuvo que sobreponerse al susto de encontrarse una enorme araña en su kipá, haciéndose amigo de ese miedo, fanatizándose por la estética de los cómics, las películas de terror y, obvio, de las arañas... “Lo que no me destruye, me fortalece”; en el caso de un ego maníaco como Simmons, esta frase del Ecce Homo de Nietzche fue real. Luego, sería el propio monstruo fabricado por Gene el que nos daría miedo a nosotros, y por eso muchos elegíamos ser como Paul Stanley, “el niño estrella”, el frontman del grupo; un tipo pintón y un verdadero showman que cantaba muy bien, saltaba y movía el culo sin vergüenza. Se ponían plataformas y disfraces inauditos, pero, a diferencia del resto de la movida glam, desdeñaron el color, inclinándose por la estética del blanco y negro. Por su parte, Ace y Peter Criss, menos carismáticos pero buenos instrumentistas, completaban la escena con soltura e intención. Era el combo perfecto, un grupo formado por cuatro tipos nacidos para ser famosos. 

¿Que no tocaban bien? Eso no importaba demasiado, porque al principio lo compensaban dando shows explosivos y con el misterio de ese maquillaje intrigante que durante más de 10 años impidió que nadie los viera jamás a cara lavada, agrandando la leyenda. ¡Ni la CIA o el FBI difundieron jamás fotos de ellos sin maquillar! Hoy, en esta era de FB, esto sería insostenible, pero en esa época parecía lo más común del mundo. Sin embargo, esa fantasía del “uno para todos y todos para uno” duraría poco, y el tiempo terminaría demostrando que Simmons y Stanley eran dos jefes caretas que trataban a Ace y Peter como simples vagos drogones y alcohólicos, que no valían mucho la pena. Así comenzaría un desfile de músicos, cuasi empleados del tamdem Simmons-Stanley, nunca a la par de ellos -exceptuando, quizás, al finadito baterista Eric Carr, recordado siempre con mucho cariño por los dos líderes del grupo. Paulatinamente, Paul y Gene se convirtieron en jefes hinchapelotas y millonarios; hiper profesionales, y, quizás, ya ni siquiera sean amigos. Sin embargo, no tenemos nada para cuestionarles, ¿o sí? Como dijo Gene en un documental que vi una vez: “Con él (Paul) tenemos un montón de opiniones diferentes, y discutimos por cientos de cosas, pero cuando enchufamos la guitarra y el bajo a los amplificadores, y les damos caña, todo se olvida...” Eso es también la esencia del rock, de la que hablábamos antes, esa pasión que siempre está presente a pesar de los billetes, el tiempo y las obligaciones. 

Para los que estamos en esta trinchera de los pequeños medios del periodismo de rock en Internet, y que hacemos esto por mero placer melómano, eso no es poco, ya que luchamos día a día por no convertirnos en uno de esos colegas que ya no escuchan música a todo volumen, que viven perdidos de disco en disco, de show en show, sin recordar cuál era su gusto musical primigenio, ni sus grupos favoritos, y que llenaron su mundo de palabras y más palabras, frases hechas, y adjetivos automáticos que encastran sin problemas como si fueran piezas de un mecano maléfico... 

Ok, volvamos... Kiss. ¿Qué otras cosas recuerdo siempre cuando pienso en ellos? 

1. Su inmensa discografía, en donde Destroyer sigue siendo el mejor, lejos; aunque haya un montón de discos buenísimos que valen la pena como Love Gun, los Alive, Creatures of the Night o Revenge. En resumen, a pesar de sus altibajos, todos los discos de Kiss tienen algo para rescatar. 
2. Perdonarles lo veletas que fueron a lo largo de estos 44 años de carrera, por haberse subido a cualquier bondi que era moda, el haber coqueteando –con suerte dispar- con variopintos estilos como la disco music (Dynasty), el pop AOR (Unmasked), los discos conceptuales y “épicos” (Music from the Elder), el glam californiano de los 80 (Crazy, Crazy Nights o Hot in the Shade), el metal de los 90 a lo Pantera o Alice in Chains (Carnival of Souls). O por haberse subido a la moda unplugged de MTV... 
3. Seguir encariñado con discos que hoy ya casi nadie escucha como Unmasked, Asylum o Carnival of Souls. Gemas ocultas indispensables. 
4. El primer pinball que vi de ellos, que estaba a una cuadra de mi actual domicilio en Lanús, antes de que asumiera nuevamente como intendente Manolo Quindimil, ya que una vez en el poder se encargaría de prohibir los “fichines” en esta localidad por ser antros de vagancia, perdición juvenil y delincuencia. 
5. El telefilme Kiss Contra los Fantasmas, una de aquellas películas tan pero tan malas que se volvían buenas por oposición. Un verdadero clásico que vi solamente una vez en mi vida, un viernes a la noche en la TV, alucinando que los Kiss venían al Italpark y luchaban contra los fantasmas del parque. 
6. Recuerdo todo el merchandising del grupo, desde los muñequitos originales, pasando por las mencionadas figuritas (que llevaba al jardín y con las que “decoré” mi bicicleta Dazzan azul), los reviposters, las remeras... Un delirio que en EEUU llegaría a producir desde preservativos hasta un ataúd súper lujoso, que los propios Kiss le regalarían a los deudos del desafortunado ex guitarrista de Pantera, Dimebag Darrell, para que lo enterraran luego de ser asesinado por un demente en pleno show. Dimebag era fan confeso de Kiss...
7. El inolvidable dibujo rítmico del bajo de Simmons en “Detroit Rock City”. 
8. El solo de guitarra de Ace en “Love Gun” o su impresionante versión de “2000 Man”, de los Stones
9. Todos los trucos y elementos típicos de sus conciertos: Las explosiones, las escaleras a los costados, ver a Gene volando o escupiendo fuego y/o sangre, la batería/tanque de guerra de Eric Carr, la guitarra embrujada de Ace que volaba y tiraba cohetes, las sirenas en “Firehouse”, o como Paul rompía una guitarra de utilería que le alcanzaba un plomo desde el costado mientras caía una lluvia de serpentinas en “Rock n´Roll All Nite”... 
10. Todas y cada una de las bellísimas modelos, groupies o similares que aparecían en sus videos, posters, fotos, documentales... 
11. Las tapas de Love Gun (aunque fuera casi un afano de It´s Only Rock and Roll de los Stones), Dynasty (¡maquillaje perfecto!), la de los trajes en Dressed to Kill o la original de Creatures of the Night... Y, por supuesto, también la de Psycho Circus, “animada” como aquellas reglas del colegio en las que cambiaban los dibujos cuando las movías. 
12. Los discos solistas. Una idea genial, aunque el de Peter fuera malísimo o el de Gene un descocado muestrario bizarro de temas que iban desde afanos a melodías de los Beatles a un cover de la canción del Pinocho de Walt Disney. Sin dudas, los mejores eran los de Ace y Paul, en ese orden; dos álbumes de sonido clásico setentoso. 
13. Los bizarrísimos clips de los 80, el período sin maquillaje, cuando Gene dejó de dar miedo para convertirse en un señor que parecía un folklorista que se vestía tan ridículamente que te hacía acordar a una tía obesa... 
14. ...y hablando de Gene, me saco el sombrero ante su increíble bajo hacha ¡El instrumento ideal para el God of Thunder
15. ...y hablando de Gene prefiero recordar -en lugar de sus malísimos programas de TV, el de su familia, el de la escuela de rock, aburridos y banales- sus cameos por la pantalla grande, haciendo siempre de malo. Cómo ese memorable papel como terrorista del Medio Oriente (¡Otra qué Bin Laden!) en una película Buscado Vivo o Muerto en la que Rutger Hauer se venga de él, luego de que le matara a la novia y su amigo, detonando la granada que Simmons llevaba en su boca. Seguramente, uno de los finales preferidos para todos los que odian al gordo Gene y/o Kiss
Dibujo: Manolo García
16. ¿Cuántos fans se animarían a decir que tanto Eric Carr como Eric Singer eran (son) mucho mejores bateristas que Peter Criss, o cuántos que Bruce Kulick la rompe más en la viola que Ace Frehley? Sí, polémica... Sin embargo, a la hora de la estampita siempre serán Ace y Peter los que aparecerán junto a Paul y Gene
17. La emoción de verlos de vuelta con la formación original y el maquillaje puesto en los premios MTV ´96. 
18. La locura morbosa hecha promoción cuando mezclaron muestras de su propia sangre con la tinta roja con la que se imprimía su primera historieta. 
19. El maravilloso, legendario y nunca realizado show de la Bombonera, en 1983 –el que hubiese sido el último de la primera etapa con maquillaje-, suspendido por “amenaza de bomba” (?) 
20. A Vinnie Vincent, un tipo talentoso, gran violero y compositor; y a su maquillaje de mago egipcio. Lamentablemente, desequilibrado, no le alcanzaría la nafta para seguir en el grupo, al que abandonaría “para ir a contemplar sus errores” (Gene, dixit) 
21. ¡Las baladas! Desde la mencionada e inmortal “Beth” a “I Still Love You” o “Every Time I Look at You”. Sin olvidarnos, claro, de esa joya llamada “Forever”, compuesta junto a.... ¡Michael Bolton! 
22. Obvio, ese grito inicial del “You wanted the best, you got the best. The hottest band in the world: ¡Kiss!

Ahora Frehley gira como solista, y hasta viene a tocar a la Argentina. Sin embargo recuerdo, en una entrevista allá por el año 1976, cuando dijo: “Mi meta, y la meta del grupo, no es quedarnos en la música para siempre. No somos John McLaughlin, así que es seguro que a los cincuenta años estaremos muy lejos de los escenarios...” Por lo pronto, tanto Gene como Paul, se ve que cambiaron de opinión; pero, al fin y al cabo, aunque ya no sean los mismos de antes, gordos y con la voz rota, ¿qué carajo importa?

Emiliano Acevedo


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