viernes, 29 de mayo de 2015

HARRY NILSSON, Nilsson Sings Newman: Cuando Harry conoció a Randy...



Pocas veces en la historia del rock y el pop dos exitosos intérpretes y compositores pudieron congeniar tan bien en un proyecto en común como lo hicieron los estadounidenses Harry Nilsson y Randy Newman en el hermoso álbum Nilsson Sings Newman, editado en febrero de 1970. Curiosamente, éste sería el único disco que harían juntos…

UNA BELLA GEMA OCULTA
La historia de este álbum se inicia en 1969, cuando Nilsson graba su cuarto disco, Harry, que finalizaba con una canción de Newman, que sería casi un disparador de este nuevo proyecto: “Simon Smith and the Amazing Dancing Bear”. Como Nilsson admiraba mucho la labor compositiva de su amigo Newman, rápidamente se entusiasmaron con la idea de intentar grabar un nuevo álbum basado íntegramente en composiciones de Newman, en donde Harry cantara y Randy lo acompañara con su piano. Y es que así como Nilsson sabía que nunca podría escribir canciones como Newman, éste también era consiente que aquel cantaba sus temas como nadie. Por supuesto, la amalgama de estos dos talentos dio sus frutos de entrada nomás, cuando ambos músicos se metieron a los estudios de RCA en Los Angeles para grabar el álbum.

Esta grabación comenzaría un 20 de agosto de 1969 (sí, en el mismo mes de los asesinatos del Clan Manson, Woodstock, y del cruce de calles más famoso de la historia en Abbey Road…), y se terminó rápidamente, en apariencia, porque Nilsson como Newman se entendían en forma casi telepática en el trabajo de estudio, y porque Randy era propenso a registrar sus composiciones en pocas tomas. Sin embargo, luego de registrar las bases de piano y de voz principal, la grabación de Nilsson Sings Newman se extendió varias semanas más. Sí, porque aunque éste parezca un álbum simple, casi minimalista, su realización terminaría siendo compleja, más que nada por la extenuante labor vocal de Nilsson, quien se pasó seis semanas regrabando voces para crear las diferentes texturas y armonías de cada una de las canciones. Incluso llegando a la friolera de nada menos que 118 sobregrabaciones de voces, una verdadera hazaña en la era pre-digital de las grabaciones analógicas. Sin dudas, una muestra clara del meticuloso trabajo desarrollado por este formidable cantante.

Y es que la voz de Nilsson está aquí, allá y en todas partes, a lo largo de todo el disco, a veces hasta susurrándole al oyente cosas por detrás de su vocalización principal. Ya sea con su voz en seco, o a veces llena de eco, en cada uno de los temas, el trabajo de Nilsson es una clase magistral de interpretación y canto. Con respecto al trabajo instrumental, si bien en la mayor parte del álbum prima el acompañamiento único de Newman en el piano, también se pueden apreciar algunos bajos, panderetas y varios sintetizadores. Por ejemplo, en la canción “Cowboy”, Nilsson utiliza un clavicordio eléctrico. Sin embargo, como ya habíamos señalado, el disco hace del minimalismo instrumental su bandera, lo que le da un carácter sonoro único.

Por supuesto, que para cuando el álbum fue editado, Randy Newman (nacido en 1943) ya era bastante conocido en la industria de la música,  por ser un prolífico compositor para otros intérpretes, aunque hasta ahí solamente había grabado un único disco solista. Por su parte, Harry Nilsson (1941-1994) venía de demostrar sus extraordinarias dotes como cantante en varios discos propios de pop lujoso, que fueron elogiados por algunas estrellas del mundillo musical de la época, entre los que se encontraban los mismísimos Beatles (luego, el propio Nilsson sería amigo íntimo y compadre de Ringo Starr y compañero de juergas de John Lennon, a mediados de los ´70 en California, en el famoso Fin de Semana Perdido del ex beatle). Sin embargo, muchos recordarán especialmente a Nilsson por su interpretación de “Everybody´s Talkin” (canción de la Banda Sonora de Perdidos en la Noche, que ganó el Oscar) o por su cover inmortal –en 1971- de “Without You”, la balada compuesta por Pete Ham y Tom Evans, los malogrados líderes de Badfinger. Sin embargo, la carrera de Harry Nilsson fue mucho más que esos dos hits accidentales. Porque la suya fue una trayectoria musical ecléctica que -en una quincena de álbumes, editados entre 1967 y 1981- recorrió con maestría todo tipo de géneros y estilos; transitando por el pop, el rock, los standards de jazz, la bossanova, el swing, el easy listening, etc, etc. En fin, Nilsson hizo de todo, hasta escribir música para niños, en un especial televisivo de dibujos animados llamado The Point! en 1971.

CANCIÓN POR CANCIÓN
Volviendo al disco que nos convoca aquí, la característica principal de Nilsson Sings Newman es su sensibilidad y buen gusto instrumental, en canciones cuyas letras destilan por igual melancolía por los dorados tiempos pasados, pero también una alta cuota de humor e ironía –tópicos habituales de la labor compositiva de Newman- burlándose de los preceptos del american way of life...

El primer tema del disco es la exquisita “Vine Street”, una canción que Newman nunca grabó como solista y que fue escrita para Van Dyke Parks. En esta versión de Nilsson, el tema toma nueva vida, ya que, tiene una apertura distinta a la de la versión de Van Dyke Parks, con una intro escrita especialmente para este álbum. Seguía “Love Story”, un tema que es el perfecto ejemplo acerca del carácter irónico de las composiciones de Newman. Aquí se narra la historia de un personaje que imagina cómo será su futura vida de pareja, con optimismo pero sin dejar de lado el cinismo, al realizar sus predicciones acerca de cómo terminará su idílica historia de amor “eterno” con la chica de sus sueños.

A Randy Newman siempre le gustó mucho “Yellow Man”, el tercer tema de este disco, por eso quiso que Nilsson la grabase, y ese entusiasmo el que hizo que este fuera uno de los momentos más deliciosos de este trabajo. La historia de la canción está basada en el tratamiento despectivo y racista que se les dispensaba a los personajes orientales en las películas de la década del ´30. Por su parte, “Caroline” era una hermosa canción de amor, con un lirismo que lo acerca a los standards de la música popular estadounidense de principios del siglo XX. Se destaca en esta pieza la impecable interpretación vocal de Nilsson y el bello acompañamiento de piano y clavicordio de Newman.

Otro de los temas más complejos y variados de esta producción es “Cowboy”, una canción con una letra que se desgarra en versos que expresan un profundo arrepentimiento y nostalgia. Tiene un comienzo a capella acompañado sólo por un efecto sonoro que recuerda al viento del desierto. La interpretación de Nilsson es muy delicada y expresa todo el dolor retratado en los versos de la canción. “The Beehive State” es otro oscuro tema, cuya temática se centra en de los sentimientos negativos que sentía mucha gente con respecto al fin de siglo XIX. Mientras que en “I´ll be Home”, el primer single sacado de este álbum, vuelve el irónico optimismo de Newman. Curiosamente, este tema ya había sido registrado por Nilsson, e incluido en la banda de sonido de una película llamada Jenny, y luego sería grabado por un gran número de artistas –incluido el propio Newman- pero, según su autor, la mejor versión fue la interpretada por Nilsson en este álbum.

Otro tema, del cual Newman consideraba su mejor versión la incluida aquí es, “Living Without You”. Una canción de profunda soledad y melancolía, que nos cuenta acerca de una ruptura amorosa, y a la que Nilsson interpreta en forma emotiva y genial. “Dayton Ohio-1903” tiene el mismo carácter descriptivo que caracterizó a muchas de las composiciones de Nilsson, pero sus bizarras y punzantes líricas son 100% Newman. Nilsson amaba esta canción, que cuenta otra clásica historia de un hombre común, quien de repente se pone a añorar su pasado, y se da cuenta que aquellos años felices ya no volverán. Llegamos así al final del álbum con “So Long Dad”, una dulce pero cruel canción que ilustra de manera elocuente lo peor de las relaciones padre-hijo.

A pesar de sus buenas intenciones y calidad artística, Nilsson Songs Newman fue un fracaso comercial. Sin embargo, atraería la atención y la aprobación de la crítica, como fue el caso de la publicación especializada Stereo Review, quien lo premió como el Mejor disco de 1970. A partir de ahí, debido a las sucesivas reediciones en diferentes formatos, se ha convertido en un clásico de culto para varios fans del rock y pop clásico, quienes valoran la extraordinaria labor de estos dos artistas. No casualmente, muchos años después, en 1995, se le preguntó a Newman acerca de los innumerables artistas que habían interpretado sus composiciones, y él recordó especialmente a Nilsson, señalándolo como uno de los mejores: “(Porque) Nilsson realmente entendió mi música. Él sí sabía de qué se trataba...

Emiliano Acevedo


viernes, 22 de mayo de 2015

SANDRO, Vengo a ocupar mi lugar: Rockeando con el Gitano en los ´80...




¿Un álbum de Sandro con muchos solos de guitarra eléctrica, sintetizadores, cajas de ritmos y sonido bien ochentoso? ¿Pasó eso alguna vez? Sí, fue en su disco Vengo a ocupar mi lugar, editado en 1984, y aquí te contamos como era este material, un verdadero clásico “de pasta”, porque, lamentablemente, no volvió a ser reeditado…

EL ELVIS CRIOLLO
Como bien sabemos los vínculos de Roberto Sánchez, Sandro, con el rock vienen de larga data, es decir, desde mucho tiempo antes de alcanzar la fama como intérprete de baladas románticas, cuando era el cantante adolescente de Sandro y los de Fuego y emulaba a su ídolo Elvis Presley, a principios de los ´60. En esos primeros tiempos, luego de firmar contrato con CBS, Sandro consigue cierta popularidad con algunos simples con formidables versiones de temas de los Beatles o Elvis cantados en castellano. Más tarde  -entre 1964 y 1967 - primero acompañado con Los de Fuego y luego por el Black Combo editará varios larga duración en los que el Gitano además de grabar rocks propios y continuos covers de los Fab Four, editados casi en simultáneo con los temas originales; se animará a hacer versiones en español de éxitos de los Animals, Chuck Berry, Dave Clark Five, Little Richard, Ray Charles, Roy Orbison, los Kinks, Bob Dylan, Tim Hardin, y hasta clásicos de la Motown, en donde Sandro demuestra que puede cantar como un negro y todo. Sin dudas, un material imprescindible para quien quiera comprobar lo virtuoso que era el Gitano para el rock.

Lamentablemente, y forma paulatina, Roberto se fue alejando del género, debido a la influencia de su manager y mentor Oscar Anderle. Por otra parte, el reconocimiento a nivel masivo que consigue con “Quiero llenarme de ti” (canción que gana el primer puesto en el Festival Buenos Aires de la Canción, a fines de 1967) lo instala en un camino que - salvo en circunstancias aisladas, en vivo, o tangencialmente en temas casi rock como “Ave de Paso”, “Tengo” o “Atmósfera Pesada” -  en forma casi exclusiva lo llevará a gestar su mítica fama internacional de baladista romántico de alto nivel.

Este viraje le produjo el desprecio de varios rockeros de acá.  Se lo calificó de "producto comercial", de “cantante complaciente”, "meloso" y,  por supuesto, de "grasa". Sin embargo, con el paso de los años los referentes del rock argento lo empezaron a reconocer como un gran artista popular, además de pionero del género, alimentando ese mito urbano que lo asume como “dueño de La Cueva” o “impulsor del rock argentino”. Lo cierto es que Sandro no fue ni una cosa ni la otra, aunque sí se vinculó y fue amigo de varios músicos míticos del rock argentino como, por ejemplo, Pajarito Zaguri, Javier Martínez o Moris. Y, por supuesto, jamás estuvo en duda su calidad como intérprete, incluso de rock aunque, lamentablemente, no haya desarrollado al máximo, y en ese sentido, aquel potencial de los primeros años. Como dijo alguna vez el propio Javier Martínez: “Sandro es un verdadero maestro del rock, y eso poca gente lo sabe, porque después se dedicó a otro género, que lo hace muy bien también. (Sin embargo) Sandro es un gran rockero, fue un gran maestro para todos nosotros…”

TIEMPO DE REVANCHA…
En los ´80, luego de 15 años de trabajar juntos, Sandro rompe su vínculo artístico con Anderle, asociándose con el compositor y productor Rubén Aguilera en su afán de encontrar un nuevo sonido. El primer producto de ambos sería Vengo a ocupar mi lugar, en 1984. Sandro venía de grabar un disco en 1981, editado por el viejo sello discográfico de ATC. Ahora, tres años después, con una imagen más madura, en el umbral de sus 40, pero claramente posicionado como estrella internacional, reaparecía con un puñado de canciones nuevas, en una clara intención de la discográfica Polydor: posicionarlo fuertemente en el nuevo mercado, y conseguir así captar la atención de una nueva generación de fans iberoamericanos, que gustaban de un pop más en sintonía con el que era el nuevo sonido de las radios FM, las cuales empezaban a prevalecer en el gusto de los oyentes, desalojando, paulatinamente, de su lugar de privilegio a la sempiterna AM. Eran los primeros años del boom del walkman, con el casete como formato líder, y de la supremacía de los primeros instrumentos digitales en el mundo del techno-pop.  De esta forma sería este nuevo álbum el inicio de esta nueva versión de Sandro, más en la onda “galán maduro” de la canción.

En Vengo a ocupar mi lugar aunque todos los climas estaban puestos a disposición de la inefable veta teatral de Sandro, el disco aún hoy se sostiene como un artefacto techno-pop-melódico ochentoso a la altura de esos tiempos. Su peculiaridad radicaba en su sonido dominado por las densas capas de teclados, las guitarras eléctricas rockeras y las baterías electrónicas, sin la inclusión de arreglos orquestales y –salvo excepciones- casi sin coros de acompañamiento, por lo que la atmósfera “modernosa” del disco entabla un diálogo perfecto con el dramatismo vocal de Sandro, capaz de pasar del susurro al grito en medio de sus impecables interpretaciones, dando vida a sus canciones. Por supuesto, el álbum, en toda su extensión, insinuaba la capacidad del cantante para combinar lo mejor de los mundos opuestos de la música melódica romántica y los sonidos modernos de la música joven. Y esta sonoridad general, más que su concepto, anticipó unos cuantos gestos que el propio Sandro exploraría gustoso en sus futuros shows en vivo, de ahí en más.

Sin embargo, en el corazón de estas nuevas composiciones de Roberto Sánchez se aloja una tensión entre la cualidad artesanal de estas canciones y el deslumbramiento por sus primeras experiencias electrónicas en un estudio de grabación. El formato de balada melódica se extiende hasta límites intangibles pero jamás se abandona por completo. Y es que la vocación experimental de este álbum de Sandro no solo choca con impedimentos tecnológicos –a pesar de la inclusión de la electrónica, las grabaciones seguían siendo analógicas-, sino que también debe atender a limitaciones formales: la superposición de capas de colchones de teclados con los que se construyeron varios de los temas de la placa debían subordinarse aun al desarrollo melódico de las canciones, por lo que –por momentos- perdían vuelo, eficacia y punch. Y la saturación “modernosa” de estos arreglos pop de los ´80 apunta a una expansión armónica que todavía privilegia el carácter horizontal de la música de Sandro, sin animarse del todo a romper la estructura de sus canciones, más allá de algún solo aislado de viola o sintetizador. Resumiendo, si bien, en Vengo a buscar mi lugar se amplía el espectro de géneros disponibles para el lucimiento vocal del Gitano hacia zonas hasta ahí inexploradas, las baladas y los lentos a la carta conservan la preminencia.

Sintetizador Memory Moog, propiedad de Sandro (Exposición "Yo, Sandro")
  
VENGO A BUSCAR MI LUGAR, CANCIÓN POR CANCIÓN
Un repaso exhaustivo de las canciones incluidas en el álbum arroja inesperadas sorpresas, incluso para el oyente menos curioso. Por ejemplo, en la apertura del disco con “Dos a la buena de Dios”, nos encontramos con una canción pop optimista, aunque sin mayores pretensiones, que parece la cortina de un programa de tv ochentoso. Hasta ahí, nada demasiado novedoso. Sin embargo, el siguiente tema, “Tú te dejaste querer”, es una potente balada con fuerte presencia de filosas guitarras eléctricas, en una onda Whitesnake (¡en serio!) y varios colchones de teclados. Sin dudas, uno de los mejores temas del álbum, a pesar de su estribillo bastante reiterativo.

Con su sonido caribeño, “Yo la necesito” estaba en las antípodas del mundo del rock, sin embargo llama la atención esa base muy bien lograda de baterías electrónicas y bajo sintetizado. “Abriéndole la puerta al diablo” es una canción típica de Sandro, un clásico menor muy bien elaborado, en la que el Gitano canta como nunca, en una interpretación que es un muestrario de todos esos tics que lo volvieron famoso. Pero además, aquí el sonido está claramente en sintonía con el pop de la época, con muchas maquinitas, violas rockeras muy arriba y exceso de percusión electrónica. Sin dudas, una muy buena mezcla del Sandro clásico con este ochentoso. Lamentablemente, esta magia parece esfumarse en “Fue sin querer, fue sin hablar”, otra balada romántica que podría haber sido la cortina de una novela protagonizada por Marco Estell. No está mal, pero no tiene demasiados elementos para destacar más allá de su instrumentación modernosa. Por supuesto, esta canción termina con Sandro cantando el estribillo sobre un solo de saxo que se va en fade…

“Tramposa aventurera” es otro lento poco auspicioso, del que no vale la pena remarcar casi nada. Todo lo contrario de “Ayer te quise tanto”, una balada bien lograda, con un sutil arreglo de teclados. Sin dudas, una canción de telo de mucha calidad. Luego llega lo mejor del disco. Porque, sin dudas, “Vengo a ocupar mi lugar” es el gran hit del álbum homónimo, razón por la cual no se entiende porque no fue elegido como tema de apertura del mismo. Y es que es un rockazo a medida de Sandro, con una fuerte impronta de teclados, baterías electrónicas que la rompen y guitarrazos a troche y moche. Aquí Roberto canta como nunca, metiéndose en la ropa de un personaje matador y muy salvaje, que regresa y sabe bien lo que quiere: arremeter por lo propio, por ese lugar bien ganado en la cama de una antigua amante, enloqueciéndola de placer all night long. Actitud 100 % rock.

El penúltimo tema del disco, “Yo te haré mujer”, es otro lento de sonido clásico, pero sin mucho desarrollo, cuyas primeras estrofas son un guiño manifiesto a “De quererte así”, el clásico de Charles Aznavour. Sin embargo, en esta canción sobresale un buenísimo solo de teclados (¡¿quién lo tocará?!), con un sabor bastante progresivo, que junto a la gran interpretación del Gitano es, lejos, lo mejor de un tema menor. Por fin, el disco termina con “María es mujer”, un broche de oro “épico”. Otra canción con una letra muy sugestiva, en este caso dedicada a la figura de una mujer fatal, y con una conclusión cuasi techno gótico new age. Sí, ¡demencial! Un final con tutti, con muchos solos de viola, un gran coro femenino, y un buen arreglo de sintetizadores.

SANDRO Y EL CARPOSAURIO
Sin embargo, esto no es todo, ya que esta historia que une a Sandro con el rock tuvo una inesperada coda, un par de años más tarde, en 1990, cuando Roberto se convierte en el anfitrión de Querido Sandro, un programa de televisión de lujo, producido por el mítico Héctor Ricardo García, y ganador del Martin Fierro. Justamente, en uno de los envíos de este magazine musical con invitados, que salía al aire por Canal 13, el Gitano invitó a Riff. Así los telespectadores pudieron disfrutar del encuentro de estas dos potencias de la música popular argentina. Sí, Sandro + Pappo + Vitico + Boff + Michel Peyronel. En esa ocasión, se pudo ver al cantante lookeado con un curioso vestuario post punk, símil Mad Max o ¡Manowar! Una puesta en escena que se parece a cualquier video clip de las bandas heavies de la época, tipo “Lick it Up” de Kiss, con bailarinas sensuales y Citroëns 3CV prendidos fuego. Hay que aclarar que Sandro NO tocó en vivo con Riff en ese momento, tan solo hicieron playback en dos canciones del cantante: “Vengo a ocupar mi lugar” y el rockazo “Soy Salvaje” (del disco Volviendo a casa, de 1990). Luego del corte publicitario, Riff volvió para tocar su clásico “Susy Cadillac”.

Sandro con Riff en "Querido Sandro", 1990.
Para recordar ese encuentro histórico convocamos a Hector Boff Serafine, el guitarrista de Riff, quien nos cuenta: “Por supuesto, tengo el mejor recuerdo de esa presentación. Por empezar, Sandro era amigo de Pappo desde los comienzos de su carrera, cuando zapaban en La Cueva, el famoso local de la Avenida Pueyrredón. Para nosotros fue un verdadero honor que nos invitara a Querido Sandro. Tené en cuenta que no solo nos invitó a tocar al programa, si no que también nos pidió que participemos en dos de sus canciones, junto a él. Te comento que no fueron muchos los grupos privilegiados que tuvieron esta oportunidad. Luego de eso, Pappo también fue invitado a su maratón de recitales, hay algo en Youtube de ese día. Sandro era un capo, un tipo súper generoso. Por ejemplo, tuvo una atención con nosotros, nos hizo llegar una gran canasta con vinos, y una gran picada. En ese momento, me acuerdo que Pappo me dijo: ´Agarremos la canasta…´ ¡Y nos fuimos! Jajaja. Me acuerdo que el programa se hacía en Estrellas Producciones, en donde hoy están Crónica TV y CM El Canal de la Música. Por supuesto, no se podía hacer vivo. Nadie hacía vivo, todo era playback. A pesar de que Sandro no sabía nada del rock que sonaba en ese momento, sabía bien su negocio. Sin embargo, él tenía su lado rockero. De hecho, poco después de eso grabó con Charly García y Pedro Aznar en el disco Tango 4, ¿no?”

Sí, tal cual, y quizás ese cover en castellano que hicieron de “Rompan todo”, de Los Shakers, en ese álbum de 1991, haya sido la última vez que Sandro se puso el traje de rockstar. Un vestuario que le quedaba casi tan bien como la clásica bata roja…

Emiliano Acevedo


domingo, 10 de mayo de 2015

RONNIE MONTROSE, Open Fire: Sutil y tormentoso...



Ronnie Montrose (1947-2012) fue un soberbio guitarrista estadounidense. Tenía una técnica depurada y una reputación polifacética, ya que podía tocar igual de bien temas de rock pesado así como finas páginas melódicas, cercanas a la música clásica contemporánea. Desde el comienzo de su carrera, Montrose había dado innumerables muestras de este eclecticismo estilístico. No por nada algunos lo denominaban el "Jeff Beck Californiano".

En los primeros años de su carrera profesional, Ronnie se había ganado la vida como músico sesionista, participando en variadas producciones de artistas de renombre como Van Morrison, Boz Scaggs o Edgar Winter. Por fin, en 1973, finalizaría su labor como sesionista cuando funda su propia banda, llamada -simplemente- Montrose. En este proyecto Ronnie convocaría al vocalista –y futuro Van Halen- Sammy Hagar, el bajista Bill Church y el baterista Denny Carmassi. Con esta formación, el grupo Montrose editaría su álbum debut en 1974. Luego Church se fue y es reemplazado por Alan Fitzgerald. Sin dudas, la banda de Montrose se destacaba por su sonido explosivo, ya que recordaban a MC5, el grupo anarco proto punk de Detroit. En 1975, editan Paper Money, un disco que confirmaría a Montrose como uno de los grupos más populares del rock pesado norteamericano de esa época. Sin embargo, Hagar fue echado luego de completar la gira presentación del álbum siendo reemplazado por Bob James. Otro que se sumaría a Montrose en el ´75 sería el sutil tecladista Jim Alcívar

Con esta nueva formación, Montrose realizaría dos álbumes más: Warner Brothers Presents Montrose (1975) y Jump on It (1976). Ambas producciones fueron un fracaso comercial. Como consecuencia de este revés, Ronnie Montrose disuelve su banda para lanzarse como solista en 1978 con la edición del disco del cual nos ocuparemos en esta oportunidad: Open Fire. Un álbum instrumental sorprendente, que contó con la producción del talentoso albino Edgar Winter y el magnífico trabajo de Jim Alcívar, en lo que a arreglos orquestales se refiere.

Curiosamente, Montrose no participaba en "Openers", el primer tema de Open Fire, ya que se trataba de una composición pomposa dirigida por Bob Alcívar, quién además se encargó de los arreglos orquestales. Sin dudas, un comienzo con tutti, ya que con su sonido pretencioso, "Openers" recordaba a las famosas bandas sonoras del compositor John Williams, como por ejemplo la de Star Wars. Esta apertura se enganchaba a “Open Fire”, el arranque “real” del disco, un vertiginoso tema de Montrose y Winter que prolongaba al anterior. Acá teníamos a Ronnie haciendo sonar su guitarra como si fuera una nave espacial que está aterrizando. A continuación, la canción se transformaba en una aplanadora sónica en donde Montrose se movía con soltura, elaborando una mixtura sónica de rock con tecnología, que daba forma a un estilo al que podríamos llamar como "Heavy-Tecno-Ficción". Como si esto fuera poco, además de su actuación destacada como guitarrista, en este tema Montrose también se lucía tocando un Theremin, ese añejo y extraño instrumento que basa su funcionamiento en la variación del tamaño de las ondas de frecuencias mediante unas antenas, las cuales generan un sonido fantasmagórico, característico de las viejas películas clase B y que también fuera utilizado por Brian Wilson en los Beach Boys, como en el inmortal Pet Sounds, así como en el inolvidable single “Good Vibrations”.

Siguiendo con esta recorrida, el tercer tema de Open Fire era “Mandolinia”, intitulado así debido a que aquí Montrose se lucía con una performance magistral de mandolina. Este era un tema con una onda casi celta, similar a lo que sería un Jethro Tull electrónico. Seguía “Town Without Pity”, un tema que no tenía nada que ver con lo que veníamos escuchando, ya que era un impresionante blues que no hubiese desentonado en la banda sonora de un policial negro, en donde el detective protagonista es seducido por una rubia fatal. Por su parte, “Leo Rising” era una joya en la que Montrose se lucía en la guitarra acústica. En esta pieza también se destacaba Jim Alcívar, quien tocaba otro instrumento vintage poco común: Las Ondas Martenot. Ideado en los años `20 por el inventor francés Martenot -llamado “el loco”-, este instrumento es considerado el primer teclado electrónico moderno y casi un antecedente directo de los sintetizadores.

Después llegaba “Heads Up”, un vertiginoso tema con el que se podría musicalizar la banda sonora de un video juego o de una película sobre carreras de autos. Por el contrario, en “Rocky Road” Montrose se movía en la veta del jazz-rock clásico, aunque sin realizar demasiadas partes improvisadas. “My Little Mistery” era otro hermoso tema acústico, casi de música clásica, ya que por momentos nos recordaba la obra de grandes compositores contemporáneos de guitarra como Villalobos, Rodrigo o Castelnuovo-Tedesco. Este era, sin dudas, otro momento ideal para el lucimiento de Montrose, quién era acompañado por una sutil interpretación de Edgar Winter en clavicordio y una orquesta conducida por Bob Alcívar. Y así llegamos al final de este disco con “No Beginning/ No End”, otro finísimo tema de rock, en donde la nave musical y fantástica de Montrose levanta vuelo y se va…


Luego de la edición de Open Fire, Montrose formó otro grupo de hard rock llamado Gamma. Con Gamma grabó tres álbumes entre 1979 y 1982, en donde siguió con la veta tecno-heavy, realizando obras inspiradas en la imaginería de la ciencia ficción clásica. Con posterioridad a la separación de Gamma, Montrose volvió a su labor solista, alternando discos de rock pesado con otros más cercanos al jazz rock. Sin embargo, en el año 2000 aparecería un nuevo álbum de Gamma en donde Montrose se reencontró con Edgar Winter, quien participaba como músico invitado. Este no sería el último reencuentro de Ronnie con antiguos colaboradores, ya que en 2004 reúne a la formación original del grupo Montrose para participar en algunos conciertos de Sammy Hagar. 

Lamentablemente, la historia de Ronnie Montrose terminó en forma trágica, ya que durante sus últimos años debió luchar contra un cáncer de próstata, enfermedad que lo sumió en una profunda depresión. Finalmente, el 3 de marzo de 2012 se suicidó de un disparo en la cabeza, a los 64 años. Sumado al sufrimiento por su enfermedad y la muerte de su tío, a principio de 2012 su amada perra bulldog Lola muere. Hechos que bien podríamos decir fueron determinantes para que Montrose tomara tan drástica decisión.  A pesar de este final nos queda el regalo de su maravillosa obra que  lo sobrevive.


Emiliano Acevedo