miércoles, 13 de diciembre de 2017

SIEMPRE BUSCANDO, SIEMPRE INTENTANDO CREAR, entrevista a Tito Losavio

Todos saben que Tito Losavio es una voz autorizada a la hora de hablar de canciones, porque en ese ámbito juega de local, gana, gusta y golea. Ya sea escribiendo para los grupos en los que participó, así como para otros artistas; Tito se destaca por la calidad de sus canciones, varias de las cuales ya forman parte del himno del corazón de mucha gente. Y en esta charla que tenemos el honor de acercarles se habla de eso, del arte de hacer canciones y de cómo éstas llegan a tocar el espíritu de las personas. Pero como no solo de combinar líricas con músicas vive el hombre, tampoco queríamos dejar pasar esta oportunidad y aprovechar para repasar con Tito, de forma muy resumida (claro está), algo de lo mucho que hizo en casi 35 años de trayectoria musical.

ENTREVISTA: ¿Cuáles fueron tus inicios en la música?
Mis inicios fueron cuando era niño. Mi padre ya estaba en la música, primero como músico y compositor de música popular (por ejemplo, algunos de sus temas eran muy conocidos en México y los grababa Leo Dan) y después se desempeñó como representante. También tuvo un pequeño sello discográfico, etcétera. Por eso yo viví en ese ambiente desde que nací. A los siete años me mandaron a estudiar piano, pero podríamos decir que oficialmente mi formación como músico comenzó cuando a los quince decidí por mí mismo comprarme una guitarra y anotarme en el conservatorio municipal. También me dedicado mucho a tocar salsa y música brasileña, lo que fue un gran aprendizaje para mí.

¿Escribiste varios clásicos del pop nacional que están en el inconsciente colectivo del público, crees que te falta ese reconocimiento masivo como compositor?
En verdad, no sé si escribí algún clásico, lo que sí sé es que, aun hoy, hay algunas canciones compuestas por mí que siempre suenan en la radio, y que alguna de ellas son nombradas en alguna de esas listas que siempre gustan de armar los periodistas, tipo “Las 100 mejores de la historia”, etcétera. Para mí, el mejor reconocimiento es la reacción de que me llega de cualquier persona cuando escucha alguna de esas canciones.

¿Y cuál de todas esas composiciones es tu favorita?
No tengo favoritas, si puedo reconocer algunos temas que fueron mejor logrados cuando los grabamos.

Hace algunos años escogiste como tu canción favorita del rock nacional “Para ir”, del disco doble de Almendra, ¿crees que existe la canción perfecta?
Sí, es verdad, elegí "Para Ir", pero creo que es muy difícil elegir sólo una canción. Hay muchas bellas canciones en la historia. Me refiero a esas que te tocan el corazón. No sé qué es la canción perfecta. No me gusta la perfección en la música. La naturaleza y los humanos no somos perfectos.

¿Además de Spinetta, que otros músicos te incentivaron a querer ser músico?
The Beatles, Rolling Stones, The Kinks, Jethro Tull, Mahavisnu Orchestra, Bob Marley, The Skatalites, Almendra, Invisible, Pappo`s Blues, Aquelarre, Los Gatos, Moris, Manal y muchos más que ahora mismo no recuerdo.

¿Crees que faltan compositores de canciones pop en el rock argentino actual?
Creo que hay muchos buenos compositores de pop y rock; lo que pasa es que no se los conoce. En la actualidad, ocupan más espacios aquellos que ponen un mayor ímpetu en hacerse conocer que aquellos que viven (siempre) en un mero estado de inspiración. Muy buenos envases con poco adentro. Hay que buscar entre muchísima oferta. A mí no me cierra tener que escuchar 100 compositores para encontrar uno. Hay que tener en cuenta que esto lo dice alguien como yo, que tiene muchos años y ya escuchó mucho.

Hablando de nuevos compositores, hace unos años participaste en Ruiseñor, uno de los álbumes de Andrés Ruiz, grabando guitarras en la canción “Cuando el Rebaño Quiere Matar”, ¿cómo llegaste a colaborar con él?
El contacto fue a través de Gaby Martínez, el ingeniero de grabación del disco. Se ve que Andrés quería que yo participara en su disco como guitarrista. La cuestión fue que le dije que me mandara la música porque no podía ir al estudio. La escuché y me encantó. Grabé las guitarras en mi casa, se las mandé y ellos terminaron el trabajo. Debo decir que no conocía la música de Andrés. Escuché el disco terminado y me encanta lo que él hace. Me parece uno de los tantos talentos que hay debajo de la superficie en Argentina.

¿Y qué es lo que más te gusta, o lo que te disgusta, del presente del rock nacional?
El estado de contradicción permanente, la búsqueda, la efervescencia, el no rendirse; eso me gusta. En verdad, no sé qué es lo que no me gusta. Siempre hay artistas maravillosos, tocando en todos lados, lo que cuesta es encontrarlos. A veces dependo de algún amigo que me recomienda a alguna banda nueva. Hay que escarbar, hay varias cosas nuevas y buenas por ahí. Justamente, desde febrero de este año estoy haciendo un programa de radio en Nacional Rock, los domingos de 21 a 23, y ahí me he estado poniendo bastante al tanto con las bandas nuevas que han venido al programa.

Hablando de géneros musicales, ¿qué preferís escuchar en la actualidad?
Escucho la música que fui juntando durante la vida: tango, folclore, jazz, rock, pop, electrónica, folclores de otros pueblos... Y cada tanto, algunas cosas que me hace oír algún amigo o colega.


¿Y cuál es tu opinión acerca de la caída de la Industria Discográfica y de las nuevas formas de difundir música en Internet?
Mi opinión es que los músicos no somos la industria, que se arreglen ellos. La música siempre está, hay que ver cómo nos arreglamos los que la hacemos para poder vivir de eso. O quizás, como en la antigüedad, debamos conseguirnos el pan con otras habilidades y hacer música en los momentos libres... No sé, digo.

EL PASADO EN EL PRESENTE RECOBRADO

¿Cómo recordás la época en que formaste parte de Los Twist?
La recuerdo con mucha alegría, ya que tocaba con Pipo Cipolatti, otro tipo a quien siempre admire por la síntesis argento / porteña de su arte, además disfrutaba tocar ska, rockabilly, twist con una base de lujo como la que formaban Cano en bajo y Rolo Rossini en batería; además gané bastante dinero. Con el gran Damián Nisenson en saxo. Eso sí es casi perfecto. Fue una época maravillosa para mí. Lo que me he reído en esa época con Pipo fue increíble…


¿Cuál es la historia del tema “Buscando Siempre”? ¿Lo compusiste expresamente pensando en que lo interpretara Fabiana Cantillo, o ya lo tenías de antes?
“Buscando Siempre” existía de antes, hice primero la música, como siempre en mi caso, y después arme la letra con ayuda de mi amigo Cuino Scornik. En algún momento se la mostré a Fabi, a quien le encantó y terminó adoptando.

¿Qué es lo que más te gustó durante tu experiencia en Man Ray? ¿Pensás que la banda podría haber continuado un poco más?
De mi experiencia en Man Ray me gustó casi todo. Primero mi encuentro con Hilda (Lizarazu), después el placer de compartir música con tipos como Lupano, Samalea, Gringui Herrera, Picolini, Willy Crook y tantos más... Fue una gran época. Pienso que, meses más, meses menos, estaba todo bastante maduro para que Man Ray terminara cuando terminó.

Ya treinta años de Man Ray, con un reencuentro con Hilda en 2013, con el disco Purpurina y una pequeña vuelta del grupo…
Sí, hubo tres grabaciones nuevas y tres canciones nuevas en ese compilado. Nosotros queríamos reeditar Perro de Playa (1991) y Hombre Rayo (1994), dos discos nuestros que están descatalogados. Ese fue nuestro primer plan. Queríamos hacer una caja con esos dos discos, pero como no pudo ser, editamos Purpurina. A partir de eso armamos una banda y salimos a tocar de vuelta.


¿Cómo fue ese reencuentro con el viejo material de Man Ray?
Fue como un ritual de revivir esas canciones, que estaban en estado de letargo. Fue muy lindo volverlas a hacer.

¿Cómo se dio tu participación en el disco El Salmón de Calamaro?
Mi participación en ese álbum es la de un amigo que pasa por el estudio y, entre otras cosas, también graba. La obra de Andrés, además de vasta, me parece rica.

¿Y cómo fue producir y tocar junto a Palo Pandolfo en el disco Antojo?
Siempre admire a Palo y por eso fue un gran honor que pensara en mí para hacer Antojo. Nos divertimos muchísimo haciendo la pre producción, la grabación fue muy trabajada y hubo muchos invitados. Por eso quedé muy conforme con el resultado y creo que él también. Nos llevamos muy bien, a tal punto que a partir de ahí estuvimos tocando juntos un par de años.

¿Quedaste conforme con el resultado de los covers incluidos en ese disco?
Quedé conforme con las versiones, ya que fuimos muy libres a la hora de versionar. En algunas fuimos bastante lejos, como por ejemplo en “Karma Police”, de Radiohead, que la convertimos en una milonga rioplatense.

Así llegamos al trío que formaste junto a Gringui Herrera y Federico Gil Sola en 2009, ¿cómo se les ocurrió comenzar este proyecto?
Ese trío surgió de las ganas que teníamos de tocar, como casi siempre nos pasa a los músicos. Nos conocemos desde hace tiempo, compartimos distintas experiencias musicales, nos llevamos bien y yo los admiro mucho a ellos dos como músicos.

¿Qué estás haciendo ahora y cuáles son tus proyectos a futuro?
Estuve haciendo cosas con Nico Pauls, algunas tocadas en vivo y eso. Quizás hagamos un posible disco en vivo. De momento estoy poniendo fichas al trío y también a un proyecto de sesiones de música electrónica, que me gusta mucho. Me gusta mucho esa cosa latino – electro – psicodélica, por llamarlo de alguna forma. Siempre ando en eso, y también tocando, cuando podemos, en un trío junto a Dhani Ferrón y Gustavo Spinetta. Tengo muchísimos proyectos en carpeta. Quizás, más adelante, junte algunas canciones que tengo, las grabe y las ponga a rodar. También estoy juntando música instrumental, que fui haciendo para documentales y cortos, para en algún momento reunirlas en un disco.

Emiliano Acevedo y Leandro Ruano


viernes, 1 de diciembre de 2017

FUNK ARRABALERO, entrevista a Alejandro Giusti

La primera vez que vi a Alejandro Giusti, fue en un festival de jazz organizado por una empresa de telefonía celular en la Costanera Sur, en el verano de 2001, y me interesé mucho por la música de su grupo, la Giusti Funk Corp, una muy buena banda de funk que se decantaba por la fusión de ese género con otros de procedencia rioplatense y/o latina. El tiempo pasó, pero rápidamente Giusti se volvió un candidato obvio a la hora de pensar a que músicos queríamos entrevistar para nuestro blog, porque además de su valía como bajista y compositor, tiene una larga trayectoria en la docencia que incluye la publicación de dos libros de enseñanza musical. Por eso, la segunda vez que lo vi fue en su casa en el barrio de Flores, donde nos recibió con simpatía y realizamos este diálogo musical que hoy tenemos el placer de acercarles.

ENTREVISTA: ¿Cuáles fueron tus inicios en la música?
Me pasó la típica de cualquier chico de 9 años al que lo mandan a estudiar con el profesor de guitarra del barrio. No fue una decisión mía, me mandaron a estudiar dibujo y guitarra. Habré estado ahí estudiando un año, y llegué a tocar algunas piezas clásicas. Después, a los 14 años, dejé de ir y me volví a enganchar con la música –ahí sí porque yo quería-, nuevamente con la guitarra. Estudié guitarra en el Conservatorio Nacional de Música López Buchardo. Habré tocado guitarra desde los 14 a los 17 años, más o menos, y ahí empiezo con el bajo…

¿Qué grupos escuchabas en esa época?
Los inicios del rock nacional. En esos años, todo lo que me gustaba lo iba a ver. Desde muy chico, a los 10, 12 años empecé a ir a recitales. Antes no había tanto bardo en los conciertos, un pibe podía ir tranquilo porque no pasaba nada. Así, fui a un montón de shows, a ver a Pappo, Spinetta, etcétera. Todo lo que fuera rock era lo que yo escuchaba entonces.

¿Y de rock internacional?
Mucho Beatles, y después otras bandas que me encantaron como Genesis, Deep Purple, Hendrix… Y todo eso mechado con música clásica, porque al estar estudiando guitarra clásica hasta iba a ver conciertos al (Teatro) Colón. Era un bicho medio raro…

¿Por qué pasaste a tocar el bajo?
Medio de casualidad, porque a un amigo le faltaba un bajista en su banda de soul, y como había un bajo me propuso si quería ir a tocarlo. Así empecé y me gustó. También me gustó porque yo venía de tocar guitarra española, y el bajo también se podía tocar con los dedos a diferencia de la guitarra eléctrica que tocaba con púa. Aparte me gustó el lugar del bajo en un grupo, esa cualidad del instrumento de base melódica y rítmica. Después, estudié con Bucky Arcella –un capo del bajo-, y luego seguí en forma autodidacta. Saqué mucho mirando videos, sobre todo las técnicas de slap y tapping. A fines de los 80 y comienzos de los 90, no había nada acá, no había Internet ni nada parecido, y había que rebuscárselas para conseguir material del instrumento.


Igual, para esa época vos ya venías tocando el bajo…
Sí. Aunque primero me había agarrado “la fiebre Pastorius”-como a todos-, me encantaba como tocaba Jaco, y venía laburando ese estilo. Lo que me gustó mucho de Pastorius fue su sonido fretless, que tiene esa cosa melódica de instrumentos como el cello, que yo también había estudiado, anteriormente al bajo, durante poco tiempo. Luego empiezo a coparme mucho con el slap. Quería tocar así, porque me había copado mucho con lo que hacía Marcus Miller en el grupo de Miles Davis. Lo suyo era muy interesante, rítmicamente.

JAMÁS PODRÍAMOS EVITARLO

¿Cómo te surge la idea de formar la Giusti Funk Corp.?
Estaba tocando en una banda soul, y justo entró a tocar Pablo Rovner –luego, guitarrista de la Giusti-, y ahí nos conocemos. Pablo venía de estudiar en el Musicians Institute y me comenta que conocía un batero que había estudiado con él y tocaba muy bien, el Pipi Piazzolla, y me propone que toquemos juntos. Así, nos juntamos un día a tocar, hicimos una zapada de 20 minutos, y fue impresionante lo que pasó. La famosa “química”, viste. A partir de ahí comenzamos a ensayar tres veces por semana, en un plan súper metódico. A los dos meses ya estábamos tocando casi todos los fines de semana. Así fue como arranqué con ese proyecto. Al principio nuestro trío se llamaba La Cara de Dios. Con ese nombre estuvimos tocando algo más de un año e, incluso, grabamos tres temas, más un video clip, hasta que se terminó desarmando el trío. La idea de hacer la Giusti Funk Corp. surge de una charla que tuve con Pipi, quien me dijo: “Vos tenés que armar tu banda solista”. “Ok”, le dije, “¿y vos serías el batero?” Y él aceptó, y al final, buscando un violero, terminé llamando de nuevo a Rovner, porque la verdad era difícil encontrar demasiados violeros que manejaban tan bien las rítmicas como él. Así surge la idea de grabar, luego de hacer un demo.

¿Para ese momento ya dabas clases?
Sí, desde los 17 años. Al principio me ofrecieron dar clases de folklore en guitarra en un colegio nocturno, ahí también arranqué con un par de alumnos particulares. La docencia me gusta mucho.

¿Cómo fue que te empezaste a copar con el funk?
Porque a mí me encantaba mucho lo que hacía Miles Davis, en discos como Tutu o Amandla, en ese momento que los editó, a mediados de los 80. Esas obras se me revelaron como un camino musical muy interesante y poco explorado hasta ese momento. También me gustaba mucho el tema percusivo, esa posibilidad que da el bajo como instrumento de ser bajista y percusionista al mismo tiempo. Así escuché un montón de la movida, por ejemplo discos de James Brown o Earth, Wind & Fire. Sin olvidarme de Stanley Clarke, también, ya que a partir de él empezó toda la movida del bajo virtuoso, se podría decir.

¿Cómo sigue la historia de Giusti Funk Corp.?
Como te había dicho, habíamos ido a un estudio a grabar un demo de cuatro temas, y al final grabamos seis temas. A eso le sumamos tres temas más que teníamos de la época del trío. Luego tocamos en (la exposición) Buenos Aires No Duerme, y grabamos ahí otro tema. Así quedaron grabados todos los temas del primer cd Barrio Funk (1997).

¿Ahí surge la idea de publicar tu libro?
Sí. Justo habíamos grabado Barrio Funk y yo me había puesto a hablar con la gente de la Editorial Ricordi –que ahora se llama Melos-, y les propuse de hacer un método para aprender slap, porque me di cuenta de que acá no había un método de enseñanza del slap. Eso fue en el año 1998. Lo grabé y tardó como dos años en salir. Luego, hace un par de años, saqué otro libro de bases de candombe, que grabé con unos amigos míos que tienen una banda de candombe. También estuve escribiendo en las revistas El Musiquero y Record Play durante una época.

¿Y tu gusto por el candombe de dónde viene?
Lo que pasa es que a mí el candombe es un género que me parece, rítmicamente, muy interesante. Además me llega mucho por ser un ritmo rioplatense. También me surgió lo de tocar junto a esa banda porque me habían preguntado por si les recomendaba a un bajista, y directamente me ofrecí yo, ya que me interesaba mucho la idea de tocar con una cuerda de tambores.

¿Y cómo te decantás por la vía de la fusión, por esto de generar una nueva música a partir de géneros tan disimiles como el jazz, el funk, el tango o el candombe?
Mirá, eso es algo no planeado que forma parte de las influencias personales. Era como te decía acerca de que a mí me gustaba toda esa movida de Miles Davis, pero es como que uno siempre quiere darle como un “gusto local” a esa cosa. Y, además, como me gusta el candombe, me gusta la chacarera, y muchas cosas del tango, también; y, a veces, pasa que me salen temas por ese lado. Por eso en mis discos de la Giusti Funk Corp. hay varios tangos o folklores. Por ejemplo, en mi primer disco estaba “Chacarera Virtual” que era un solo de bajo que yo fui agrandando hasta que se convirtió en un tema con melodía y todo.


¿Cómo fue salir a tocar con una propuesta musical como la de la Giusti en los 90?
Se podía tocar mucho más, ahora está muy complicado para tocar. Antes del 2000 era mucho más fácil llenar un boliche, y esto es algo que le pasa a todo el mundo. Antes tocábamos y hasta quedaba gente afuera. Pero, bueno, cambió el país. Luego de los 90 se cerraron como cien mil pymes, vino (el gobierno de) De La Rúa, pasó lo de Cromañón, se puso todo más duro para tocar… Ahora no queda otra que hacerte tu lugar. Sin embargo, ya no hay tantos lugares para tocar. Obvio, hay varios lugares para tocar rock, pero con respecto a lo que yo hago, que es música instrumental, está bastante más acotado. Igual, por suerte sigue habiendo algunos lugares. Por eso la idea es usar el ingenio y salir adelante. De hecho, estoy planeando grabar un nuevo disco con el material que estamos tocando ahora en vivo.

JUNTARSE UN POCO MUCHO

A la hora de grabar un disco, ¿cómo lo pensás?
Cuando tengo una determinada cantidad de temas como para armar un disco lo saco a la cancha. Voy componiendo sin una planificación. Siempre hay tango, funkies, temas latinos… El hilo conductor es la banda misma, y también como uno hace cada uno de los arreglos de los temas. Ahora, para el próximo disco se me ocurrió meter un par de temas cantados, como para darle una vuelta de tuerca a la cosa. También tengo la idea de versionar un par de temas. Como, por ejemplo, “Jugo de Tomate Frio”, que lo venimos tocando ya hace un tiempo en versión funky, así como “Purple Haze”, el clásico de Jimi Hendrix. Por eso, ya vino a cantar con nosotros, un par de veces, Claudio Ledda, el ex cantante de La Groovisima. A veces canto yo también, aunque la idea es hacerlo con una lista de cantantes invitados, como Mavi Díaz –quien ya cantó un par de veces con nosotros- o Claudita Puyó

Luego de Barrio Funk, grabaste otros tres discos (Arrabal Eléctrico, 1999; Plan C, 2004; y Grande de Fuzza, 2008) ¿Qué balance hacés de la trayectoria de la Giusti Funk Corp.?
En definitiva, en este proyecto hago lo que a mí me gusta, todo lo que grabé fue aquel material que más me gusta y con el que más me siento cómodo. Siempre fui siguiendo ese camino y, por otro lado, es lo que me sale.

¿Qué bajistas argentinos te gustan?
Un montón son buenísimos. Por ejemplo, Guille Vadalá, que es un capo muy groso, un tipo que toca re bien slap o fretless, es muy versátil; después, por supuesto, Javier Malosetti es una maza, y me gusta mucho verlo en vivo; el Gordo Maza es genial, me encanta; otro que es muy buen bajista es Alejandro Herrera; y también Gustavo Giles, otro capo…

¿Pedro Aznar?
Sí, por supuesto. Aznar es un prócer, ya a los 18 años era un genio, se tocaba la vida. Me había olvidado de nombrarlo porque ahora está mucho tocando la guitarra y cantando, pero claro que es un referente ineludible del bajo.

¿Y hoy que música preferís escuchar?
Depende de mi estado de ánimo, viste. Sigo escuchando alguna de las cosas viejas que escuchaba cuando era un pibe. Tengo mis épocas… A veces se me ocurre hacerme una panzada escuchando todo Beatles, o llego y me pongo tres discos seguidos de (Dave) Holland, el famoso contrabajista. Escucho de todo, incluso cosas que me traen mis alumnos. Siempre me intereso mucho por los bajistas. Por ejemplo, me gusta mucho lo que está haciendo Victor Wooten o Marcus Miller, a quienes siempre está bueno verlos porque es lo que está sucediendo ahora. Pero bueno, uno se vuelve ecléctico, y capaz de escuchar a Marcus Miller paso a escuchar uno de Joni Mitchell, también. Lo que pasa es que con las posibilidades que da el Mp3 uno se termina armando varios listados de temas. También, en música clásica, yo soy muy fanático de (Johann Sebastián) Bach, un compositor descomunal…


¿Qué recordás de tu paso por la revista Music Expert?
Escribir en esa revista me posibilitó estar en el programa de televisión que fue como la escuela ideal para todo músico. Me encantaba grabar ese programa. Nos juntábamos desde la una de la tarde hasta las ocho de la noche para grabar y hacíamos dos o tres programas. O sea que eran dos o tres semanas juntas en una misma tarde. Tocábamos con varios músicos. Venía un pianista francés, podía estar Ricardo Mollo o Luis Salinas. Estaba bueno porque tocábamos rock, jazz…

¿Ensayaban o se resolvían sobre la marcha los temas?
No, excepcionalmente ensayábamos el mismo día. Sino lo hacíamos en el momento. Por ejemplo, el día que vino (Rubén) Rada me dieron el tema que iba a hacer a la mañana para que lo tenga para la tarde. O me acuerdo de una vez vino (Adrián) Barilari y sacamos “Oh, Darling” de los Beatles de una semana a la otra.

¿Por qué no siguió?
Duró muchos años pese al maneje socio-económico del contexto. En total, duramos cuatro años en total, algo que en ese medio es mucho. Además estuvo bueno porque iba por (el canal) Music Country, que era una alternativa. Hoy por hoy, por ejemplo, los canales de música sabemos que están manejados por las grandes compañías discográficas multinacionales, pero ese era otro paradigma. Ese era un canal donde veías un concierto de Jimi Hendrix, documentales de Yes o de los Stones, pasaban cosas rarísimas.

¿Alguna vez te buscaron de una banda muy conocida?
No. Lo que yo hago es lo que me gusta hacer, desde que tengo 14 años, cuando agarré por primera vez este instrumento. Por eso, en algún punto, no estoy defraudando ese deseo que tenía cuando era chico, y sigo haciendo lo que me gusta en música. Igual, si se da para tocar en alguna situación con alguien, está todo bien, se podría llegar a hacer.

¿Qué preferís en la música instrumental, el virtuosismo, la simpleza, o un equilibrio entre ambos mundos?
En mi caso, siempre en mis discos trato de buscar un equilibrio. Por ejemplo, si escuchas un disco mío vas a ver que está lleno de solos de bajo, pero también hay solos de los otros músicos. A veces, arrancamos con todo, luego bajamos un poco, como que le buscamos una “curva” a la cosa para no aburrir –tanto en las composiciones como en los arreglos- haciéndolo de una forma que sea interesante, además de tener su cuota sofisticada, claro…

¿Además de grabar un nuevo disco, cuáles son tus otros proyectos a futuro?
Aparte de la Giusti Funk Corp. estoy con la idea de grabar un disco de tango. Porque ya tengo unos cuantos tangos grabados y un par más sin grabar. Ya veré como sale. Serían tangos, en su mayoría instrumentales, y algunos más con letra. Mi idea sería hacer tango pero con un enfoque parecido a lo que hago en la Giusti, con batería e instrumentos eléctricos. También tengo ganas de armar algún tipo de enseñanza virtual de música por internet. Por eso ya estuve hablando con un par de personas que se dedican a eso, pero vamos tranquilos proyectando el futuro.

(Entrevista realizada en diciembre de 2012)


Emiliano Acevedo



miércoles, 29 de noviembre de 2017

GEORGE HARRISON, Early Tapes, Vol. 1: Extrañando tanto a Jorge...

A esta altura no sorprende a nadie que los Beatles –juntos o por separado- nunca dejaran de ser noticia en el ámbito discográfico. Un claro ejemplo de esto fue el Early Tapes, Vol. 1; un compilado de rarezas y demos de George Harrison, editado en mayo de 2012. Esta antología complementaba al inmenso biopic Living in the Material World, dirigido por Martin Scorcese, estrenado en octubre de 2011.

En sí, este nuevo compilado –al igual que los recordados Anthology de los Beatles y el de John Lennon, editados en los 90- recogía grabaciones caseras e “inéditas” de Harrison, registradas, la mayor parte, a principios de los 70; algunas en los 80, y unas pocas en los 90. Sin embargo, buena parte de este material ya era conocido por muchos coleccionistas, por haber formado parte de varios discos piratas como el famoso Beware of ABCKO. Por otro lado, su corta duración (apenas 10 temas) parecía avara y nos dejaba con ganas de más. Además, el subtítulo del set sugería que llegarían más rarezas. Algo que hasta la fecha no ha ocurrido. A pesar de esta recriminación mínima, sigue siendo muy atractivo poder escuchar aquí algo “nuevo” del George Harrison solista.


Por lo pronto, en este set list se incluían varias canciones de su inmenso triple álbum debut  All Things Must Pass (1970), que sonaban raras en estas versiones despojadas, sin el wall of sound ideado por el megalómano productor Phil Spector. Esto se podía apreciar en los demos acústicos de “All Things Must Pass”, “Behind That Locked Door”, “Run of the Mill” o “My Sweet Lord”; esta última sin su famoso riff de slide guitar. Hasta acá, casi un “umplugged harrisoniano” que se completaba con “The Light That Has Lighted the World”, una canción de Living in the Material World (1973); “Woman Don´t You Cry For Me”, del disco 33 1/3 (1976); “Let it Be Me”, un cover del clásico standard de Gilbert Becaud; y “Mama You´ve Been on My Mind”, de Bob Dylan. Justamente, hablando de este histórico cantautor norteamericano, también está la hermosa I´d Have You Any Time”, una canción que Harrison compuso a dúo con su amigo Bob –a partir de un bosquejo de letra de éste-, y cuya “early version”, por el contrario, no difería mucho de la original de 1970.


Para lo último nos queda hablar de la versión “wha-wha”, casi funk, de “Awating on You All”; sin dudas, lo mejorcito de este compilado. En fin, quizás, si alguna vez a las mentes brillantes del mercado discográfico se les ocurre editar subsiguientes volúmenes de este Early Tapes, sea posible que podamos extrañar un poquito menos a George... 


Emiliano Acevedo


jueves, 23 de noviembre de 2017

MONSTERSIZE: Detonando Makena (Viernes 3 de noviembre de 2017)

Para Martín Size es tiempo de revancha. Primero, porque, después de un largo batallar de más de una década, el carismático cantante y frontman logró que su banda Monstersize tenga una formación incendiaria de músicos excelentes capaces de llevarse cualquier escenario por delante. Segundo, y más importante, porque en este último año el grupo –a modo de única respuesta- demostró haber crecido como nadie a su alrededor, demarcándose de la mayoría de las bandas emergentes en la búsqueda de un sonido tan novedoso como familiar, al que ellos mismos llaman Electro Grunge.

Desde sus primeros viajes, MonsterSize hizo gala de sus potentes y acertados covers de temas de Soda Stereo (“Hombre al agua”), los Redondos (“Ropa Sucia”) o Chris Isaak (“Wicked Game”), además de una multitud de temas propios que hacían sentir las influencias de Nine Inch Nails, The Cult o Depeche Mode. Todo presentado mediante una excelsa puesta en vivo que sorprendía a propios y ajenos, debido a una parafernalia de luces e instrumentos musicales de primerísima calidad. Casi de nivel internacional.

Pero ahora ya llegaron a un punto de equilibrio que los encuentra en su mejor momento. Por eso, el verdadero chiste de esta presentación de su último álbum Me invitas a flotar en Makena fue lo más parecido a un show explosivo electro gótico de culto rockero. Como si uno hubiese podido ir de regreso con una máquina del tiempo a los primeros noventa. Impresionante puesta sonora y visual.

Sobre el escenario, el grupo prefiere mezclar su repertorio enlazando climas y, al mismo tiempo, manteniendo un concepto que respete sus ideales de lo que es ser una banda rockera en serio, con una puesta en escena óptima y sonido apabullante. La presentación de Me invitas a flotar, entonces, transcurre en un ambiente de opulencia, estrictamente musical, donde cabe la presencia de los tres covers antes mencionados, un tema nuevo y buena parte del último disco. Eso equivale a una apertura con “Ayúdame” y la sensual “Flotar”, con los carismáticos Eric Torrance y El Conde haciendo una dupla imbatible de violas salvajes que se cruzan todo el tiempo, floreándose en estiletes perturbadores que envuelven la voz de Martin Size, mientras los teclados de Vladimir Belosloudtsev aportan sutileza y el bajo prepotente de Tierno Guerra una base potente y precisa.


En estos hombres recae gran parte de la musicalidad del grupo de Size, del mismo modo que David Gahan depende de la magia sonora de Martin Gore en Depeche. En el caso de Monstersize tenemos a los dos violeros, Torrance y El Conde, que cubren los espacios de modo tal que Size puede subir y bajar con su voz cuando se le da la gana, desgarrándose, desgañitándose, motivando al público o gritando su frustración por el estado de las cosas. Esos matices se repiten en el transcurso del show y también dentro de una sola canción, mientras el grupo genera potentes colchones sonoros en donde las guitarras filosas desgarran los sentidos con sus riffs y solos rockeros.

Desde su parada en el escenario, prepotente y salvaje, Martin Size invoca demonios, con esas gafas de policía Ray-Ban, hablando de la esquizofrenia, deshumanización y alienación de este Siglo XXI, pero sin intercambiar con su público más que el saludo y gestos de agradecimiento. En especial, luego de “No me cambies”, una canción con ritmo, pulso vibrante y vocación de hit, que sacude Makena hasta sus cimientos.

Para el final quedó “Mil nombres”, un tema singular que hace acordar tanto a Depeche como al más salvaje The Cult, y, cuando la euforia se aplacó un poco, el tributo emotivo a Soda con “Hombre al agua”.


Ahora que Monstersize logró una presencia escénica y sonora tan contundente, le toca enfrentarse al desafío de sostenerla sin perder integridad artística. Después de llegar, mantenerse, que es lo difícil, y tratar de conservar esta formación intacta el mayor tiempo posible mientras se crece, algo tremendamente complicado en el volátil devenir de los grupos emergentes del rock argentino. Evitar, en definitiva, que su propio perfeccionismo les clave los puñales por la espalda.


E.A.



lunes, 20 de noviembre de 2017

ARROPANDO A LA CANCION, entrevista a Alejandro Terán

Desde hace más de 30 años, Alejandro Terán se encarga de ponerle su sello sutil a todo lo que toca, ya sean obras propias o ajenas. Multiinstrumentista, se destaca como intérprete de viola y clarinete, mientras que su labor como compositor, director de orquesta y arreglador es vastísima e incluye colaboraciones con todo tipo de artistas, en varios géneros y estilos (entre varios etcéteras, se cuentan entre los afortunados con los que colaboró Terán: Soda Stereo, Gustavo Cerati, Charly García, Catupecu Machu, Lisandro Aristimuño, Divididos, De La Guarda, Bersuit, Bandana, Gazpacho, Gustavo Santaolalla, Joan Manuel Serrat, Kevin Johansen, La Mosca, Miguel Mateos, Nacha Guevara, Los Ratones Paranoicos, La Vela Puerca, León Gieco, Man Ray, Carajo, Celeste Carballo, Súperchango, Súper Ratones, Willy Crook…)

Con su simpatía, en esta singular nota, Terán nos cuenta algunas de sus muchas vivencias musicales, además de oficiar como virtual VJ, recomendándonos varias perlitas audiovisuales disponibles en la Web que dan cuenta de todo lo que se habla aquí. Ahí vamos, entonces…

ENTREVISTA: ¿Cuáles son tus primeros recuerdos vinculados a la música?
Mi madre Waltraut Wolfram era inmigrante alemana, educada muy detalladamente en la tradición de la música europea. Cantaba bellamente y tocaba el piano y el violín, como todas las señoritas de sociedad. Ella no encontraba ninguna distinción entre música clásica y popular: Mozart y Schubert eran su soundtrack. Cocinaba, cosía y limpiaba cantando lieders. ¡Hace poco encontré la canción de cuna que me cantaba! La escucho hoy y se me saltan las lágrimas: es bellísima, y se atribuye a Mozart (aunque a mí me parece que es posterior)


Mi padre Eduardo era cellista y trombonista profesional, pero en casa se convertía en cantante y guitarrero. Sus preferencias iban más bien por el lado de lo bizarro, el boom del folklore de los 60 y las canciones beat. Tenía además un repertorio muy incorrecto y picante para sus amigos que nos hacía desternillar de risa a mi hermana Patricia y a mí, aunque no entendíamos mucho...



Siendo hijo de músicos, ¿era inevitable que vos también te volvieses músico?
De niño estaba yo convencido de que iba a ser arquitecto, o ingeniero. Me gustaba mucho dibujar planos de casas y de extrañas máquinas. En un momento descubrí que la música es también una especie de arquitectura (con su física y su metafísica) y quizás allí se fusionaron mis vocaciones. De todas formas, hace unos días le pregunté a mi mujer María si todavía me veía a tiempo de estudiar ingeniería. Se rió, y no insistí...

¿Cuáles fueron tus influencias, tus artistas y discos preferidos durante todos esos años de formación musical inicial?
Después de las influencias que ya describí, la primera impresión musical intensa que recuerdo es la de ir con mi padre a las orquestas, y en el descanso quedarme solo en la sala para investigar cada instrumento que reposaba en las sillas. Me volvían loco los timbales, la gran cassa, las tubas y los contrabajos gigantes. Los materiales: el brillo de los metales, los dispositivos mecánicos y las maderas preciosas me producían un trip psicodélico. Hacia los diez años llegó a mi colegio un compañero nuevo, que venía de vivir en Estados Unidos. Fui de visita una tarde a su casa y me mostró cómo tocaba una acústica Fender y una armónica con su soporte, a la vez. Me dejó tan loco que esa misma tarde le pedí a mi padre estudiar la guitarra. El maestro de guitarra me hacía cantar también, canciones simples. Un día me mostró que él podía cantar una segunda voz haciendo armonías con la que yo cantaba. La idea del contrapunto a dos voces me dejó boquiabierto, al punto que me puse a escribir a dos voces sin tener ni la mínima idea de armonía. En la secundaria conocí a Axel Krygier, que también estaba decidido a ser músico y manejaba una data muy distinta de la mía. Después de un viaje, se apareció con una Tascam PortaOne, ingenio tecnológico que permitía grabar cuatro tracks simultáneos en una cinta de casete. ¡El grababa cosas increíbles en esa caja! Trabajé y no paré hasta comprarme una PortaOne, y esa caja gris fue mi maestra de armonía a cuatro voces.

¿Cómo se dio tu formación? ¿Qué te llevó a elegir estudiar instrumentos no tradicionales como la viola o el clarinete?
A mis once años, una tarde mi padre trajo a casa un estuche viejo y rotoso, y al abrirlo descubrí que era un saxofón tenor Buescher, bastante maltratado y con un aroma que delataba la afición al alcohol de su anterior dueño. Me pareció un objeto tan feo que hasta me daba vergüenza mostrarme en público con él. Todos los amigos músicos estaban de acuerdo en que era mucho mejor estudiar el clarinete y después pasar al saxofón, que no tiene tanto repertorio académico. Así que al final tuve también mi primer clarinete Yamaha de plástico, y empecé a estudiar en el Conservatorio con el maestro Mariano Frogioni, insigne ícono de la escuela clarinetística argentina. Corrían los 80 y yo todavía no había reparado en que tocar un instrumento mejoraba las posibilidades de que una chica te diera un poco de bola. Hasta que un día en la escuela, la chica más linda e inaccesible de mi clase me vio con el estuche del saxo y se mostró interesada. Esa tarde se acabó mi aversión al saxo. Un tiempo después, me puse de novio con una chica que conocí en el Conservatorio que tocaba el piano y había empezado a estudiar la viola. Un día me dijo que la iba a vender porque no le gustaba, y terminé comprándosela. Estudié un año con el maestro Enry Balestro, otro prócer, y luego me largué por mis propios medios.

CRÓNICAS DEL PASADO FUTURO

Naciste en 1967, el mismo año que se editó Sgt. Pepper, surgió Pink Floyd y se vivió el auge psicodélico de los hippies durante el Verano del Amor, en San Francisco y demás. ¿Qué opinas de todas estas movidas y cómo influenciaron tus gustos musicales?
¡He pensado mucho en eso! A pesar de haber sido yo todavía muy chico en esos años como para influenciarme, me siento orgánicamente psicodélico. Extraer de un objeto cualquiera su carga psicodélica y maravillarme es uno de mis entretenimientos habituales. Y hoy siguen gustándome mucho las aventuras literarias, musicales y plásticas de aquellos años, y también, por supuesto, el cine. Recomiendo las canciones conceptuales de Baldessari, muy inspiradoras.

¿Cómo fueron tus inicios como músico profesional?
La primera vez que recibí dinero a cambio de hacer música fue a los quince, leyendo a primera vista en una banda que paseaba santos en la Boca. Había que seguir la procesión por el barrio, subirse a un barco y pasarse el domingo vestido con un extraño uniforme. No recuerdo si la paga era buena, pero sí que me daba una gran sensación de independencia. Poco tiempo después conseguí trabajo como músico de prostíbulos en la Patagonia, en donde me formé en el arte de tocar mientras dormía (habilidad que todavía conservo).

¿Cómo se dio tu participación en la Portuaria? ¿Por qué no seguiste tocando con ellos?
La Portuaria fue una de las aventuras musicales que emergieron del semillero del Nacional de Vicente López (al igual que Los Pericos, Krygier y muchos otros). Empecé a tocar con ellos en vivo cuando el primer disco, Rosas Rojas, ya estaba editado. Giramos por el mundo durante una década, grabamos varios discos, y experimentamos todos los estados de relación que suelen vivir las bandas cuando pasan gran parte del tiempo juntos. En un momento todos los artistas que formábamos la banda nos vimos ya más absorbidos por nuestros experimentos personales, y la banda se disgregó. De vez en cuando tocamos un tiempo juntos otra vez, hasta que las agendas se ponen espinosas, y así...

Junto a varios amigos formaste El Sexteto Irreal. ¿Cómo se les ocurrió realizar este proyecto?
El Sexteto no es una banda del todo; es más bien, un club. Allí nos encontramos los viejos marinos después de incontables aventuras, y nos divertimos charlando en lenguaje musical, porque nos conocemos muy bien. El Sexteto sube al escenario sin ensayo, sin lista y sin temas: eso es lo más divertido, ir armando la música a medida que va apareciendo. Samalea y Manu Schaller se han puesto a revisar grabaciones lúdicas del grupo y a fuerza de edición y paciencia, ha surgido un disco llamado Jogging, objeto casi impensable para un grupo tan distraído como el Irreal. Me he quedado sorprendido al oírlo, porque conserva la locura del ready made irreal, y en varios pasajes me hace reír. Aquí, un fragmento muy cortito, ¡y en el video no está Axel!



CINEMA VERITE

¿Cómo fue trabajar junto a Leonardo Favio en la música de Aniceto?
La música de Aniceto fue el primer objeto que instrumenté para Iván Wyszogrod, compositor cinematográfico. De ahí en más nos hicimos amigos y hemos hecho juntos muchos soundtracks y músicas para teatro. Favio tenía un láser estético asombroso: en varias ocasiones nos hemos quedado asombrados y confundidos con sus directivas, pero al final siempre teníamos que reconocer que su mirada iba más allá de la corrección. Tomaba riesgos estéticos con enorme valentía.

Hablando de bandas sonoras, ¿Cuáles son las diferencias que encontrás entre realizar música para acompañar un filme (a las órdenes de un director, productor, etcétera) y el trabajar arreglando la música de un tema y/o disco?
La figura del arreglista es quizás un poco confusa para el lego. La estructura de un score (partitura orquestal) se parece bastante a un plano arquitectónico: se trata de un libro de papel con docenas de pequeños pentagramas en cada página, en donde está diseñado cada detalle de ejecución de cada instrumentista de una orquesta de, por ejemplo, 80 músicos. Todo: qué nota tocará fuerte, cuál suave; qué pasaje ligado, cuál staccato... Para qué lado llevará el arco el violín en cada nota, qué sílaba dirá el clarinete para que cada nota suene más o menos atacada... Qué combinación de notas tocarán los cuatro cornos para que cada acorde se forme, y que ninguna nota se salga del registro posible de cada instrumento... Qué tipo de maza usará el timbalista para golpear su instrumento... En fin, es una enorme cantidad de información técnica, que el artista compositor suele no conocer, porque no es su especialidad. Muchas veces el compositor realiza la música sobre un solo instrumento (habitualmente, el piano) y luego encarga al arreglista el diseño de esa misma música, pero en gran formato orquestal. De manera similar, un grupo de rock puede intuir que a su tema le vendrían muy bien unos violines, pero la mecánica del funcionamiento violinístico le es extraña. Entonces, se encarga a un arreglista el diseño de un ensamble que encaje perfectamente sobre lo que toca la banda. A mí me resulta muy divertido el juego de descubrir qué ideas musicales enriquecen la intencionalidad de cada pasaje, qué guiños estéticos caben en combinación con la estética preexistente... Es un juego un poco obsesivo, y muy gratificante (cuando sale bien).

COLABORACIONES ESTELARES

Desde afuera parecen bastantes distintos. Vos, que trabajaste junto a ambos, ¿nos podrías contar cuáles son las diferencias y similitudes entre Charly y Cerati, a la hora de grabar un disco?
En los dos casos se trata de artistas integrales y de estéticas ultra definidas: ambos saben perfectamente lo que quieren y en sus músicas ya se encuentra implícito el arreglo. Al arreglista le resta sólo descubrir las intenciones ocultas del tema, y ponerlas de manifiesto. García es explosivo y experimental, de exquisitas ideas musicales y gran director de ensambles; Gustavo era un increíble realizador sónico y textural, y experto en extraer lo mejor de cada uno. Era además tan virtuoso como compositor, instrumentista y cantante, que prácticamente no existe nada imposible para él. Los dos son radares musicales asombrosos y cada tarde de trabajo con artistas de este calibre resultan como un postgrado para músicos de todo tipo de formación.

¿Cómo fue trabajar junto a figuras como Skay, Aznar o Lebón?
A Skay le pregunté, mientras diseñaba los arreglos para su disco, si quería que le diera dos opciones para elegir de un tema, y me respondió con una frase que me ha quedado grabada: "Nunca, pero nunca, me des dos opciones…” Con Aznar he trabajado muy poco: una vez para un concierto de Lebón en el que él hacía un medley con orquesta, y en sesiones con García, en las cuales quedé maravillado por su musicalidad increíble, ¡y su memoria de elefante! ¡Hacía años que no tocaba ese tema!
Con Lebón hicimos una vez un show en vivo, en el que escribí las cuerdas, y se me ocurrió, después de terminado un tema (“El Tiempo Es Veloz”) escribir unos compases finales del cuarteto de cuerdas solo, a modo de coda. Él no sabía lo que íbamos a tocar, y cuando lo hicimos, se dio vuelta, escuchó, y se puso a llorar. Muy emocionante.

PONCHE PSICODÉLICO Y ELÉCTRICO

¿Qué te llevó a formar la orquesta Hypnofón? ¿Podés decirnos unas palabras acerca de cómo elegiste el ecléctico repertorio del primer disco?
Cuando volví de trabajar un año con Joan Manuel Serrat en España, me vi con algo de plata en el bolsillo como para encarar la composición de un disco orquestal, que hacía tiempo que tenía ganas de hacer pero nunca tenía tiempo. Así que elegí algunos temas fetiche, compuse otros, y gracias a Los Años Luz y a EPSA, logré editar ese raro disco... Fue una buena decisión, porque todavía hoy esa aventura me da gratificaciones y se ha convertido en un símbolo de mis preferencias musicales, y mucha gente me conoció a través de él. En esa época yo me preguntaba si existía una psicodelia argentina, y la selección onírica de los temas pasa un poco por esa idea.

¿Cómo viviste la experiencia de grabar “Verbo Carne” con la Sinfónica de Londres en Abbey Road? ¿Fue algo así como “el sueño del pibe”?
Cerati me mostró el tema en su estudio, y estaba construido sólo con electrónica y voz. Me dijo que él intuía una situación orquestal para ese objeto, y yo le dije que podíamos hacer algo con mis amigos músicos acá en Buenos Aires. Él me contestó que no, que él imaginaba una orquesta sinfónica completa, y nombró la de Londres como posibilidad... Tragué saliva y asentí: siempre me maravilló de Gustavo esa ausencia de negatividad en su proceso mental, tenía el NO borrado... Todo era posible en su mundo. La mañana de la grabación en Abbey Road fue mágica. La sesión del día anterior la había dirigido... ¡John Williams! Puse las partes, los músicos se pusieron los auriculares, y cuatro minutos después estábamos con Gustavo en el control mudos, boquiabiertos, y lagrimeando. El primer violín, Gavin Wright, vio que estábamos un tanto sobrepasados por la emoción y vino al control para preguntarnos si nos había gustado la toma 1, y qué cambios queríamos hacer para la segunda toma. Yo lo miraba a Gustavo y él me hacía el gesto de “¡hablá vos!”, y entre los dos no hacíamos uno. Finalmente grabamos unas versiones más, todas perfectas. Al final de la sesión, me paré en la puerta de la Sala A mientras salían los cincuenta músicos y... ¡les di un abrazo a cada uno! Los ingleses me miraban con curiosidad, pero me tiraban la mejor onda.

¿Cómo fue tu experiencia trabajando junto a Calle 13?
Con Gustavo Santaolalla solemos trabajar así: él me manda por mail temas en boceto de diversos grupos, y yo voy diseñando ensambles para esos bocetos (¡a veces sin siquiera saber el nombre de las bandas!). Cuando él pasa por Argentina, fijamos un día de grabación en un estudio y hacemos una especie de orgía musical, grabando todo lo que diseñé. Una vez me mandó un boceto cantado por él, muy lindo, y yo construí el arreglo de cuerdas. Un tiempo después me mostró el objeto terminado y había reemplazado su voz por la de… ¡Elvis Costello! Me dejó mudo...
Con Calle 13 me pasó algo parecido. “El Tango del Pecado” me lo mandó en un mail y me dio como referencia unas cuerdas de Dr. Dre. ¡Yo no conocía Calle 13! (no eran aun tan populares como ahora). Recuerdo que a mi mujer y a mí nos divirtió mucho el tema y hasta lo mostramos en nuestro círculo de amigos como curiosidad. Un tiempo después, la banda explotó...

DE PERFECCIONISMO, GUSTOS Y OTRAS YERBAS


¿Cuál consideras que fue, hasta ahora, el momento más importante de tu carrera como músico?
Dice la leyenda que al ser consultado acerca de su "carrera" musical, Nick Cave contestó lacónicamente: “No soy un caballo”. En mi caso, soy tan obsesivo y cabeza dura que a veces un pasaje que grabo jugando en casa me da más gratificación que un enorme proyecto profesional. Además, la música es un campo tan vasto que el horizonte se va moviendo constantemente, y no permite al músico estar conforme jamás, ni considerar obra alguna como una realización. “Mañana es mejor”, como dice el filósofo. Tengo sí, algunas músicas preferidas hechas por mí, pero van cambiando según mi humor.

¿Qué músicos y géneros actuales preferís escuchar? ¿Qué disco y artista recomendarías escuchar y por qué?
En la industria del perfume existen expertos llamados "narices", en alusión a sus capacidades cuasi mágicas para dilucidar los componentes de una fragancia. Mi recomendación suele ir en ese sentido: lograr un playlist tan amplio y variado que nos vaya convirtiendo en "orejas". La ciencia sabe hoy que al poner play en una música desconocida se activan mecanismos cerebrales de complejidades cósmicas, y que uno de los centros más activos es el que aporta recuerdos de músicas anteriores para funcionar como referencias para la comprensión del fenómeno nuevo. La música del S. XXI es una consecuencia de todas las anteriores, desde que ha sido posible su transmisión de una generación a otra, o su notación. Una lista muy parcial e incompleta de mis recomendaciones musicales podría hallarse en mi canal de YouTube: http://www.youtube.com/user/hypnofon

¿Cuál es tu opinión acerca del rock nacional actual? ¿Hay algo nuevo que te haya gustado?
Si hablamos específicamente de rock, intuyo que la actitud rocker es atemporal y vivirá por siempre. Cualquier música es rock si está hecha por un rocker, y si alguien no es rocker no hará rock (aunque musicalmente haga rock). Hunter Thompson es rock, ¡aunque ni siquiera hace música!
El rock es un fenómeno tribal-social, mucho antes que una categoría musical en sí. Una banda de rock es funcional y auténtica sólo si una tribu la toma como referencia estética y como aglutinante. Deambular, reunirse, y huir (como dice Diederichsen en Psicodelia y Ready Made, http://www.lalibreriadelau.com/libros-de-artes-en-general-ca25_127/libro-psicodelia-y-ready-made-p73930). Lo estrictamente musical no tiene mucho que ver con eso. El rock como género musical es raro en la actualidad... ¡Así como quizás también el concepto de Nación! ¡Es bizarro hacer filosofía con dos términos fantasmas! Lo que sí parecen estar vivas aún son las canciones, independientemente del trato estético que se les dé. Y cancionistas rockers hay todavía buenos, empezando por el Pity...

DANCERS PARADISE

¿Cuál es tu opinión de lo que significa ser un músico profesional en la actualidad, dentro de esta coyuntura que supone la caída de las discográficas y el auge de las descargas de discos online en la net?
La actividad del músico ha sido siempre dispersa y variada. No olvidemos que Mozart dejó al morir un piano, una mesa de billar, y un montón de deudas. La idea del músico millonario y viviendo en un océano de privilegios es muy reciente, y hay que reconocer que es fea, estéticamente hablando. Creo que un compositor debería poder vivir bien de su trabajo, al igual que un intérprete, un arreglista o un instrumentista idóneo, ¡pero a nadie le hace falta ser obscenamente rico! La caída de las grandes discográficas perjudica especialmente a los grandes productores, pero los verdaderos artistas encontrarán siempre alguna forma de supervivencia digna. Es importante también que los Estados consideren a sus artistas como verdaderos motores de la vida de todos los ciudadanos, y que los cuiden y les hagan posible crear sin que esto les signifique morir de inanición. Las descargas vía Red son una de las últimas formas de democratización de la cultura, y no creo que haya un solo artista sincero que lamente que alguien quiera oír su música, aunque no pueda o no desee pagar por ella. La música es una Diosa piadosa: mira con benevolencia a quien le hace servicios flacos o decididamente malos, y premia de maneras misteriosas a quien se dedica con pasión a su adoración, día tras día.

¿Cuáles son tus proyectos a futuro?
Estoy atravesando los 50, edad en la que algunas motivaciones adolescentes van desapareciendo... ¡y muchas veces es difícil reemplazarlas por otras! Quiero decir que lo que resultaba un desafío a los 20 quizás ya no nos excita de la misma manera después de los 40. El artista debe ingeniárselas para conseguir nuevos motores para la curiosidad y la acción creativa. Por eso insisto siempre en la necesidad de mantener el alma abierta a cosas nuevas, meterse en problemas... De eso se tratan mis proyectos a futuro: estar siempre metido en asuntos que no comprenda del todo, que me obliguen a ensanchar mis horizontes musicales. No por nada decía Suzuki que la actitud a mantener es la del eterno principiante.


Emiliano Acevedo