sábado, 27 de junio de 2015

SANDRO ROMERO REY, Clock Around the Rock: Crónicas de un fan fatal



Antes que nada, hay que decir que el colombiano Sandro Romero Rey (1959) es un apasionado de la escritura. Desde muy jovencito, este espíritu inquieto nacido en Cali ha sabido moverse con soltura en terrenos tan disímiles como los de la dramaturgia, el periodismo, la crítica, o la curaduría literaria de la obra del legendario –y también caleño- Andrés Caicedo. Además, Romero Rey se ha dedicado al cine en todas sus manifestaciones, ha sido locutor y periodista de radio, y ha dado cuenta de su infinita pasión el rock, escribiendo memorables crónicas de conciertos y perfiles acerca de los artistas que admira. Justamente, varias de esas notas –publicadas a partir de 1980- están recopiladas en este libro llamado Clock Around the Rock (Crónicas de un fan fatal), editado en 2008. Una obra literaria en la que Romero habla de su pasión extrema por los Rolling Stones, esa que lo ha llevado a realizar cinco peregrinaciones alrededor del mundo para ver a las Majestades Satánicas. Pero no solo de los Stones se habla aquí, ya que este autor también se refiere a las veces que vio en vivo a Prince, Rod Stewart, Björk, Bob Dylan, Lou Reed, Elton John, Madonna, Michael Jackson, Eric Clapton; además de recopilar sus dos homenajes post mórtem a John Lennon y George Harrison.

Con su prosa plagada de humor inteligente (un terreno en el que podría emparentarse con las mejores crónicas de Roberto Pettinato) Sandro Romero Rey deja entrever su pasión rockera, esa que curtió en cada uno de los muchos conciertos a los que asistió. Pero el gran aporte de este libro son sus lúcidas reflexiones y reseñas críticas acerca de las bandas que anteceden gran parte de sus crónicas. En cada una de ellas, Sandro Romero Rey encarna al fan fatal rockero por naturaleza, ese que crea sus propios rituales y ceremonias para comprar un disco, oírlo, tocarlo, guardarlo, mirar la tapa, analizarla y, por supuesto, para ir a ver al artista en vivo, al que no solo admira y respeta, sino que también adora.

Por eso, en esta oportunidad, elegimos reproducir aquí parte de la introducción (Introito) de este magnífico Clock Around the Rock, un libro que, lamentablemente, no fue editado aun en Argentina. ¿Y por qué lo elegimos? Simplemente, porque, como melómanos y amantes de la cultura rock, nos sentimos ampliamente identificados con este texto de Romero Rey. Y, seguramente, nosotros no podríamos haberlo escrito tan bien como él… 


 

ACLARACIÓN EN CLAVE DE SOLILOQUIO

Creo suponer que a todo el mundo, en mayor o menor grado, le gusta oír música. Salvo Salvador Dalí, quien daba por sentado que los valores espirituales del sonido eran nulos, todo ser  humano tiene tendencia a dejarse llevar por melodías y/o armonías de todas las especies. Ahora bien, existen textos alrededor de los creadores sonoros, en particular biografías, donde se puede tratar de sacar conclusiones sobre esta curiosa actividad combinatoria, tan matemática como cualquier teorema, pero que, elevada al nivel de la abstracción que produce, se considera un arte. Nada se saca con estos libros, salvo alimentar la curiosidad. Uno puede admirar a Yehudi Menuhin y su texto sobre la música del mundo, pero rechazarlo en el momento en que decide estigmatizar un concierto de los Rolling Stones en el Earl´s Court, en los años setenta. Nadie es dueño de la verdad y todos, al mismo tiempo, dependiendo del accidente vital que les tocó vivir, tienen, tenemos, la razón. Así parece. (…)

Cuando uno comienza a sentir las garras de la muerte atacando sin el más mínimo consentimiento, se empieza a ponerle fondo musical a lo que podrían ser nuestros últimos días. Qué digo yo. ¿Cuáles nuestros? Mis últimos días, porque nadie se muere con o por otros, salvo que esté en Auschwitz o en Colombia, el país en que me tocó nacer. El asunto es que desde hace un buen tiempo he querido rendirles un homenaje a los sonidos que me han acompañado en la vida (…) Debo decir que parto de una gran injusticia, en especial, con mis padres, pues, cuando fui niño, en la dorada ciudad de Cali de los años sesenta, la música que alimentó mis juegos fue la música clásica, desde Monteverdi hasta Stravinski (no recuerdo haber escuchado jamás en el tocadiscos de mis progenitores nada que se asemeje a Stockhausen, Penderecki o cosa parecida). Sin embargo, es a mi padre, don Daniel Romero Lozano, a quien le debo el primer disco de música rock, ejemplar que aún conservo y que todavía escucho como si fuera ayer. Del almacén Sears salí fascinado con mi caratula hexagonal de Through the Past, Darkly, y poco tiempo pasó para echarlo a rodar en los 33 surcos de mi felicidad. Era la época de la muerte de Brian Jones, la época en que llegaba el Woodstock de Michael Wadleigh a nuestras pantallas, la época de los símbolos de paz y amor, la época del olor satánico de la vareta, la época de las pedreas callejeras y del descubrimiento del mundo. Todo tenía fondo musical. Claro que en la ciudad donde nací no se cocía el rock. No estábamos en Liverpool ni en Kansas City. El rock en Cali era cosa de hippies, pepos, gringos o niños bien. Yo no entraba en ninguna de esas categorías. A duras penas era un niño. Ni bien ni mal. Un niño asombrado por la contundencia del mundo, decepcionado por haber nacido sin fuerzas para pelear, lleno de participios y sin ningún presente ni futuro. Todavía no sé por qué diablos me aferré a la música rock, esa música a la que no le entendía sus letras ni sus sinsabores, pero que, poco a poco, traté de dominar como si fuera mía.


Han pasado los años y el rock sigue allí. Aquello, dentro de mi despiste habitual, dentro de mi capacidad para la mentira, aquello que consideraba de mi patrimonio exclusivo, era escuchado por ciento de miles de personas en todo el mundo y al pobre solitario que era yo le tocó compartir su capricho exclusivo con el resto de los mortales. Eso me pasó con mis primos que vivían en Buga y que sabían de los Beatles más que Brian Epstein. Luego descubrí que con mis compinches cinéfilos (Luis Ospina, Andrés Caicedo) teníamos los mismos gustos y nunca nos habíamos cruzado ni siquiera la mirada. ¡Y que conste que no escuchábamos radio! Los años pasaron y en Bogotá había muchachitos de gruesas gafas que se enloquecían con la misma música que me iba a llevar al psiquiátrico. En New York conocí gringos enloquecidos porque yo les cantaba en jerigonza las canciones que ellos pretendían saberse de memoria. Y así fue luego en París, en Londres, en La Habana, en Lima, en Barcelona. En cualquier rincón del mundo estaban los malditos plagiadores que sabían lo mismo que yo sabía, que yo creí haber inventado para mi propia intimidad. (…)

En 1980, a raíz de la muerte de John Winston Lennon, escribí mi primer artículo sobre el mundo del rock. Ya lo había hecho, en otras ocasiones, con respecto a la música del cine, pero no era lo mismo. Les había puesto sonido a mis obras de teatro, había formado parte de bandas de rock en mi pueblo, me sabía de memoria las canciones de una centena de grupos y, poco a poco, me sentí, no con la autoridad, sino con la necesidad de escribir sobre lo que me apasionaba. El gran problema de escribir sobre música es que es imposible traducir en palabras la experiencia que se recibe a través de los oídos. Ni siquiera es posible leer con fondo musical. Quienes lo hacen, no aman realmente a la música. Aman lo que está consignado en el papel y lo adornan con sinfonías, canciones o rancheras. No se puede escribir sobre música, así como no se puede leer cantando. Pero sí se puede ensayar textos en los que uno intenta contar las sensaciones que la música nos produce. Y, en particular, las emociones que la música en vivo nos ocasiona. (…)

Quizás porque he sido un hombre de teatro toda mi vida, la música rock me interesa tanto como los músicos de rock, y durante años me he dedicado a perseguirlos, puesto que en Colombia ver una estrella del pop internacional es como encontrarse un oso polar en el Amazonas. Aunque, no lo crean. Ha habido casos de osos polares en el Amazonas y han tocado salvajemente bien. Ya hablaremos de ellos. (…)

Yo sé lo que ha sido no poder ir a Altamont o al Filmore East. Pero están los libros. Y están las películas. (…) Sobre los Rolling Stones es sobre los que más escribo, porque me he dedicado a devorarlos a lo largo de mi vida. Sé tanto sobre los Stones, como Arthur Miller sobre Marilyn Monroe. Es decir, casi nada. “But I try/ and I try / and I try”… Hice un viaje a Cheltenham a visitar la tumba de Brian Jones y de allí salió un poema que algun día saldrá. Nunca vi en vivo ni a The Doors (quiero decir, con Jim Morrison) ni a Frank Zappa, pero los quiero tanto como si los hubiera copulado (…) 

Sandro Romero Rey junto a la tumba de Brian Jones en Cheltenham, Inglaterra en 1996

Conocí Londres muy tarde en mi vida (a los treinta años) pero la recorro como si ya la hubiera visitado desde siempre y por ello trazo su mapa en mi memoria, el mapa de la música que ya no existe. He gozado, amado, disfrutado, en distintas oportunidades, a Rod Stewart, a Elton John, a Eric Clapton, a Guns n´ Roses, a Prince, a Michael Jackson, a Bob Dylan, a Lou Reed… Todos ellos son mis amigos, mis amigos de tornamesas, de caseteras, de lectores de CD, de Betamaxes, de VHS, de DVD y, sobre todo, de conciertos. Sin ellos, pues claro que la vida hubiera sido muy distinta: hubiera sido imposible. Ah. Y también está Gustavo Cerati. Y Fito Páez. Y otros sobrevivientes.

Entonces, apaguen la luz y suban el volumen, que los discos comenzaron a sonar… 

Libres de toda culpa, subamos el volumen de la memoria.

CLOCK AROUND THE ROCK (Crónicas de un Fan Fatale)
Crónicas. 331 páginas. Editorial Aguilar, 2008.

domingo, 21 de junio de 2015

BLACK SABBATH: Una discografía esencial


Los libros de historia siempre dijeron que estos muchachos fueron los padrinos del heavy metal. Éramos chiquitos –o directamente ni habíamos nacido en ese momento-, así que les creímos. Luego, a medida que íbamos creciendo, pudimos comprobar, gracias a las subsiguientes escuchas adictivas de sus primeros álbumes, que el gancho hipnótico de esos riffs de la guitarra de Tony Iommi eran una bomba, que Geezer Butler era un correcto bajista tremebundo, y que Ozzy Osbourne pasó –en un derrotero sin escalas-  de dar miedo con su voz maligna –cantando esas terroríficas historias de brujas y demonios- a generarnos un sentimiento irrefrenable de vergüenza ajena con su lamentable reality familiar en MTV… 
Tratar de resumir sus 45 años de carrera discográfica en solo 10 álbumes parece una tarea difícil. Sin embargo, con Sabbath casi todo el mundo coincide en que sus inmortales cinco primeros álbumes son casi “el santo testamento del rock pesado”, por lo cual ya tendríamos la mitad del trabajo hecho. Despues, simplemente, nos tomamos la excusa de elegir cinco más (algunos mejores que otros) para redondear esta recorrida “esencial” por la historia de uno de los grupos más paradigmáticos de la historia del rock mundial. Ok, pero antes de eso, recordemos como empezó todo…
UN SONIDO TREMEBUNDO
Desde sus inicios, Black Sabbath fue un grupo que suscitó opiniones encontradas: se los ama o se los odia; con ellos nunca hubo términos medios. Sin embargo, han sido una de las bandas fundacionales del heavy metal y también una de las más imitadas. Como ya dijimos, sus primeros cinco discos son verdaderos clásicos del metal por esas inmortales canciones góticas que enfatizaban los gemidos de dolientes guitarras, mientras una voz expresiva y monótona nos relataba historias apocalípticas, cuentos posesos y fantasías macabras. El grupo había sido fundado por cuatro muchachos de Aston, una localidad cercana a Birmingham, Inglaterra: Anthony Tony Iommi (guitarra), William Bill Ward (batería), John Ozzy Osbourne (voz), y Terence Geezer Butler (bajo). Mucho antes de esto, Ward, Butler y Iommi eran tres compañeros de colegio que se juntaban para molestar al pobre Ozzy, un chico disléxico con problemas de aprendizaje y aficionado al hurto. Paradójicamente, luego de que Ozzy dejó la escuela, será el mismo trío que lo acosaba los que lo convocaran en 1968 para que sea el cantante de un nuevo grupo llamado The Polka Tulk Blues Company, que realizaba una fusión de jazz y rock, y en el que también estaban el guitarrista Jimmy Phillips y el saxofonista Alan Clarke. Después de acortar el nombre a Polka Tulk, la banda lo cambió por el de Earth y continuó como cuarteto sin Phillips y Clarke, inclinándose por un sonido pop psicodélico y realizando extensas giras por Europa. Sin embargo, a principios de 1969, deciden cambiar de nuevo de nombre cuando se dieron cuenta que podrían ser confundidos con otra banda que también se llamaba Earth. Justo en esa época, Butler había escrito una canción que tomaba su título de una novela del escritor ocultista Dennis Wheatley llamada Black Sabbath –que había sido llevada al cine por el mítico Boris Karloff-, y así el grupo adoptaría de ahí su nombre definitivo en agosto de 1969, tomando la decisión de centrarse en componer material en un intento de crear el equivalente musical a las películas de terror.


BLACK SABBATH (1970)
Gracias a sus llamativos shows, varios sellos discográficos buscaron contratarlos, hasta que finalmente los Sabbath firman con Fontana, una subsidiaria de Phillips Records. Por fin, en enero de 1970 se edita "Evil Woman", el single debut del grupo, y al mes siguiente, otra subsidiaria de Phillips (Vertigo) edita el primer álbum debut homónimo de Black Sabbath que traía la imagen de una bruja en su iconica tapa. El disco llegó rápido al Top Ten de los rankings ingleses y más tarde repetiría este suceso en Estados Unidos, cuando el álbum es editado allí por Warner Records en mayo del ´70, vendiendo un millón de copias. Nada mal para un álbum debut...  Así comenzó a esparcirse rápidamente la fama del grupo, porque -aunque fueron odiados de entrada por parte de la crítica especializada- con su oscuro sonido fueron capaces de aglutinar a un público variado, en donde se podía encontrar desde antiguos hippies a habitués de discotecas, adolescentes y curiosos. Y todos se ponían de acuerdo en algo: la música de Black Sabbath era impresionante…

PARANOID (1970)
Justamente, para aprovechar el éxito de ventas que habían tenido en Estados Unidos, la banda regresó rápidamente al estudio en junio de 1970, cuatro meses después de publicar Black Sabbath. El nuevo álbum iba a llamarse War Pigs por la canción homónima que criticaba la Guerra de Vietnam. Sin embargo, Warner cambió el título a Paranoid por miedo a represalias de los partidarios de esa guerra. Finalmente, con la edición de este nuevo álbum, en septiembre de 1970, se produce uno de los máximos éxitos de toda la historia del grupo, que entra decididamente en la leyenda. En especial, por el impacto del clásico “Paranoid”, un tema editado como single adelanto del disco, y que llegaría hasta el Top Five en el Reino Unido, en donde el álbum más tarde sería número uno. En Estados Unidos, donde Paranoid fue editado en enero de 1971, el disco llego al Top Ten en marzo de 1971 y permaneció en los charts más de un año, vendiendo la friolera de cuatro millones de copias. En sí, este álbum sería considerado casi como "el Santo Grial del heavy" ya que contenía temazos inmortales como "Iron Man", "War Pigs", "Faries Wear Boots" y "Electric Funeral".

MASTER OF REALITY (1971)
Más tarde, con Master of Reality, su tercer álbum, editado en agosto de 1971, la banda obtuvo otro éxito comercial con más de un millón de copias vendidas. En este disco Geezer escribió una canción acerca de la marihuana, “Sweet Leaf”, en donde se escuchaba a Iommi tosiendo. Era evidente que a pesar de su popularidad, las locuras de las giras, y la combinación siempre atractiva de sexo y rock n´roll, ya se vislumbraba entre los integrantes del grupo los síntomas oscuros de las adicciones. Según Ozzy: “Al principio lo nuestro era el fumo y el alcohol, solo más tarde empezamos a pensar en la cocaína, y ahí comenzaron los problemas.”

BLACK SABBATH, VOL.4 (1972)
Volviendo a su trayectoria discográfica, otro punto alto sería el impecable Black Sabbath, Vol. 4 (editado en septiembre de 1972), un disco que evidenciaba un mayor refinamiento en la música del grupo, en especial en canciones como la hermosa "Changes" o el sutil instrumental "Laguna Sunrise", que incluía cuerdas y todo; mientras que otros temas como el potente "St. Vitus Dance" mantenían la onda furibunda de siempre. Este disco también vendió más de un millón de copias. Según Ozzy, el disco se iba a llamar igual que una de sus canciones, Snowblind (deslumbrados por la nieve), “porque habíamos descubierto la cocaína, pero la compañía nos dijo que no, y entonces le pusimos Vol. 4, aunque nunca hubo un Vol. 2 o 3… Para grabar ese disco tomamos montañas de merca.” Sin dudas, el grupo había entrado de cabeza en el consumo de las drogas duras, como dice Osbourne: “Cuando funcionaba, la coca era buena. Nos pasábamos días enteros aspirando y zapando, grabando todo en grandes carretes de cinta. Pero fue el principio del fin. La cocaína fue el cáncer de la banda.”

SABBATH BLOODY SABBATH (1973)
Sin dudas, la era dorada del grupo concluyó con la edición de Sabbath Bloody Sabbath (noviembre de 1973), en donde la banda contó con la participación de Rick Wakeman, el formidable tecladista de Yes, en los temas “Sabbra Cadabra” y “Who Are You”. El grupo también incluyó sintetizadores y arreglos de cuerda en las demás canciones, algo que evidenciaba un viraje sutil en su dirección musical hacia una senda más emparentada con el rock progresivo. Según Iommi, para grabar este álbum “alquilamos un castillo en Gales, que supuestamente estaba encantado. Instalamos nuestros instrumentos en los calabozos, que eran una fuente de inspiración”. Para Ozzy, “(Sabbath Bloody Sabbath) es el mejor momento de Black Sabbath. Como cantante, descubrí que la  mejor persona para armonizar es uno mismo. Uno conoce mejor que nadie sus propios sonidos”. Sabbath Bloody Sabbath seria el quinto esfuerzo consecutivo de Black Sabbath en alcanzar el Top Ten, además de vender un millón de copias. También, por primera vez en su carrera, la banda empezó a recibir críticas positivas de la prensa rockera de la época.

SABOTAGE (1975)
A partir de 1974, la buena racha del grupo comienza  a acabarse, en principio debido a las disputas con sus managers, un conflicto que se extendería por largo tiempo. Finalmente, en febrero de 1975, Black Sabbath comenzó a trabajar en su sexto álbum, con un nuevo representante, Don Arden (padre de Sharon, futura esposa de Ozzy), y con una clara intención de cambiar el sonido de Sabbath Bloody Sabbath. Así, en julio de 1975, editan Sabotage, otro disco tan elogiado como su antecesor. Sin embargo, el mercado discográfico de la época ya estaba cambiando y comenzaba a evidenciarse la inminente llegada del punk, y el regreso a una simpleza musical que aparecía como una reacción contraria a los grupos dinosaurios de los ´70, lo que dificultaba el accionar de una banda como Black Sabbath, siempre enfocada en la edición de álbumes truculentos y casi sin interés en el mercado de los singles. Según Ozzy: "(Con Sabotage) No fuimos fieles a nuestras raíces. Tratamos de hacer algo no-Sabbath. Cualquier cosa que no fuera maléfica y satánica." Quizás por esto, este nuevo álbum apenas trepó hasta el Top 20, y no vendió ni por asomo tanto como las producciones anteriores. Por eso, en un esfuerzo por mantener intacto el impacto comercial del grupo, la compañía discográfica de Sabbath editó rápidamente un compilado doble -con material previamente editado- irónicamente titulado We Sold Our Soul for Rock 'n' Roll (en diciembre de 1975), que sí fue un éxito de ventas, superando el millón de copias. Para esta época el grupo ya pronunciaba un claro cambio musical que más tarde disgregaría las relaciones personales de sus integrantes, ya que Iommi buscaba con añadir nuevos elementos en la música de la banda –en especial, debido a la inclusión de instrumentos de viento- mientras que Osbourne se mostraba reacio a estos cambios. 

NEVER SAY DIE! (1978)
De cualquier forma, el siguiente álbum, Technical Ecstasy (editado en octubre de 1976), sería un muestrario de varias de las innovaciones musicales del guitarrista, presentando un sonido menos opresivo y oscuro en favor de la introducción de sintetizadores y canciones más rápidas, pero su fracaso comercial no haría más que aumentar la frustración existencial de Osbourne –sumada a su abuso de estupefacientes-, lo que precipitaría su renuncia como vocalista de Sabbath en noviembre de 1977. Ozzy sería reemplazado en algunos shows por el ex cantante de Savoy Brown, Dave Walker, pero terminaría retornando al grupo en enero de 1978 para la grabación de Never Say Die!, un disco que refleja una importante crisis creativa. Quizás por eso el disco fue un fracaso, aunque incluía el irresistible “Never Say Die”, el último tema clásico del grupo en los ´70. Mientras que el resto del material del álbum daba cuenta del poco entusiasmo de los integrantes de la banda (en especial en canciones como "Shock Wave", "Swinging the Chain" o "Over to You"), debido a la inclusión de un repertorio poco ensayado y grabado a las apuradas. Ni siquiera la inclusión del sutil “Over to You” y "Air Dance", un tema experimental que incluía sabrosos floreos de piano y una muy sentida performance de Ozzy, levantaron la puntería de un grupo que parecía haberlo dicho todo. Por eso, ni el modesto éxito de “Never Say Die” (top 40 en el Reino Unido), así como el otro single, "Hard Road", evitaron la caída en desgracia del grupo, que continuaba siendo denostado por la crítica, pero que por primera vez percibía como su incondicional público le empezaba a dar la espalda. Quizás por eso a nadie sorprendería la ida de Ozzy de Black Sabbath para comenzar una carrera solista, aunque en realidad Osbourne -sobrepasado por sus múltiples adicciones a los narcóticos- fue expulsado de la banda por los otros tres cínicos miembros del grupo (también metidos en adicciones varias), en medio de un párate del grupo en Miami. Según Iommi: “Todos estábamos muy metidos en la droga, mucha cocaína, mucho de todo, y Ozzy se emborrachaba mucho en esa época. Se suponía que debíamos estar ensayando pero nadie hacía nada. Era como: ¿Ensayamos hoy? No, mejor mañana”. La versión dice que fue Bill Ward el encargado de comunicarle a su amigo la mala noticia con un lacónico: "Ozzy... estás despedido..." Con respecto a esta decisión, Ward declararía: “Espero haber sido profesional, de hecho puede que no lo fuera. Cuando estoy borracho soy horrible, soy horroroso. El alcohol fue definitivamente una de las cosas más perjudiciales para Black Sabbath. Estábamos destinados a destruirnos los unos a los otros. La banda era tóxica, muy tóxica.”  

                                
HEAVEN AND HELL (1980)
En junio de 1979, Ozzy fue reemplazado por el ex cantante de Rainbow, el formidable Ronnie James Dio. También durante ese periodo el tecladista Geoff Nichols se convirtió en un miembro casi permanente de la banda, tanto en shows como en grabaciones. Esta nueva formación de Sabbath se tomaría un buen tiempo para pulir su repertorio, que recién vería la luz recién en abril de 1980 cuando es editado el potente Heaven and Hell, un disco que revitalizó el sonido de Black Sabbath, y fue uno de los mejores trabajos del grupo en varios años. Como resultado de este éxito creativo la banda gozó de un resurgimiento comercial inesperado en los rankings de ambas orillas del Atlántico, en especial por el suceso de los temas "Neon Knights" y "Die Young". 

La época de Dio en Black Sabbath...

BORN AGAIN (1983)
A pesar de que el grupo había vuelto a ser exitoso, el baterista Bill Ward abandona Black Sabbath para curar su salud, y es reemplazado por Vinnie Appice. Esta nueva agrupación con Iommi, Butler, Dio y Appice grabó Mob Rules (noviembre de 1981), otro álbum bien recibido por el público, pero no tan bien por la crítica, y que no tuvo tanto éxito como su predecesor. Luego, cuando es editado el disco en vivo Live Evil en enero de 1983, Ronnie James Dio –harto de los manejos de Iommi- abandona Black Sabbath, para formar su propio grupo Dio, llevándose a Appice con él. Sabbath se reorganiza convenciendo a Bill Ward a retornar a la banda, y en una movida que sorprendió a todos los fans del heavy metal, reclutan a Ian Gillan, -en ese momento- ex cantante de Deep Purple. Con esta nueva formación graban el disco Born Again, editado en septiembre de 1983. Según Gillan, aceptó a entrar a Sabbath “luego de una noche de copas con Tony Iommi, en donde nos pusimos en curda y él me preguntó si no quería cantar en el grupo. Le debo haber dicho que sí debido a que estábamos los dos muy borrachos…” Born Again, a pesar de contener buenos temas como “Disturbing the Priest”, “Digital Bitch” y “Born Again”; estuvo lejos de pasar a la historia. Finalmente, Gillan se quedó en Black Sabbath hasta marzo de 1984, cuando se va para participar de la reunión de la famosa formación "Mark 2" de Deep Purple

...y luego, la formación con Gillan.
 
13 (2013)
Sorpresivamente, a fines de 2011, se hizo realidad el sueño de millones de fans: volvía Black Sabbath con Ozzy como vocalista. Sin embargo, el 2 de febrero de 2012, Bill Ward anunció que no participaría en la reunión a menos que le diesen un “contrato”. Al día siguiente el resto de los integrantes anunciaron que no tenía más remedio que seguir sin él, aunque dijeron que “tenía las puertas abiertas para volver cuando quisiera”. Más tarde, en junio de 2013 salió a la venta el ansiado decimonoveno álbum de estudio de la banda, llamado 13, grabado entre agosto de 2012 y enero de 2013. Sin dudas, 13 era el regreso esperado; otro álbum repleto de imágenes sobrecogedoras, sonido catalítico y abuso de graves y volumen. Una música probadamente inmune a tiempos y modas. Sin dudas, el responsable de esta resurrección fue el productor Rick Rubin, el encargado de reactualizar la tradición sónica del grupo. Antes de comenzar la grabación, Rubin había sido claro con los tres integrantes del grupo: “Tienen que volver al sonido de principios de los ´70, a sus raíces del blues rock. Imagínense que van a grabar su segundo álbum.” El resultado final fue un disco tan gótico metalero como progresivo blusero, que incluía tanto la belleza acústica de “Zeitgeist” (prima lejana de “Planet Caravan”, una canción mítica de Paranoid) como ese “nietzcheriano” disparo a la cabeza que es “God is Dead?”, el poderoso primer single del álbum, casi un nuevo clásico del grupo. Además, “End of the Begining” era casi la fotocopia láser digital de “Black Sabbath”, y “Damaged Soul” un  obligado blues oxidado marca de la casa. Mientras que en “Dear Father”, Ozzy repasa su afiebrado pasado como buscando la absolución final. Escalofriante y revelador, el excelente repertorio de 13 no mostraba fisuras. En resumen, Black Sabbath se animó a sacar otra de sus colecciones de canciones apocalípticas, y una de las mejores de las últimas tres décadas; para cerrar –quizás- una de las trayectorias más legendarias de la historia del rock mundial. ¡Amén! 

Emiliano Acevedo