martes, 31 de mayo de 2016

LED ZEPPELIN, Houses of the Holy: Una ecléctica carta de amor al rock y sus fans...



Grandilocuentes, exagerados, desaforados, desbocados, engreídos, espectaculares, gloriosos... Todos, son adjetivos que le vienen bárbaro a la banda de la que vamos a hablar hoy: Led Zeppelin... “Cuanto más grande, mejor”, parecía ser el lema de este grupo, quizás el más impactante del rock setentoso. El 28 de marzo de 1973 – en el que es para muchos el año más brillante de la historia del rock-, Zep editó su quinto álbum (y primero al que se animaron a ponerle nombre): Houses of the Holy. Un disco que, en un principio, fue cuestionado por algunos fans y críticos (por ejemplo, la Rolling Stone lo llamó “pueril y rudimentario”). Por supuesto, con el correr de los años, el álbum envejeció muy bien, por eso hoy es considerado -junto con el doble Physical Graffiti (1975)- una de las producciones más eclécticas y originales de este cuarteto inglés. Como dijo Jimmy Page: “Hay muchas cosas en este disco. No es un álbum para escuchar de pasada, y eso está bueno. Tenés que sentarte a escuchar, a pensar un poco.”

Una producción que además contó con una de las mejores tapas de la historia, diseñada por el grupo Hipgnosis, a partir de un collage de fotos (sacadas por Audrey Powell en la Calzada del Gigante, en Irlanda del Norte) inspirándose en la última parte de Childhood´s End, una novela de Arthur C. Clarke, el famoso autor de ciencia ficción.

El disco empezaba con “The Song Remains the Same”, un extraordinario viaje vikingo devenido en potente rock. Por su parte la conmovedora balada “The Rain Song” se destacaba por su combinación de dulzura y fuerza, e incluía una destacada performance de John Paul Jones en el mellotrón. “Over the Hills and Far Away” era un tema que empezaba folk pero mutaba en un potente rock, con un original efecto sonoro de Jimmy Page, quien transformaba el sonido de su guitarra acústica haciéndola sonar como si fuera una eléctrica. “The Crunge” era un curioso experimento en la onda funk, medio bizarro, casi una parodia a la música de James Brown. Nada que ver con “Dancing Days”, un buen rock cancionero con un estribillo demoledor marca de la casa, que evocaba la época hippie: “Tengo mi flor/ Tengo mi poder”. Por su parte, “D´yer Mak´er”, desde su título –juego de palabras entre la frase “no lo hagas” y “Jamaica”- es una invitación a la diversión, con los Zeppelin jugando a hacer un reggae que no suena como tal sino, más bien, como su propia visión de este ritmo (en especial porque la potente batería de John Bonham poco tenía que ver con los sutiles juegos percusivos del reggae...). 

“No Quarter” era otra historia, más bien un oscuro tema de rock progresivo (con una gran labor de Jones en el Mini Moog) en el que se relataba la historia de unos guerreros que decidieron tomar ese camino por donde no va nadie (...) y sin descanso”. ¡Casi, casi, una metáfora de los propios Led Zeppelin! Y de ahí pasamos a "The Ocean", el final con tutti de este álbum. El título de esta última canción hacía referencia -y estaba dedicado- al “océano de fans”, ese que se contempla desde el escenario. La masa, o mejor, el famoso “mar de gente”, tal como dijo Gonzalo Farrugia, el baterista de Crucis: “Queremos ver un mar de cabezas bullendo, y no un mar de cuerpos moviéndose”. “The Ocean” empezaba con Bonham diciendo: "We've done four already but now we're steady, and then they went 1, 2, 3, 4!" ("Hemos hecho cuatro, pero ahora estamos estabilizados, y ahora se van, 1, 2, 3, 4!”). Justamente, esa fue la frase que cerró una charla que habían mantenido los integrantes del grupo y tenía que ver con que habían intentado grabar el tema cuatro veces antes, pero no habían podido conseguirlo... 

Luego de esa presentación de Bonham, llegaba la música asesina del grupo. La base monolítica formada por el yunque indestructible de Bonzo más la precisión y buen gusto de John Paul Jones en el bajo, sumados a la guitarra acaparadora de Page, capaz de demoler una casa... Por no hablar de la performance de Robert Plant, una de los vocalistas más carismáticos de la historia del rock. La intro y el riff principal de “The Ocean” estaban hechos sobre la base de una alternación entre los ritmos 4/4 y 7/8, pero la canción tiene bien marcado el  4/4 de compás en los versos y en su última parte. Una leyenda dice que en una parte de la canción (desde el 1.37 minuto hasta el 1.41) se escucha de fondo sonar dos veces un teléfono. No se sabe si esto fue grabado en forma intencional o si el sonido se coló en forma accidental durante la mezcla del disco. Y acerca de la ultima estrofa de la letra (“Now I'm singing all my songs to the girl who won my heart. She is only three years old and it's a real fine way to start” / “Ahora estoy cantando todas mis canciones a la chica que se ganó mi corazón...”) Se refería a la hija mayor de Robert Plant, Carmen Jane, que tenía tres años cuando grabaron la canción. Muchos años después, Carmen Jane Plant se convertiría en una apasionada por la danza árabe. Casi casi, una odalisca hecha y derecha...

Carmen Jane Plant, la hija de Robert...


Como dato adicional podemos decir que -a pesar de ser filmada durante las presentaciones realizadas por Zep en 1973, en el mítico Madison Square Garden de Nueva York- “The Ocean” se quedaría  afuera de The Song Remain the Same (1976), el exitosísimo documental del grupo que generaciones de fans argentos vieron en las trasnoches de sábado del Cine Lara, durante años y años, hasta que la copia quedó casi transparente... Por suerte, esa espectacular performance live de “The Ocean” sí sería incluida en Led Zeppelin, el fantástico DVD triple recopilatorio, editado en 2003.

Emiliano Acevedo
  



domingo, 29 de mayo de 2016

BANANA, Aún es tiempo de soñar: Analizando el álbum junto a su autor, César Pueyrredón.



A lo largo de más de 45 años de trayectoria, César Banana Pueyrredón consiguió dar forma a una exitosa carrera en el pop melódico argentino, con una trascendencia internacional que, incluso, lo llevó a tocar en varios países latinoamericanos. Sin embargo, pocos saben que en 1979, en un período situado entre su popular grupo Banana y su posterior carrera solista a partir de los 80 –época en donde el nombre de ese grupo se convertiría en su sobrenombre-, César editó Aún es tiempo de soñar, un disco de rock progresivo en sintonía con el mismo tipo de música que hacían grupos internacionales como Genesis, Yes y ELP, o La Máquina de Hacer Pájaros, Crucis y Espíritu en el rock argentino. Lo que desentrañaremos en esta nota es el trasfondo, las circunstancias creativas, históricas y vitales que llevaron a este tecladista, vocalista y compositor, cuya trayectoria parecía situada a años luz del mundo del rock argentino, a grabar un álbum que no tiene nada que envidiarle a otros clásicos de la época de este género.

Aún es tiempo de soñar es una producción que contiene canciones de larga duración como “El Escultor y la Estatua”, “Víspera” y “Preguntas al Cielo”, que alcanzan casi los 10 minutos; más temas de gran vuelo lírico e imaginación como “Un Hombre en la Hoguera”, “Quien se Acordará” y “Aún es Tiempo de Soñar”. Justamente, esta última canción fue la más famosa y la que resumió el concepto de este disco en donde prima el despliegue instrumental y una gran ambición musical. Además, por si fuera poco, su producción artística de primera línea le sacó un cuerpo de ventaja a varios discos del rock argentino de los 70, deficitarios en este aspecto. En resumen, un disco curioso, y casi una perla oculta –ya que hace años que no ha vuelto a ser reeditado- , y por eso, para conocer el proceso creativo que dio origen a esta producción conversamos con César en su oficina. Allí compartimos una larga y amena charla en la analizamos tema por tema este disco, que él mismo definió como el más experimental de su carrera. Un trabajo complejo que muestra su amor por la música, y que lo llevó incluso a retrasar su casamiento: Antes que nada, debo decir que esto no se podría haber hecho sin el aguante de Cecilia, mi mujer. Ella me bancó y me posibilitó que yo terminara este álbum en el que estaba metiendo toda mi vida y mi creatividad. Un disco, quizás, con pocas expectativas comerciales, que no tenía nada que ver con lo que había hecho hasta ahí. Un verdadero salto al vacío; que yo quería dar.” Una obra de culto que para nosotros merecía una relectura. Eso es lo que esta nota intenta y que aquí les presentamos.

ANIMARSE A ABRIR EL COFRE

¿Cuáles podrían ser los antecedentes que te fueron guiando para realizar este álbum?
Venía escuchando mucho la música de Focus, un grupo holandés que me encantaba. Es más, ya con Banana, además de hacer nuestro repertorio de baladas, hacíamos covers de temas de Gentle Giant, Genesis, “Roundabout” de Yes; y, a partir de 1975-76, empezamos a tener un vuelco más rockero a partir de la incorporación de Pablo Guyot y Willy Iturri, con ellos llegamos a hacer hasta material de Deep Purple, como el clásico “Smoke on the Water”. Hasta el día de hoy, cuando me encuentro con JAF me cuenta de la vez que nos vio tocando ese tema en un boliche de Villa Devoto, y no podía creer lo bien que lo hacíamos. En esa época, también, estudiaba Composición en la Universidad Católica (UCA), y sonaban mucho Genesis y Crucis. Esta última banda nos impactó a los músicos argentinos, porque era la primera vez que se escuchaba un rock sinfónico nacional con nivel, con un gran desarrollo de acordes, armonías; entonces empecé a tener ganas de ir para ese lado. Estudiar en la Facultad generó en mí el deseo de hacer cosas más elaboradas, y en el 77, efectivamente, empecé a escribir de otra manera, a escribir antes de la canción, a inspirarme en libros y poesías que leía, en películas. Hasta ese entonces, mis canciones, por ejemplo “Conociéndote”, no tenían esa pretensión, hablaban de cosas simples, como conocer a una mina, y demás. En su momento tuve cambios de opinión con mi primo Alejandro Giordano, bajista original de Banana, y el que más sabía de manejo empresarial en la banda, cuando le comenté que quería hacer un viraje estilístico en la música del grupo para este lado más roquero y progresivo, y que para ello tenía que poner músicos que tocaran ese estilo, a lo cual me respondió que podía hacer esa misma música como solista. Yo me negué porque mi desafío era hacerlo con Banana, y él decidió irse. Eso fue un dolor inmenso para mí, pero era necesario tener otros músicos para poder realizar ese salto artístico que quería hacer; por eso mi hermano Daniel también dejó la banda y se dedicó a manejar la parte de sonido en el vivo.

¿Cuál es la génesis del disco?
Cuando plantee esta intención en la EMI tuve la suerte de encontrar a un tipo maravilloso como Chacho Ruiz, presidente de la compañía en ese momento, que me apoyó sin tener problemas con este giro artístico en mi carrera. También fue posible debido a un cambio de mentalidad en los productores artísticos de la compañía. Me acuerdo mucho de las caras de los tipos el día que les presenté el disco terminado. Cuando Chacho y otros ejecutivos de la compañía escucharon mi trabajo, uno de ellos dijo: “Pero esto es una rapsodia…”; dando a entender que no se lo iban a poder vender a nadie; no obstante, Chacho lo apoyó. El disco, comercialmente, no funcionó pero fue un impacto. Honestamente, para mí fue un gusto el llevar a Banana -que era un grupo de música melódica, divertida y pop- hacía un plano más profundo, más desarrollado, y poner al grupo a hacer canciones con textura rockera.

Teniendo en cuenta eso, ¿cuál es tu relación con el rock?
Desde muy chico me nutrí de toda la lírica de Almendra y Los Gatos. Es más, para mí el primer disco de Almendra es el mejor de la historia del rock argentino. A los 16 años iba a verlos seguido. Me acuerdo de una vez que estaban tocando en un teatro en el Centro, entró la policía, y nos cagó a palos a todos, incluidos los músicos; y solo por tener el pelo largo. Algo absurdo.

¿Vos escuchabas rock desde la época de los Beatles?
Sí, y, justamente, si este disco de rock resulta algo atípico en comparación al resto de mi trayectoria musical se debe a que esa contradicción estaba presente también en mi cabeza. Vos pensá que a los 11 años, cuando recién estaba empezando a tocar el piano, aparecieron los Beatles con “I Want to Hold Your Hand” y me rompieron la cabeza. Luego, como mi viejo era diplomático, viví un año en Canadá, y allí componía temas en inglés y en castellano, también formé un grupo. El hecho de estar lejos de mi país me acercó a la nostalgia y la melancolía del tango. Cuando volví a Argentina empecé a escuchar el primer rock argentino y grupos pop melódicos, como los Bee Gees.

¿Por qué pensás que, a pesar de haber hecho un disco de rock como Aún es Tiempo de Soñar, éste no aparezca reseñado en la historia del rock nacional, cuando otras cosas que no tienen demasiado que ver con el género sí están?
Bueno, me parece que tendría que haber una mirada más abierta sobre el tema porque el rock argentino es un amplio abanico en el que entraría también en el pop melódico. Por ejemplo, yo he escrito un montón de baladas pop que no son románticas. En ese estilo pop, del que te hablo, también encajarían grupos como La Joven Guardia o Alma y Vida. Me parece que ahí hay un sector –casi un sub género- vinculado a lo que yo definiría como el “pop argentino”. En mi caso, siempre tuve muy buena onda con los músicos de rock, por ejemplo JAF, con el propio Luis (Spinetta); con Javier Martínez, al que veo siempre en SADAIC y charlamos; Fito (Páez), que vive acá a dos cuadras de esta oficina, y con quien varias veces me juntado a tomar algo, o con Miguel Mateos. Pero, por otra parte, también está el caso de Willy Iturri, quien en los reportajes que le hacían cuando estaba en GIT, debido a los prejuicios que había en las revistas de rock de acá, nunca contaba que había tocado conmigo en Banana.

Quizás, sea una cuestión de etiquetas y preconceptos…
Tal cual. Siempre me acuerdo que Javier Martínez, acerca de la mezcla de mis discos, me decía que no se parecían en nada a la música melódica, en donde la voz del cantante aplasta todo. Para él había un buen balance entre la voz, la banda, la batería, y que ésta al sonar en forma tan marcada, se asemejaba al género rock. Además, fíjate que mi voz no es afectada como la de los cantantes latinos, sino más áspera, más rockera, si se quiere. Resumiendo, en mi carrera el “cóctel” estaría formado por Gardel, los Beatles, el rock inglés, todo el primer rock argentino, el bolero tradicional –porque “Toda la Noche Contigo” es un bolero-, y la música latina en general

¿Enseguida te diste cuenta que los temas que estabas haciendo iban a ser tan largos, o empezaste a estirar su duración por necesidad?
Sí, lo hice por una necesidad expresiva, artística y musical; para incluir esos arreglos que me estaban saliendo. Desde el punto de vista comercial, esa característica de los temas era una locura porque jamás podrían ser difundidos, salvo que hubiera un programa especial de rock sinfónico… Es más, en su momento la EMI hizo una versión reducida de “Aún es Tiempo de Soñar”, en donde editaron el tema para que se fuera en fade después del primer estribillo, con el solo de guitarra, y sin final. Esa era la versión que usaban para difundir el disco en la radio.

¿Y por qué utilizaste tantos músicos diferentes en el disco?
Porque estaba inmerso en una etapa de cambios. En el grupo se estaba yendo una formación y todavía no estaba consolidada la que venía; y mientras esto pasaba, por cuestiones contractuales, yo tenía que hacer el disco. De esta forma, comencé a llamar a varios músicos amigos y, de acuerdo a la característica de cada uno de ellos, veía en que tema servía más cada participación. Pero enseguida, apenas terminé el álbum, armé una nueva banda, que sería la que luego grabaría (los álbumes) Licuado (1980) y De Entrecasa (1983).

DESENTRAÑANDO EL MISTERIO

La primera canción, “El Escultor y la Estatua”, parece inspirada en el mito del Pigmalión, ¿es así?
Exactamente, es eso. Creo que estaba estudiando a Bernard Shaw en una materia de la Facultad, y me pegó la historia de Pigmalión. Evidentemente, hay algo subconsciente en el interés por dar vida a algo que está en una estatua. Parece una metáfora que subyace en la totalidad de este álbum: Yo doy mi vida, pongo mi vida acá, en esta producción artística; pongo todo el esfuerzo para que esta música trascienda. Además, esta canción tiene una frase divina en el final –que tal vez sea mi epitafio, el día que me muera-: “Me voy hacia el olvido, adonde viven los que ya han sido. Mi voz casi sonámbula se va perdiendo en la embestida fatal del silencio estridente”.

¿Y “El Hombre en la Hoguera”, de dónde viene?
Es un tema del Griego (Jorge Scoufalos), quien componía conmigo las famosas baladas románticas que fueron un éxito en Banana, acerca de un hombre al que sacrifican. Simplemente, viene de su gusto por lo sangriento y morboso, seguramente se inspiró en una película de terror en que estaban matando a alguna bruja como las de Salem. Cuando me mostró esta canción, yo no lo podía creer. Es una canción arreglada por mí pero en base a muchos conceptos planteados por él, quién en ese momento, musicalmente, estaba yendo hacía el mismo lugar que yo.

Ahora viene el tema más recordado del disco: “Aún es Tiempo de Soñar”. ¿Qué nos podés contar de él?
Con respecto a “Aún es Tiempo de Soñar”, hasta me han hecho entrevistas en revistas literarias preguntándome acerca del significado de su letra. Por ejemplo, en la parte que dice: “Nubes de cristal bailan con la luna, que hoy estrena un delantal de caracol y espuma…” el recurso gramatical de buscar palabras con L no es característico del pop que hacíamos en Banana, sino que está inspirado más en lo que hacía Spinetta en Almendra, por ejemplo. Creo que ese fue mi tributo secreto hacia todo lo que había sido la música de Spinetta en mi vida. En la grabación de ese tema toca la guitarra Juan Gelly –que se unió al grupo luego de la ida de Pablo-. Su solo en “Aún es Tiempo de Soñar” es una delicia. Pero no estuvo la grabación de todo el disco, por eso tuve que llamar a otros violeros, como el mismo Guyot o Alberto Bengolea, que tenía un estilo más jazzístico.

Siguiendo con el tema de su letra. ¿Cuál es tu análisis?
Cuando comencé a componerlo sólo tenía la parte que decía: “Quédate, quédate conmigo, y toma mi mano…”, se la mostré a la EMI, y ellos pensaron que era un tema de amor; pero les aclaré que no era un tema simple de amor romántico sino de un amor más integral, de amor a la inspiración, al arte. En esa letra estuve trabajando tres meses, buscando muy cuidadosamente metáforas y estudiando mucho sobre cuentos de hadas. En ese tema hay muchas referencias de la fantasía de los cuentos, muy al estilo Genesis. Además, tenía un componente extra; aunque yo no hacía temas testimoniales ni de protesta, algunos creyeron que la letra –debido a que la desagradable situación social y cultural de la Argentina en ese año- se trataba de alguien que estaba desaparecido, o preso; por la frase que dice “la celda helada”, pero yo –por más que podría haber especulado con eso- les decía que no era así, que nada que ver. En realidad, hablaba de la opresión intelectual, de no tener la libertad para tocar y trabajar en cualquier lado sin problemas. Lo de “la celda helada” tiene que ver con el encierro personal, con no quedarse encerrado en el miedo a perder la inspiración. En ese momento se percibía la opresión. Sin embargo, el rock argentino siempre se ha fortalecido a la par de lo fuerte que era la opresión. Es más, hasta el día de hoy, en mis conciertos hago el tema “Aún es Tiempo de Soñar” y los mismos tipos que me mueren con canciones como “Toda una Noche Contigo” también les encanta aquella canción.
Es más, creo que “Aún es Tiempo de Soñar” debe ser la única balada sinfónica que hay en el rock argentino. Ya desde su inicio con los acordes sobre ese pedal en MI impacta mucho al público. Es muy lindo haber logrado eso. Está bien, es verdad que no logré lo mismo con el resto del álbum, pero ese tema, sí, fue trascendente. Además, creo que uno de los pocos temas de mi carrera que tiene un solo muy característico, que no es la melodía de la canción, es “Aún es Tiempo de Soñar”. Me acuerdo que estábamos ensayándolo en 1977, antes de realizar un viaje a Costa Rica, y Guyot me dijo que tenía un arreglo para poner en la parte del estribillo. A mí me encantó, era un solo súper roquero pero decidí mejor no utilizarlo en la parte del estribillo sino dejarlo para finalizar el tema. Yo lo arreglé un poquito, corrigiéndole su propio solo, mientras él lo iba tocando, y así quedó; y después, cuando lo graba Juan Gelly en el disco, éste le puso aun mucha más mercadería (sic), mucha más sutileza, hasta que yo le dije: “Listo, ya está, déjalo acá…” Sin dudas, es un solo que quedó marcado a fuego en el tema.

“Víspera”, por su introducción, parece el tema más inspirado en la música de Genesis, ¿coincidís?
Y sí, puede ser, escuchábamos todo el día ese tipo de música, y es como que te vas sin querer embebiendo, contagiando de ese estilo. De Genesis me gusta todo, la época sinfónica de Peter Gabriel y también la etapa pop con el trío de Banks, Rutherford y Collins. Inspirado en ese música, llegué a tocar con un órgano Hammond, con un teclado arriba que hacía cuerdas; a la derecha un piano CP-70, arriba un sintetizador ARP Odyssey; y a la izquierda el (piano) Rhodes. Estaba loco con todos esos fierros, y varios de esos equipos estuvieron presentes en la grabación de este disco. Con respecto a su lírica, basada en el tema de ese viaje marítimo, “Víspera” habla de mi idea de meterme en una travesía artística nueva, de comenzar un nuevo camino.

¿Habías pensado continuar esta veta musical a partir de este disco?
Sí, incluso fue una veta que continuó un poco en mis siguientes dos álbumes; por ejemplo, en el primer tema de Licuado hay una obertura totalmente instrumental que se parece a las que hacía Alan Parsons; tiene un toque bien británico. Es más, ese debe ser uno de los discos más “británicos” que se hayan grabado jamás en el rock argentino.

¿Y “Preguntas al Cielo” en que se inspira?
Este tema, musicalmente, tiene una onda más Crucis, si querés. Además, su letra es un poco existencial y también tiene bastante que ver con el espíritu de la UCA, con las cosas que te tocaba estudiar allí. Mucho estudio filosófico vinculado a la religión, la estética; la vinculación del arte con la religión, y lo vinculado a nuestra relación con Dios y la existencia.

La eterna pregunta: ¿Para qué estamos acá?
Tal cual. La UCA en ese sentido, obviamente, me sirvió. No es solamente que te meten en la cabeza teología dogmática y te obligan a estudiar años y años de cosas de doctrina social de la Iglesia, sino que también hay mucha formación humanista. En sí, el tema vinculado al existencialismo, que está presente en esta canción, no tiene que ver con un conflicto personal sino con algo que a mí siempre me interesó mucho y es ese contraste que existe entre el Dios de la religión, de la liturgia, y el Dios de la energía, relacionado con el arte. Este es el Dios en el que yo creo, el que además hace que las cosas salgan bien. Es una energía que está tanto dentro como fuera de cada uno de nosotros. Y en lo relativo al arte, esta búsqueda existencial –como alguna vez dije en un examen oral de filosofía para la Facultad- sería: “Hacer arte es romperse el alma para mostrar que el alma es irrompible, porque la energía de Dios también lo es”. Soy católico, pero no creo en una idea de Iglesia cerrada, creo en un catolicismo más abierto, más cristiano.

¿Terminaste la carrera?
No, no terminé; me faltó el último año de Composición y de Orquestación, esas dos materias.

¿Por qué?
Porque me casé en el 79; después, seguí un año más pero me desboló el hecho de laburar mucho con la banda. Me costaba seguir, me quedé libre muchas veces; y, para aprobar el último año de Orquestación, tenía que hacer una obra para orquesta y estar todo el año metido en eso. Era demasiado para mí, quizás por esa herencia del rock de no escribir, lo mío pasaba más por el oído.

Otra cosa que me llama la atención de este tema es que tenga una parte instrumental tan larga en su final, tipo tribal, con un ritmo muy marcado. ¿Cómo se te ocurrió?
Quedó así porque tenía esa parte ya escrita y no sabía en qué tema ponerla. En este fragmento, la batería se va corriendo porque empieza marcando un ritmo de 4 y de repente, en el medio, hay un compás de 2; entonces, el tambor queda en el primer tiempo, queda al revés. Me acuerdo que yo le decía al baterista que siguiera nomás tocando en 4 que en algún momento iba a volver a coincidir; porque al batero que va tocando en 4, le molesta que el resto de la banda se haya corrido y él quede desacomodado. En esa parte rítmica, mi idea era dar cuenta de la experiencia vital; esa cosa stravinskiana de cómo nace la vida (tararea un fragmento de una obra de Igor Stravinsky); eso es lo que para mí es la respuesta: el pulso, la vida, la duración, el ritmo… Es como decía Aristóteles: “El ritmo es el orden en el movimiento”. Y, por supuesto, ese final tiene esa cosa media tribal, primitivista…

¿Escuchabas a Vangelis en esa época?
Claro, sí.

Porque él también tiene un poco de eso en su música, lo tribal…
Tal cual. Es más, yo hasta había pensado hacer una presentación del disco en algún teatro y tener una puesta escénica a lo Pink Floyd en la que esa parte final tuviera un ballet contemporáneo, como el del Teatro San Martín. Incluso, llegué a hablar con alguna gente, con alguna bailarina de ahí, acerca de esta idea loca que tenía yo; pero mi mujer no dejó que me metiera con las bailarinas, me hizo un quilombo bárbaro, no quiso saber nada de eso… (risas) Pero, sí, en algún momento tuve la idea de hacer un espectáculo coreográfico con eso.

¿Los temas fueron compuestos primero la música y luego la letra?
Por lo general yo siempre fui de tener primero una idea de letra y luego comenzar a trabajar conceptos melódicos. Cuando termino de escribir la música recién finalizo el resto de la letra. En este disco hay temas que tienen mucha música compuesta antes que la letra, por ejemplo “Preguntas al Cielo”. Por el contrario, en el último tema, “Quien se Acordara”, obviamente, ocurre el caso inverso porque ésta es una canción compuesta a partir de una letra sacada de una rima de Bécquer.

¿Toda la letra está sacada de ahí?
Sí, de un fragmento de la rima. Fue para un trabajo práctico que tuve que hacer en la Facultad, que consistía en ponerle música a un texto ya escrito, y así agarré esas dos estrofitas de Bécquer que me parecieron ideales como para hacer una canción. Sin dudas, fue un trabajo que me gustó mucho hacer. En resumen, en esa canción busqué hacer una cosa muy cool, con un toque bien jazzero, como de bar, y salir de toda la cosa sinfónica, genesiana, presente en el resto del disco, e irme hacia esa atmósfera despojada de local nocturno, a punto de cerrar en el que solo se escuchan un piano despojado y una voz, la mía, acompañada por un saxo y una batería –tocada casi con escobillas-… Y aparte una letra súper “deprimida” (sic), pero que me gustó.

SEGUIMOS A TIEMPO

¿Llegaste a presentar este disco en vivo?
Me parece que no lo presentamos, no sé por qué. Los siguientes, Licuado y De Entrecasa, sí. Tal vez no presentamos Aún es Tiempo de Soñar porque lo que más pego fue el tema que le da nombre al disco. Además, el resto de los temas eran muy largos, había que ensayarlos mucho, y la banda que los había grabado ya no estaba más conmigo. Entonces, para presentarlo tenía que llamar a otros músicos, pero como rápidamente me metí a hacer más discos y luego ya me lancé como solista, Aún es Tiempo de Soñar quedó como el único registro de mi etapa sinfónica.

¿Y porque no consideras a este disco como un álbum solista cuando de hecho lo es, ya que no tenías una banda fija y llamabas a los músicos a tocar casi como si participaran en carácter de sesionistas?
Por lo porfiado, por ser testarudo; para demostrar que podía llevar a Banana, a mi grupo –que fue tan criticado y vapuleado- a hacer un material muy elaborado.

Por más que este no sea un álbum conceptual, como varios del rock progresivo de los 70, ¿considerás que hay un concepto, una idea latente que está presente en la mayoría de los temas?
Sí, la idea subyacente tiene que ver con lo estético, eso es lo que plantea la canción “Aún es Tiempo de Soñar”: ¿Hay tiempo, todavía, para la inspiración, para el desarrollo artístico? Fijate que el resto de las canciones también tienen que ver con lo estético, con lo emotivo; ese debe ser el leitmotiv del álbum: si todavía hay tiempo para crecer. Es como dice la letra en esa parte cuando le canta al duende de la inspiración que, por favor, se quede con nosotros. Y ese duende nos responde que él estará cuando uno abra el cofre; siempre y cuando lo vayamos a buscar. El mensaje sería que para poder conseguir un resultado estético es necesario esforzarse o elevarse.

¿Ese mensaje tendría que ver también con el clima de la época en nuestro país?
Sí, puede ser. La situación del país, por ese entonces, era evidentemente opresiva -por más que yo aún no era consciente del terrorismo de Estado y los desaparecidos-. Por eso la idea subyacente a la metáfora del duende de la inspiración está relacionada con la necesidad de un artista, encerrado en una circunstancia política opresiva, que quiere salir y pelear en contra eso. Como diciendo: “No, no nos vamos a cruzar de brazos. Aún es tiempo de crecer, de soñar. Creemos en la fuerza, la energía, de la estética de la música. Creemos que eso nos va a salvar, nos va a liberar.”

¿Hace mucho que no escuchás este álbum?
La verdad que sí, porque no tengo el CD, pero ahora lo voy a buscar. Quizás en Internet haya un loco que lo quiera vender…

Talvez este reportaje sirva para eso. Con respecto a la tapa, ¿de dónde vino la inspiración para hacerla, qué significa ese reloj que aparece ahí?
Fue una idea mía, pero el tipo que la hizo no la interpretó bien. Yo le había dicho que mi concepto era que el tiempo fuera desapareciendo en el sentido cronológico, y que fuera quedando la música. Mientras iba apareciendo Banana, el tiempo disminuía. En fin, nadie entendió nada, y al final quedó esto. Me acuerdo que el tipo me decía: “Saqué una foto de unos relojes antiguos, y los puse fuera de foco. Van desapareciendo…” Nada que ver con mi idea acerca del contraste con el tiempo.

Y la leyenda, en la parte superior del reloj, “Tempus Fugit” (El Tiempo Vuela, en latín), ¿fue pensada así?
No, mira vos; ni me había dado cuenta, la verdad. Es la primera vez que lo leo… (risas)

Para terminar, ¿como ves el disco hoy, luego de más de 35 años?
Con este análisis que hicimos me estoy dando cuenta que Aún es Tiempo de Soñar no es una cosa aislada en mi vida, una locura que se me ocurrió y que no tenía nada que ver con lo que hice antes y después. No, porque contiene un concepto implícito de plasmar algo de lo que yo pensaba en relación a lo que estaba viviendo. No surgió a partir de algo que me dijo un productor. Inclusive, yo ni sospechaba que este álbum encajaría en el estilo de rock sinfónico, cuyo furor, además, había pasado. Simplemente, lo hice a partir de mi necesidad estética de ese momento. Sí, es una rara avis. Pero no una producción que se aleje de lo que yo pienso, y me gusta, acerca de la música en general.

Emiliano Acevedo