lunes, 31 de octubre de 2016

LISANDRO ARISTIMUÑO, Constelaciones: Una identidad tan volátil, como consistente.




Aristimuño lo hizo otra vez: suena familiarmente nuevo. Constelaciones, su sexto álbum de estudio, que al igual que sus anteriores trabajos fue editado por su propio sello Viento Azul, salió a la venta el pasado 15 de octubre de 2016. Un brillante material que nos da acceso a un “conjunto de estrellas” que imaginariamente delinean el perfil de este gran creador argentino, probablemente, uno de los más interesantes surgido en la última década. 

A cuatro años de Mundo Anfibio, un trabajo en el que el rionegrino abandonó notoriamente su lado más introspectivo y pueril para emerger a una superficie agobiante y, por momentos, ominosa vinculada con un mundo adulto en el que se pierde la calma, Lisandro presentó, dos días antes del lanzamiento comercial, este nuevo trabajo a amigos, familia, algunos músicos, y un grupo de periodistas a través de una escucha colectiva en el Planetario de la Ciudad de Buenos Aires. Ocasión en la que el músico anticipó: “Después de Mundo anfibio, un álbum que hice mirando hacia el agua, descubrí que para arriba también pasan muchas cosas; hay mucha gente que ya no está pero que ilumina, gente importante, músicos  que nos cuidan. Gente muy especial para mí desde lo musical y familiar y ahí empecé a pensar en eso que te dicen de chico: que la gente se va al cielo. Yo creo que sí, que desde las estrellas o las constelaciones, nos mandan un mensaje y nos cuidan. Hice el disco pensando mucho en eso: que hay vida después de la tierra".

Para reflejar esas conexiones, Lisandro, convocó a una nueva banda de consolidados músicos como Javier Malosetti (bajo/coros), Sergio Verdinelli (batería) y Ariel Polenta (piano/teclados/órgano Hammond). Todos ellos dieron su toque y se nota. La validada potencia de profesionales que han  tocado con el Flaco Spinetta, como es el caso de Malosetti y Verdinelli, sumado al inmejorable aporte de Polenta, quién viene acompañando a voces tan interesantes como Ana Prada y Pata Kramer, le dan a este disco una potencia arrolladora. A la que se suman, en cuatro temas, Ramiro Flores (saxo tenor), Juan Canosa (trombón), y Sergio Warner (corno).

En el video del backstage del disco (https://www.youtube.com/watch?v=SdT24-p_P6M ), el autor cuenta: “Fui al estudio sin saber qué estribillo tenía una canción y a veces ni tenía letra”. Y el resultado de este “proceso de creatividad” es una reafirmación: Personalidad, sello propio por donde se lo escuche y una adultez musical que no se ahorra oficio y magia, y el mismo dice: “Eso son las constelaciones: tu energía”

En estas once Constelaciones (diez en lista más un tema oculto) hay improntas reconocidas que aparecen de un modo original. Las influencias musicales que este cantautor no esconde, y no tiene por qué hacerlo ya que sabe cómo tamizarse con ellas, nos reenvían a estrellas como los Beatles, Spinetta, Lennon y Harrison.

Y sin escapar a nuestro tiempo, Constelaciones también está disponible en plataformas digitales como Spotify, Deezer, iTunes.


LOS TEMAS:

La Constelación II – Hoy, Hoy, Hoy, es una cancionera melodía cuyo mensaje evidencia un estado, que podríamos pensar que Lisandro pudo alcanzar luego de años de no traicionarse, años de arriesgarse a lo propio y salir siempre renovado. Y así, nos dice: “Solo quiebro, rompo lo que hay ahí (…) Por eso hoy, hoy, hoy, / yo voy a ser feliz/ Hoy, hoy, hoy, / yo quiero estar así” Y vaya que lo hace. Rompe con las amarras de las modas y, paradojalmente, lo nuevo lo hace clásico, perdurable, como en este tema donde, la guitarra slide  a cargo de Nico Bereciartúa, suena al mejor estilo George Harrison.

Seguidamente, en el registro inconfundible de este creador, llega De nuevo al frío. Un tema intimista, calmo, y visualmente patagónico, como nos tiene acostumbrados Lisandro que dice: “El Chaltén, soy nehuén/ ¿Quién me va a acompañar de nuevo al frío?” Vuelve, y vuelve a volver trasformado.

En la Constelación IV – Hijo del Sol, nos presenta una melodía fuerte, contundente para decir lo que hay que decir, al ritmo del bajo, del golpe de una bata intensa  y del rasguido de la acústica: “No soy de aquí/no soy de allá/solo agradezco lo que me das/hijo del sol, beso el calor/rompo las reglas del tiempo”. Un tema que al amalgamar toda una declaración de principios con un acento musical nos habla de un artista que entra en escena siempre y cuando tenga algo para decirnos en primera persona.

El corte de difusión, que cuenta con su video, la Constelación V – Good Morning Life, nos habla de vida con una base que se asemeja a un pulso, un latido, una presencia que atraviesa toda la canción como esas presencias que atraviesan toda nuestra existencia. Como lo que insiste, como volver a vivir, que no es lo mismo que solo recordar. El video muestra diferentes ojos en primerísimos primeros planos donde es posible ver en detalle el iris, la esclerótica y sus capilares, la córnea, la pupila y sus cambios incesantes de forma ante las variaciones de luz que recibe. Las constelaciones se hacen cuerpo en el ojo.  

Luego, sigue la sexta Constelación, Una Flor, donde la guitarra eléctrica de Nico Ibarburu hace gala y se luce en un solo bellísimo. Una canción muy personal con pinceladas del primer Lennon solista y una electricidad subterránea que atormenta y seduce cuando dice: “Yo quiero besar sin tener que amar/quiero besar sin tener que matar”

La Constelación VIII – Tu corazón, nos muestra la capacidad de totalidad que este creador tiene porque si bien las obras de la carrera del rionegrino son todas suyas, este tema lo es del modo más certero posible: esta dulce canción fue íntegramente grabada por Lisandro en guitarra acústica 12, guitarras eléctricas, bajo, voz y coros.

La Constelación IX – Tres Estaciones, está reservada a la conexión más sublime e inefable que Lisandro pudo hacer: Azul Aristimuño, quien comienza el tema contado hasta cuatro. Y a esa vocecita amada por este padre, van dedicados varios deseos y certezas, entre ellos: “Quiero crecer para los dos en este mundo/quiero dejar un manantial para tus noches/ y verte más llenar la pieza de color/ tu corazón tendrá delfines y estrellas.” 


Así, la guitarra acústica de 12 cuerdas, el toque “Malosetti” del bajo potente y melódico, el ritmo seco e intenso de la batería, el piano, las letras, composiciones e interpretaciones de Aristimuño conforman la impronta de un trabajo tanto hermético como abierto que susurra con potencia, calma, velocidad, intensidad y sentimiento el secreto que ya todos sabíamos: Lisandro puede sonar nuevo aunque sea siempre el mismo. Y tal vez, justamente, por eso. A doce años y cinco discos de estudio, hablar de los climas que crean sus canciones no es decir nada original. No obstante, en este trabajo cada una de ellas, independientemente de la siguiente, configura un nítido estado de ánimo circunscripto por esas líneas imaginarias que unen los puntos en el firmamento aristimuñano.

Una palabra define la llegada de este disco: Bienvenido.

Silvia Tapia

martes, 25 de octubre de 2016

HERMANADO CON EL BLUES...: Entrevista a Gabriel Delta



Un verdadero embajador de nuestra música, Gabriel Delta es un artista con mayúscula. Un artista inquieto, casi un antropólogo del blues, que se sumerge en lo más profundo de esa música que se cuece en el Mississippi. Radicado hace más de una década en Italia, este fino guitarrista y compositor, hace docencia y practica; y en el medio va dejando obra para que la escuche su público gustoso. De todo eso habló en este concierto interactivo que dio en la Escuela de Blues. Una charla en la que dejó constancia de sus casi 30 años de trayectoria profesional, sus devenires por la movida blusera local histórica de los 90 (con los Delta Blues), su paso por los principales festivales internacionales del género, y de su esperado show en el Velma Café, el próximo domingo 30 de octubre.

Aquí está Gabriel Delta en primera persona, entrevistado por Mariano Nievas (conductor del programa El Jardín de los Presentes, que sale al aire por FM Zoe 107.1, todos los jueves a las 21). Agradecemos a Sandra Vázquez Producciones por la invitación a este encuentro inolvidable.

ENTREVISTA> ¿Cómo fueron tus inicios?
Empecé escuchando un disco de B.B. King que compré en una disquería de mi barrio. Me volvió loco, así que, rápidamente, busqué a alguien que me enseñara a tocar de ese modo. Y llegué a Botafogo. Él me hizo conocer todo un mundo de sonidos y de cosas vinculadas a esta música, el blues. Y de ahí no salí más… Todo el tiempo tocando, estudiando, investigando…

Y de ahí también fuiste parte de una camada de músicos en los 90, que incluía a los Delta Blues…
Tal cual, éramos todos músicos que arrancábamos a tocar: Los Delta, La Mississippi King Size, La Petrolera… Era un momento bastante particular. Entrar al Samovar de Rasputín era una cosa increíble; jueves, viernes, sábado y domingo, siempre lleno… Y venían todos a tocar, venia Moris, Pajarito Zaguri, Pinchevsky, el Negro Alejandro Medina, Pappo… Es un momento que tengo muy presente en mi corazón porque fue muy fuerte.

Claro, también que el blues en Argentina haya dejado de ser un gueto aislado, ganando masividad, tiene que ver con esta etapa de los años 90 que vos contás…
Los 90 fueron muy importantes. Aparte, del 92 en adelante fue una apertura al blues internacional. Así, empezaron a venir todos, un montón de figuras como B.B. King, Albert King, Albert Collins, James Cotton, Jimmy Rogers… Fue una cascada de gente que nos permitió estar en contacto con el blues verdadero, ¿no? Por supuesto, eso fue muy positivo, pero también tuvo una parte muy negativa, ya que destruyó, de algún modo, lo que era el movimiento de blues local…

Justamente, a partir del 2003, te vas a Europa, en donde comenzás la segunda etapa de tu carrera. ¿Cómo te decidís a dar ese paso?
Sí, me fui de una, sin que nadie me llamara. Me fui a probar suerte allá. No me esperaba nadie, ninguno me llamó; así que, verdaderamente, fue un volver a empezar. Con toda la experiencia de haber tocado acá, pero empezando de cero. Por supuesto, había pasado por Chicago, había estado presentando un disco en el Festival de Blues de ahí, y toda esa experiencia fue la que “metí en la valija” al momento de irme a laburar a Europa. Y me fui a Italia, un lugar medio extraño para ir, en donde no me podía agarrar ni de una lengua en común –como sería el caso de España-; no sabía italiano, y en Italia era todo completamente distinto, pero me animé y arranqué con esta nueva etapa…

Ya que lo mencionás, y como estuviste hace muy poco, ¿cómo es la experiencia de tocar en el Chicago Blues Festival?
En los últimos dos años estoy trabajando con una agencia de management que hace tours de artistas, y ellos tienen una relación muy interesante con Fernando Jones, un músico de Chicago que lleva adelante The Blues Kids Foundation, una escuela de blues muy grande. Gracias a esta relación, se abrió la posibilidad de tocar allí este año, durante los tres días del Festival. Fue una experiencia maravillosa. Si bien ya había estado en Chicago hace quince años, esta vez pude disfrutarlo mucho más, viviendo un montón de cosas desde adentro…

Y es que Chicago es la capital mundial del blues, sin ninguna duda…
Sigue siendo el Festival más importante del blues. No nos olvidemos que, durante 60 años, Chicago fue el punto de llegada obligatorio de todos los bluesmen, y ahí fue donde nació todo lo que conocemos: Chess Records, los locales…

¿Cómo es el panorama actual del blues a nivel mundial? ¿Existe el under también?
Sí, hay mucho. Allá existe la European Blues Union, una asociación que nuclea festivales, agencias, discográficas y los grupos. Ellos crearon estas especies de Challenges, un poco como lo hacen en Memphis, en donde se compite y demás. Hace seis años que están funcionando, y cada año se hace en un país distinto. Ahí, en cada uno de esos eventos, te podés encontrar con el panorama blusero europeo. Un panorama bien fuerte, porque ellos tienen una tradición muy grande, después de tantos años.

¿Y estás al tanto de lo que pasa con la escena del blues en Argentina?
Sí, estoy siempre en contacto con varios amigos, me escribo bastante seguido con ellos. Soy muy curioso y siempre estoy al tanto de que discos salen y cómo les va. A mí me gusta el éxito de los demás. Porque si los demás hacen, y pueden hacerlo, quiere decir que vos también tenés más posibilidades de hacer lo tuyo. Por eso es que nunca me presenté a estos Challenges de blues de los que hablábamos antes,  porque nunca consideré la vida musical como una competición. Porque, aunque sea un meeting, un encuentro fantástico con un montón de gente que está en la misma que vos, a mí no me interesa competir contra nadie. La música no es un deporte, no me interesa ganarle a un grupo ruso de blues. Si me hubiese interesado hacer algo para ganarle a alguien, me hubiese dedicado al tenis, no a la música…

Hablemos un poco de tu método de composición, ¿cómo ensamblás música y letra?
Como viene. No tengo una disciplina al respecto. Hay momentos en que escribís un montón y estás lleno de ideas y otros de vacío total. Entonces uno escucha, toca, se divierte, aprende, estudia…

Y al manejar tanto castellano como italiano, ¿Cómo te manejás con las letras?
En italiano no compongo nada. Hay canciones que rinden mucho en castellano y otras en inglés, y eso no es algo que me preocupe. En realidad, más allá de la lengua que se utilice al componer, lo que prima es el concepto: la melodía, la armonía y el ritmo. Entonces, si la línea melódica existe, la lengua no es importante.

¿Cómo fue el proceso de grabación de tu último disco, Brothers?
Fue una coproducción con Paolo Baltaro, y él viene de un mundo completamente distinto al mío, viene del rock progresivo, que tiene otra sonoridad, bien británica. Ya había grabado con él, anteriormente, pero esta es la primera vez en que también se encarga de la producción conmigo. Eso estuvo buenísimo, porque el disco quedó bien potente, y además me hizo aprender a trabajar de un modo distinto. Antes, hacía las canciones, las trabajábamos en la sala, entrabamos al estudio, prendíamos las máquinas y grabábamos; en cambio ahora trabajé a su manera…

¿Son distintos tus discos entre sí o crees que hay una continuidad?
No, son distintos. Los discos son como fotografías, instantáneas de un momento creativo determinado. Lógicamente, te lo podés permitir si no estás metido en la parte comercial de la música, ¿no? Si hiciste un hit, o algún disco que funcionó, eso después, seguramente, puede originar ciertas expectativas sobre tus futuros trabajos. Por ejemplo, a Clapton en todos los discos le piden un nuevo “Layla”… En esos casos debe ser más difícil, supongo…

Y hablando de eso, ¿los “Layla” se pueden construir con un método?
Mirá, al respecto de eso que preguntás, tuve una experiencia muy linda ya que pude conocer a Eddie Kramer, el histórico técnico de grabación que trabajó con Jimi Hendrix, Led Zeppelin, Carlos Santana, Eric Clapton… El tipo que está en la consola, que graba a estos personajes. Kramer me contó que en esos discos no hay nada improvisado, que todos esos tipos laburan las canciones. Después, claro, cuando los ves en vivo suenan igual que en el disco, porque ya pensaron todo el trabajo antes. No es que llegan al estudio, se fuman un faso, toman un whisky, y ahí recién se ponen a grabar… No, no, eso es un mito, los tipos realmente laburan sus canciones, laburan los solos y demás, y una vez que la canción tiene su identidad la plasman. Así que hay que sentarse, hay que buscar. La composición es muy importante, hay que buscar el modo en que la canción pueda rendir más.

¿Hubo músicos invitados en el disco?
No, ni siquiera hubo una banda formada para grabarlo. Paolo se metió a tocar los bajos, llamamos a un pianista, después  vinieron los que tocaron vientos –a los que les hicimos los arreglos que tocaron-, luego llamamos a un armonicista para que venga a tocar en dos temas, también llamamos a una corista para unos coros en ciertos temas… Escuchando lo que íbamos haciendo, veíamos que cosa estaba bien para implementar en cada canción, y así lo fuimos haciendo, paulatinamente.

Y todavía seguís apostando al disco físico…
Sí, aunque, evidentemente, en los últimos tiempos, el disco físico cambió su función. Casi que ahora se convirtió en un suvenir del concierto, o el “embajador” que nos representa a los artistas: si te lo piden para conocerte, entonces lo mandás a algún lado para que te conozcan. Aparte sabemos cómo están las ventas discográficas, que son cada vez menores…

¿Y qué pensás de las descargas?
Están bárbaras. Aparte, ¿qué vas a hacer? ¿Te vas a poner en contra de eso? Madonna termina de grabar un disco y a la media hora ya lo bajamos todos… Después también tenés Spotify, en donde tu disco lo escuchan todos gratis, y lo subimos los propios músicos, porque si no estás en Spotify sos un boludo…

Contanos como va a ser el la presentación del disco, el próximo domingo 30 en el Velma Café…
Estoy con muchas expectativa y muy feliz, porque la banda que me va a acompañar en los ensayos suena muy potente, como a mí me gusta. Van a estar Pehuén Innocenti en piano, Sergio Mayorano en bajo, Gabriel Cabiaglia en batería; y distintos invitados a lo largo del show. Va a ser un concierto larguito, lindo, con temas de todas las épocas, temas de mi disco anterior, clásicos, homenajes a los grandes del blues, además de las canciones de Brothers. A mí me gusta tocar, por eso mi lista es bien flexible.

¿Y cuáles son tus planes a futuro?
A principio de noviembre vuelvo a Italia, donde tengo mi escuelita, un centro de estudios musicales, donde voy a seguir con los cursos que estamos dictando. También estoy trabajando en la edición de un disco acústico que hicimos a principios de junio, hay que masterizarlo y ver con que sello lo distribuimos. 

Mariano A. Nievas


lunes, 24 de octubre de 2016

WILLY CROOK: "Muchas cosas las viví más estupefacto que contento..."



Hay dos premisas  que funcionan  de manera estupenda, cuando ponés en funcionamiento un grabador frente a un músico tan particular como Willy Crook. Primera enumeración: despojarse de los prejuicios que llevás cuando jamás estuviste cara a cara con un mortal, con estas características. Segunda: Que podría ser un increíble personaje de cualquier novela de Kerouac. La otra, no tomarse al pie de la letra todas sus ocurrencias e ironías.  
Willy es un personaje mágico de la música; puede llegar a responder  cada pregunta con un sinfín de anécdotas. Tratamos de inmortalizar las más significativas u ocurrentes de su vida por el Viejo Continente.  Y luego, el regreso a Buenos Aires.
Teniendo en cuenta dicha aclaración, damos por hecho que la entrevista fue por buen camino. Y que no solo resultó un placer conversar con el ex saxofonista de Los Redondos, si no que nos dejó la impresión de tener un nuevo amigo, en este maravilloso mundo de la música.

Willy toma, pausadamente, un trago de Fernet con rodajas finas de limón y dos hielos. Enciende un cigarrillo, poco visto ya, Particulares 30, y habla sin apuro, como si fuese una charla de amigos. De amigos de hace muchos años.

ENTREVISTA> ¿Cómo y cuándo surge tu primer acercamiento con la música?
No recuerdo muy bien, pero creo que fue  por medio de un familiar, vaya uno a saber. Los Pantano y los Crook no somos una familia muy numerosa, sin embargo, lo tengo un poco borrado, creo que fue por parte de mi tío o un cuñado que me regaló una guitarra. Ahí  comencé a tocar con una  sola cuerda “Satisfaction” o “Juegos Perdidos”.  Tendría siete u ocho años. 

¿Qué  recuerdos tenés de tu Villa Gesell natal? ¿En  tu casa que banda de sonido sonaba?
Gesell era un sitio muy hippie, y representaba todo lo que era yo. No eran muy nutridos musicalmente los lugareños, y en casa no había mucha música. Mi madre tenía un tocadiscos, que con una lógica indiscutible, decía no lo toque porque se rompería.  Era algo así como una camisa demasiada linda para no usar en ninguna fiesta. 

¿Cuándo aparece el saxo en tu vida?
En Ibiza, gracias a una amigo sirio que aun continua haciendo saxos con cañas de bambú de la India y de Israel. Eran unos instrumentos muy finos, sofisticados. Recuerdo que siempre me prestaban uno,  ahí fue cuando comencé a intentar sacarle el sonido que me gustaba, tomando como referencia los discos del Gato Barbieri. Me pasaba horas tocando.

¿Y tú primer  caño de metal?
Fue acá, la última droga que me faltaba probar en Ibiza fue la Argentina y me vine.  Hice dinero trayéndome piedras de la India y me compré un saxo malísimo por la calle Canning. Era lo más parecido a un gran metal,  una cosa espantosa,  pero bueno el dinero no me daba para  más. 

¿En qué año regresaste al país y cuál fue tu impresión,  habiendo estado toda tu adolescencia viviendo en democracia en Europa?
En el año 82. Luego me tocó la colimba y zafé; hice un teatro importante, yo había estado en un colegio militar y conocía las cosquillas y no me dejaba sobornar por nadie. Era un pelotudo insobornable, los sacaba de quicio. Por lo pronto me dieron una patada en el culo, lo cual  resulto maravilloso porque había hablado con Skay y la Negra Poly, me habían dicho de tocar con ellos. Cosa que me pareció maravillosa. Incursionar en una banda que no había hecho yo. Había tocado con amigos o en la calle, donde viví tres años  buscándome la vida como podía. Hice cosechas de vendimias en Francia,  anduve por Marruecos…

¿Y cómo te vinculas con el reggae?
A todo esto me había escapado de mi casa, estaba peleado con mis padres, ellos se iban a laburar a España porque la pasaban muy mal acá, sin laburo. Por lo pronto, en invierno yo les copaba la casa, pero en verano me tenía que buscar la vida como podía. Un buen día conozco a un tipo muy exótico que tocaba por un clisé de media botella de ginebra junto con un bajista que luego formó parte de Los Argentinos, una banda de aquella época.  Yo tocaba reggae, porque en Francia ya lo hacía. En esa época no tenía mucho acceso a escuchar música porque vivía en la calle; me tiraba en una bolsa de dormir donde me agarraba la noche.   
Había escuchado bandas de reggae. Y Bob Marley ya estaba presente. Con el tiempo me di cuenta que es una de las pocas excepciones, donde el más famoso es el mejor. No hubo una banda tan densa, siniestra como la banda de Marley. Me conmueve de verdad.
En ese momento, tocando temas de Marley pasa un italiano demasiado particular. No sé qué dijo. Luego nos encontramos en otro bar. En  una ocasión me salvó de una pelea y comenzamos a ser amigos. Por supuesto, ese italiano era Luca Prodan.  

Luego de conocer a Luca Prodan, ¿qué pasa con Sumo?
Luca me dice de ir a tocar a Sumo, lo cual no era verdad, porque ya estaba Pettinato y él no pensaba irse. Era un quilombo que estaba provocando Luca.  ¡El Tano era un conventillero total! Mucho colegio con el Príncipe Carlos,  pero le gustan los cuchicheos.  A mí me decía que Pettinato se quería ir.  A él que yo le quería sacar el laburo… (risas)   

Entonces, contabas que al llegar a Buenos Aires, la realidad era otra, ¿no?
Cuando llego a Buenos aires, la cosa estaba fatal, muy mal. Era la última época de la dictadura y yo  continuaba viviendo como en Ibiza, en la calle. Pero acá la gente era súper fascista. Una sociedad intolerante de todos lados, y yo venía con tres aros en la oreja, con ropas muy exóticas. Era muy raro, porque sabía que tenía que hacer mis cosas, ganarme la vida en ese entorno. Lo que me llamaba poderosamente la atención era cómo podía acceder a hacer música con una banda, algo que jamás había hecho.   

¿Cómo llegas a conectarte con  Los Redondos?
En un momento, contacto con Arnedo y Tito Fargo. Recuerdo que Luca se había ido con su hermano, Andrea, a Túnez, a laburar en un documental sobre Marco Polo, y la banda no sabía si regresaría.  Luca era muy imprevisible.   
Entonces al verme tan colgado, viviendo en la calle, me dicen que había una banda llamada Los Redonditos de Ricota. Ellos buscaban un saxofonista. Mi primera pregunta fue si era una banda infantil... 
Voy y me encuentro con ellos.  Me parecieron personas formidables,  recuerdo que bebían una cosa oscura que parecía un aperitivo, y te colocaba como la hostia.  A todo esto, contaba con el saxofón, pero me faltaba mucho aprendizaje. Lo fui adquiriendo con ellos.  

¿Tu instrumento era la guitarra?
Claro. De hecho los solos de guitarra,  los pasaba al saxofón. Nunca escuché muchos saxofonistas. Tenía un cassete de Grover Washington,  él fue saxofonista funkero. También me gustaba el sonido del Gato Barbieri.

¿Qué dicen Los Redondos cuando te escucharon tocar?
Patricio Rey dijo que tenés que quedarte, esa determinación no la tomó el Indio, sino Patricio Rey.  Por otro lado me sentí muy cómodo, muy pronto me di cuenta que estaba con gente inteligente, culta, muy piola para mí.  Siguen siendo como hermanos mayores hasta el día de hoy. Con Skay nos vemos, el Indio ha tomado otro camino,  pero he aprendido muchísimo de él, también.

¿Llegar a un grupo ya establecido era para vos algo así como “la oportunidad”?
Yo sabía que ese trencito no me iba a esperar, subía o no.  Para mí, en ese momento,  los discos lo grababan los astronautas, medio de la mitología. Y de repente me encontraba en esa movida y me fascinaba todo, pero el tema puntual era tocar el saxofón.
 
Dicen que tanto el Indio como Skay, eran sumamente rigurosos a la hora de los ensayos, ¿qué recuerdos te quedaron?
Los ensayos eran un dolor de huevos, muy metódicos. Skay continúa siéndolo. No había novias ni amigos. Ensayábamos tres veces por semana. Acá no se pelotudea, cumplir con los horarios y buscar ser cada vez más profesionales. Evitando los excesos, en lo posible. 
Al final hubo unas leyes estrictas, yo puteé mucho, pero que me sirvieron hasta el día de hoy. Y  les agradezco muchísimo, trabajo mejor bajo presión. Y  si no, directamente,  no lo hago… (sonríe) No hay que joder a nadie. Si el alcohol va a cambiar la manera de comportarte, de tocar, o si llegas tarde, perjudicás a los otros. Es bueno un poco de rigor, más si estas en una banda.  Es como decía Miguelito Abuelo: “Suicídate si querés,  pero no salpiques”. 

¿Qué opinión tenés de la composición y la música de Los Redondos?
Las letras no me gustaban mucho, me parecían un poco amontonadas. Yo he leído escritos del Indio y me parecían estupendos. Con la música no estaba del todo contento, sí me convencía el sonido de Skay. Continúa siendo un violero excelente.  Se dedica al sonido y no a la prestidigitación de hacer atletismo de notas. Ellos tenían toda la onda. Quizás en lo que yo no estaba de acuerdo es en que el saxo este en todos los temas.

¿Ese fue uno de los motivos por los cuáles te alejaste de la banda? ¿Qué el saxo esté en todos los temas?
Es que era así y continúa siendo así. Reconozco ser buen soldado,  había que hacer lo que te pedían. No creo en la democratización del arte, es imposible. Tu gente tiene que seguirte porque es un auto que tiene un volante y cinco asientos y no cinco volantes. Siempre hay que respetar una idea sea quien sea y quien la tenga, si te subís a ese tren, hay que darle bola. Aprendí muchas cosas en esos años,  que las utilizo hasta el día de hoy. Todo lo que soy y la filosofía me las trasmitieron Los Redondos y la libertad de estilos, Melingo sobre todo con el saxo. Ellos han sido mis mentores artísticos.

¿Cuándo te vas de Los Redondos qué ruta tomás?
Me voy a Granada. Llego a ese maravilloso lugar dejando todo mi prestigio con Los Redondos en Ezeiza. Y comienzo a tocar en la calle.   Un buen día pasan Los Toreros  Muertos, me ven tocar y me invitan a sus presentaciones.  Fue maravilloso, lo contraproducente fue salir en los periódicos locales. La gente me reconocía y no me daba ni una moneda, pensando que era famoso.  

¿En qué momento de tu camino kerouaskiano aparecen The Lion in Love?
Los conocía de Buenos Aires  y sabía que en Madrid estaban pasando cosas, así que fui a chuparle un poco las medias, para que me involucren en sus proyectos de banda. Logré tocar con ellos, sin medir los riesgos económicos, estaba  acostumbrado a ganarme la vida como podía, pintaba casas, entre tantas cosas. Estuve en París un tiempo, trapeaba sin saberlo en la Morgue Judicial. ¡Algo espantoso!

De regreso a Buenos Aires, ¿qué te esperaba? 
Después de haber tocado en zapadas de blues  en el Samovar de Rasputín, con Quique Weimar, Jorge Pinchevsky y el Negro Medina; y conozco a Carlos Patán Vidal y Juan Valentino. Ahí  pensé: con estos tipos voy a hacer algo. A los dos años, me armaron el disco.

¿Te vinculan mucho con Los Redondos?
Es que eso era lo que se esperaba de mí, era una feta de Patricio Rey, clara, lisa y llanamente. Pero… para mi reconfortante sorpresa, pude decirle a aquellos que venían a buscar eso: “¡Están invitados a retirarse, pedazos de pelotudos!” Así que ¿”Ñam fri frufi fali fru”?  Noooo, te equivocaste, macho… (risas)    
En un momento dado, me llama uno de los músicos y me dice: “Vení a ver esto”. Y leo en la pared del bar donde tocamos: ¡Aguante los Redondos y el jazz! Listo, misión cumplida. Logramos abrirle la mente a la gente.

A la hora de cantar en castellano, ¿puede ser que tengas una similitud a Javier Martínez?
Sí. Por eso no canto en castellano. Javier Martínez es un referente inevitable, ya no sé canta como él.

¿Crees que el funk va mejor con el idioma inglés?
El inglés entra de pelos, queda a la perfección. Yo vivía en Europa y hablaba con franceses, belgas, italianos. Y también en inglés, por ende, escuchaba música en inglés. Eso no implica nada, más que todo va por el lado de la libertad, la manera en que te sientas cómodo. Hay que hacer lo que el cuerpo te pide. Entiendo que el artista tiene que abrir tranqueras. A mí, por ejemplo, me resultó interesante  saber que decían las letras de El lado oscuro de la luna, y eso me llevó a aprender por las mías. Tengo dos años del secundario, pero tuve la curiosidad de saber idiomas. La gente escuchaba cómo pronunciaba el inglés. Y la verdad, como el orto… (afirma, mientras da una pitada a un cigarrillo rubio), pero te aseguro que en las cárceles del estado y en las calles me entendían perfectamente.  

¿Qué opinás de los músicos de antes y de hoy?
De la gente que critica, me gustaría que salgan del placard. Y vayan con sus novias a ver a Javier Martínez, Alejandro Medina, Litto Nebbia. O ni que hablar Charly García. Voy al show de Javier Martínez y me dan ganas de morirme, van treinta personas.  O Jorge Pinchevsky, que no sabían quién era. Gente poderosísima que abrieron el camino cuando no había nada. Pienso también en Queen, que no estaba en el clisé de Pomelo. Cuando el rock salió a la calle, invadió el mundo de los caretas, ¿entendés? Me acuerdo que mi madre me tapaba los ojos cuando Elvis movía la pelvis.  Y eran pilares,  todavía suenan de puta madre.
En estos tiempos  hay una movida de pendejos que manejan equipos electrónicos. Y hacen lo que quieren. Es una generación muy posmodernista que ya no quiere cambiar el mundo. Nosotros sí queríamos, aunque yo era más joven, pero tipos como Martínez, sí. Todos ellos hicieron temas que deberían enseñarse en las escuelas. También lo que veo ahora es mucho Frank Zappa, Brian Eno, y arte por internet. 

¿Crees que se perdió el poder de innovar?
Desde luego no va a tener el mismo power. Creo que hay una gran veta, veo que todo el mundo hace música  Escucho mucha música electrónica.  Ahora  no entremos en el debate si es o no es música, anda a tocar la criolla a la tumba del Che Guevara y no me rompas los huevos… es una evolución, hay que tomarlo como herramienta. Muchos pendejos muy piolas hacen cosas increíbles, dentro de una gran gama de sonidos. Es brutal.  

¿Cuál es tu experiencia con Gillespi?
Tenemos una operación conjunta. Con él grabé  Ultra deforme,  y le presté a los Funky Torinos de esa época. Con Gillespi está  todo más que bien, es un hermano del camino.

¿Cómo te trata la gente en el interior?
En Córdoba casi soy como el Mono Giménez (risas)  Toqué con La Mona, que tiene más rock and roll que varios palmolives que conozco.  Viajo seguido para allá, dicto clínicas y hago algunas fechas.

Miguel Abuelo tuvo una carretera similar a vos, pero anterior… ¿qué opinas de él?  
Muchos preguntan si éramos gays, y yo digo que sí. Porque me re cogió la cabeza, sin sacarme la ropa. Gente fuera de serie, no se fabrican más esos hijos de puta, como Skay, Pinchevsky. Abría la boca y quedabas fascinado. Una vez dijo Spinetta: vivía colocado.
Era un artista de la noche a la mañana. De él aprendí ese humor profundo. La gente que no tolera el humor, no es gente con la que yo vaya a tratar. Me hiciste acordar un texto de Mike, que se llama Carta a mí mismo o frases como esta: “No me lloren, crezcan”.  Y es algo parecido a “Himno de tu corazón”: La vida es un libro útil para aquel que puede comprender.  Estábamos  pelutodeando, Miguelito tenía un espíritu hincha pelotas, y al final, quedó grabado.

A la hora de encerrarte en un estudio, ¿cómo laburas?
Soy medio franela dependiente. Sin amigos, no me divierto. Cuando tengo algo en la cabeza, trato que se lleve adelante, tiene que estar firmado por mí. Con esto quiero decir que las ideas hay que respetarlas. Y claro, cada uno es una pieza fundamental en lo que estamos haciendo. 

¿Te arrepentiste de irte de Los Redondos?
Era una de las cosas que más me refregaba la gente. Y desde mi punto de vista, fue el primer romance que corté en el momento justo. En el amor, hice cosas hasta la imprudencia, la taradez profunda, pero acá fue justo, ya no gozaba de la música. Iba sumando elementos. Escuchaba Soda Stereo, y también me gustaba. Yo no veía esa pelotudez de Los Redondos vs Soda Stereo, ¿qué te pasa tarado?  No es un partido de tenis, es arte. 
Entiendo que cada cosa que pasa es porque tiene que pasar. No se contagia el talento que tienen los grandes, pero es posible, te acostumbras a desempeñarte entre ellos. Y te pone en un estado mental que te dice esto es posible, ¿entendés? Sucede.

¿Te sorprendes de algo que hayas vivido?
Todo me pareció justo y necesario. Muchas cosas las viví más estupefacto que contento. Soy un virginiano bastante frío, no llegué a pedir que me pellizquen. Poder tener la perspectiva de decir que estuve ahí o allá, quizás hice una mierda, pero estuve ahí. No cambio un fracaso mío por ningún gran éxito de Valeria Lynch.

¿Te sentís más cómodo tocando la guitarra?
No soy un solista privilegiado. A mí  me pasa por la cabeza la música completa. Espero para estar a la circunstancia. Siempre trato de tomar clases con grosos que están en internet. Ser violero es una cuestión armónica, tengo mayor conexión. A veces creemos que somos privilegiados. Imagínate la era de Mozart,  Bach, Beethoven, esos tipos no podían escucharse, morían con lo que tenían en la cabeza.  Pensaban para catorce mil instrumentos.  ¡Tomá mierda, eso sí que rock and roll!

¿Qué es lo que se viene?
Con 51 años todo está por empezar. Tengo sexo a la antigua, con la polla tiesa. Y tengo músicos que son unos monstruos, unos buenos hombres que me acompañan.

Al finalizar, luego de una hora de nota, Willy nos abraza e invita a su show, merecedor de grandes aplausos, porque el que fuera saxofonista de Los Redondos, demuestra en el escenario seguridad, experiencia y atracción, para mucha gente joven a la espera de una bocanada eterna de funk.

Todos los jueves por la noche en El imaginario Bar, del barrio de Almagro, podés encontrarte con una especie de ensayo abierto, digno de apreciar. Donde se lo ve a Willy, cantando en inglés o castellano, tocando la viola o el saxo  en fusión de sus Funky Torinos.

También brinda Workshop de improvisación de funky, de saxo y guitarra en Maya,  estudio fotográfico de Celeste Urriaga, en la ciudad de Córdoba. -

Carol Calcagno y Patricio Fernández Abregu