sábado, 19 de mayo de 2018

LEÓN GIEGO: Mirando desde adentro (entrevista, abril de 1977)


En este nueva entrega de nuestra sección Decíamos Ayer, retrocedemos cuatro décadas, hasta 1977, para encontrarnos con la Revista Roll. Casi una hermana menor de la Pelo, editadas ambas por la editorial Magendra. Aunque duró tan solo once números, entre enero de 1977 y enero de 1978, Roll fue un proyecto editorial de lujo, que se destacó por su papel ilustración de muy buena calidad, además de una gran cantidad de fotos en color y entrevistas a grupos y solistas argentinos y extranjeros.

Allí nos encontramos con una muy recomendable entrevista a León Gieco, en donde el músico –en ese entonces con su disco clásico El Fantasma de Canterville recien editado- da su visión sobre la situación de los músicos y artistas argentinos durante esos años de plomo del Proceso, además de algunas definiciones interesantísimas sobre la fusión del rock con otros géneros y el devenir cultural argentino que –lamentablemente- no han perdido nada de actualidad a pesar del paso de los años.

¿Están listos? Allá vamos…

León Gieco: MIRANDO DESDE ADENTRO

León Gieco se puede tomar como ejemplo de esas personas que, firmes en sus convicciones, no cejan en sus intentos por lograr lo deseado. Llegado desde Santa Fe hace ya unos siete años, transitó el camino que le espera a todo iniciado cuya meta está mucho más arriba de lo que alcanzó hasta el momento. Por cierto que lo hizo en forma exitosa, ya que no solo logró el reconocimiento público en nuestro país sino que también trascendió al extranjero. Desde su posición actual habló sobre sus puntos de vista sobre el desenvolvimiento actual del movimiento, sus posibles falencias y su ubicación con respecto al rock del exterior.


ENTREVISTA: ¿Qué factores, en tu opinión, influyeron en la evolución del rock nacional?
Hay muchos factores que influyeron en esa evolución. La cosa ahora es más refinada, se trabaja con equipos mejores. Inclusive hay mayor apoyo monetario. También están los medios de difusión que aceptaron al movimiento como una cosa sana de la juventud. Entonces la gente comenzó a no perder pisada de lo que pasaba con esto. Ellos se acercaron y ya lo sienten con una música suya, de este país, que tiene su historia.

Personalmente, ¿en qué forma te fuiste integrando?
En la forma en que más o menos se fueron integrando todos: conociendo algún músico, haciéndose amigos por afinidades, tocando la guitarra con algún otro músico que te presenta a otro. Después te conectan con un tipo que hace recitales. La gente de Arco Iris me ayudó muchísimo, Gustavo (Santaolalla) me explicó perfectamente como era toda la historia del rock, cosa que yo, por ser del interior, no conocía. Había escuchado a Almendra, Los Gatos, Manal, Arco Iris, pero no conocía la historia del movimiento. Luego de un lapso de espera, saqué mi propia música grabada y editada. Argentina es uno de los pocos países en cuanto a este movimiento, con gente de aquí que compone temas sobre cosas que pasan aquí. Entonces existe una evolución natural que no se puede parar.

Desde ese punto de vista, ¿cómo ves al rock argentino con respecto al rock internacional?
Todas las diferencias están marcadas por los mismos países, no solo en el rock. Este movimiento ya no se maneja aparte del país. Sigue las pautas, reglas y sensaciones de aquí. Hubo, por supuesto, una penetración cultural musical desde hace muchos años, y recién en este momento hay algunos asomos de grupos que quieren viajar al exterior. Acá todo se maneja a pulmón. No existe el interés por parte de la grabadora de jugarse con un número en el exterior. Por falta de dinero, por falta de posibilidades… Si algún músico se va a Europa, como el caso de Aquelarre, se pagan ellos los pasajes y se tiran a la pileta allá en Europa. En Estados Unidos no hay problemas, porque allá hay mucha gente. Por ejemplo, Neil Young saca un long play y vende dos millones de placas; con el dinero que recauda puede viajar a cualquier parte del mundo y montar un buen espectáculo. Acá hay muchas insuficiencias económicas, no culturales porque hay grupos que pueden competir perfectamente, pero falta la otra parte.

En la parte musical, cultural, ¿notás que ha habido una evolución? ¿En qué forma ves que se han ido encarando las raíces telúricas, las raíces propias de nuestra música, aplicadas a la música contemporánea del rock?
Hay gente que, por su educación, está bastante prendida a las raíces telúricas argentinas. En mi caso personal, a los nueve años ya tenía un repertorio de casi ochenta canciones folclóricas argentinas. Una persona que haya nacido aquí en Buenos Aires, puede que esté más arraigada a la música de tango.

¿Cómo interpretás el hecho de que la incorporación de instrumentos no tradicionales del rock se haya producido recién en los últimos tres o cuatro años?
Siguen estando aún las influencias fuertes del rock extranjero. Lo que pasa es que ahora hay mucha más conciencia dentro del músico. Creo que había muchos prejuicios porque la cosa empezó con raíces muy bluseras y rockeras. Entonces el bandoneón o la quena no encajaban bien. Pero la gente de este país sabe cómo es la cosa. Si vos ponés una quena en un grupo de rock, y está bien tocada y armonizada, la gente lo va a aceptar, así como aceptaron a los bandoneones.

En tu caso, ¿cómo se desarrolló tu crecimiento musical?
Lo que más me influyó fue todo lo que sea folk, aún hoy. Siempre voy a admirar a Bob Dylan. Junto con el folk, las canciones del interior de Argentina. Nunca me sentí influido por el tango.

Ya sea en tu línea o utilizando raíces como la del bandoneón, ¿creés que con la música se puede hacer una revolución dentro de la juventud, como un medio de impulso para provocar un cambio?
Yo no creo que haya ninguna revolución a ningún nivel, acá. Se tildó de esa manera porque se dieron así las cosas. Por ejemplo, Piazzolla fue un tipo que se quiso acercar a la juventud. Venía planteando las cosas de una manera honesta, pero noté también una actitud especuladora. Hubo un reportaje en el que Piazzolla habló mal de los músicos de rock, y en declaraciones posteriores dijo que es la música que se va a escuchar en los próximos treinta años.
Pero, aparte de eso, él es un gran músico. Se fue acercando porque se dio cuenta de que la música nueva estaba en la música progresiva argentina. Yo creo que lo del bandoneón fue una cosa que se dio. Antes de tocar con el bandoneón, Alas venía haciendo una música totalmente porteña, a la que los bandoneones se acoplaron perfectamente.

¿Qué es lo que buscás con tu música? ¿Ves que estás logrando algo que no pensabas que ibas a lograr?
No te digo que improviso mis temas, pero sí que a lo mejor mañana puede salir un tema y gustarme, aunque hoy no tengo ninguna melodía. Espero que los temas aparezcan; los elaboro y quedan. Con respecto a los planes de tocar y que hacer, no tengo nada definido. Lo que veo que estoy logrando también es una cosa muy importante, que yo definiría como una “onda”, y es lograr tener una personalidad que haga que tu música sea única en el mundo, ya sea mala o buena, complicada o sencilla. O sea: si yo fuera a otro país me jugaría con las cosas que estoy haciendo aquí.

Entrevista publicada en la Revista Roll, número 4; abril de 1977.

  

sábado, 12 de mayo de 2018

KING CRIMSON, In the Court of the Crimson King: Una extraña obra maestra


La pregunta lógica sería: ¿Por qué una nota dedicada al primer álbum de King Crimson? Porque todos los que hacemos este blog siempre hemos sido chicos interesados en esta obra de arte del rock progresivo, desde la primera vez que vimos esa cara enorme y desencajada, gritándonos en la ídem. Luego llegaría la música. Esa música que constituía “una extraña obra maestra”, como aseveró el genial Pete Townshend. Y es que era violenta y extrañamente frágil, un mundo lleno de dolor, pero armonioso, melancólico, experimental e incluso romántico.

Ojo… De cualquier forma, tenemos en claro que a mucha la gente a la que este disco le importa un bledo. Es más: son muchísimos los que amparándose en la simplicidad o en el mero sinsentido de la razón común del rock más cuadrado se dijeron a sí mismos: “No hay que escuchar In the Court of the Crimson King, nunca jamás.” Esa gente es, para mí, la que mejor luce detrás de una valla de contención de un show de un artista pop y la que más sabe de canciones cuadradas y jingleras. Pero, por supuesto, no podría convivir con ellos por demasiado tiempo, al igual que tampoco con un grupo de japoneses venidos desde Yokohama con dos sintetizadores y veinte cajas de ritmos dispuestos a hacer música experimental y grabarla a través de un tubo.

El álbum me genera muchas sensaciones. Y es que la degustación o la meditación del placer de los primeros segundos de “21st. Century Squizoid Man” no se pueden comparar con casi ninguna otra experiencia en el rock de todas las eras. Una canción demoledora. Impacta de la misma forma que la magnífica tapa del disco –un verdadero símbolo del rock progresivo- dibujada por Barry Godber, un joven programador de computadoras que, paradójica y lamentablemente, murió de un infarto pocos meses después de la edición del álbum, negándonos la posibilidad de apreciar más trabajos tan impresionantes como este, su opus primero y final. El dibujo original, se dice, aun lo conserva encuadrado en su oficina Robert Fripp. Imposible imaginar lo que podría costar esa obra de arte en una posible subasta.

Volviendo al disco en sí, ya con escuchar esta aplastante apertura, nos damos cuenta de por qué In the Court… es quizás el disco más influyente de la historia del rock progresivo. Su impacto ha crecido en forma sostenida, al igual que su leyenda, a través de las décadas. Editado en octubre de 1969, es mayormente obra del multiinstrumentista Ian McDonald, quien aquí tocó flauta, flautín, madera, mellotrón, teclados e hizo coros. Un genio que abandonó King Crimson poco tiempo después de editado este disco, y luego fundó la banda AOR Foreigner, en las postrimerías de la década del 70. El propio McDonald recuerda: “Sin tratar de criticarlo –estoy orgulloso del disco- éramos simplemente unos pibes aprovechando los coletazos del Sgt. Pepper con la suficiente suerte de haber sido dejados libres en un estudio para producir nuestra propia música.”

¡Pero que pibes! El mencionado Ian McDonald más Robert Fripp (guitarras), Greg Lake (bajo y voz), Michael Giles (batería, percusión y coros), y Peter Sienfield (a cargo de la composición de las letras y de la iluminación en los shows). Un Dream Team de corta vida pero gran trascendencia en la historia de este camaleónico grupo, que luego se transformaría en la vía artística del genial y hermético Robert Fripp, quien se iría adueñando del destino, las decisiones, y el nombre de la banda rápidamente.

Ya sé, a esta altura, me dirás: “Para que me sirve tu nota, si ya tengo todo King Crimson en este IPod.”  O mejor, “tengo todos los discos de rock sinfónico que se grabaron, en este chip implantado en mi cerebro.” Nada de eso importa, ¿querés sentir realmente lo que es estar vivo? Apretá F5 y poné la púa en “I Talk to the Wind”, justo cuando suena el solo de flauta. O ese dueto de flauta y percsuion que acompaña a Lake. Si no se te pone la piel de pollo, chequéalo con tu medico, quizás seas fiambre.




A mí siempre me interesó King Crimson, es cierto. Cuando éramos adolescentes ya gastaba la cinta de los TDK en donde tenía grabado Red o Lark´s Tongues in Aspic; pero también porque quería protegerme de esa música que yo consideraba “grasa” o “sin sentido”. Saber que afuera había más gente igual a nosotros, que se sentaba a analizar las letras de Tales From Topographic Oceans o a cantar Thick as a Brick a los gritos, alumbrados solos por una vela, bajo los cielos plomizos de abril. ¿No sería acaso ese un mundo ideal? Una chica recitándonos un poema de Hammill al oído, como si nos conociéramos de toda la vida, o ver una película y comprarse otro libro. Eso era disfrutar del tiempo. Saber tocar un instrumento, un lujo.

Y en el medio, la música del Rey Carmesí. Indescifrable, demoledora. Porque inmediatamente después de la crítica terrible de “21st. Century Schizoid Man” contra el progreso deshumanizado, llegaba “I Talk to the Wind”, un tema casi pastoral, cálido y tranquilo, que contrasta enormemente con el sonido, el tono y la actitud de su predecesor. Casi una pausa, un amable intermezzo para el oyente, ya que se viene otra canción inquietante: “Epitaph”, con la mejor performance vocal de Greg Lake de toda su carrera, superior, incluso, a su labor en Emerson, Lake & Palmer. Un tema genial, inenarrable, conmovedor y único. Dijo de él, McDonald: “Aun con sus fallas, creo que es la mejor canción del álbum. Creo que logré un buen resultado con el mellotrón. La sección de clarinete bajo es linda, oscura y ambiental, pero quizás es una secuencia demasiado larga, con un algo flojo arreglo en Si Mayor del clarinete. Aparte de esto es la canción está muy bien estructurada y tocada, y la coda es fantástica.”

El lado dos del disco comenzaba con la guitarra Gibson Les Paul de Fripp, pasada a través de la reverberación, para el delicado y evocativo “Moonchild”. Un tema en el que la voz de Lake está ecualizada, luego de haber sido registrada con el micrófono pegado a su boca. Contiene un sutil mellotrón y varios cambios de acordes en el estribillo. En la parte final de la canción, Giles, Fripp y McDonald añadieron una improvisación totalmente libre, muy a la usanza de la época. Uno de los momentos más espontáneos y menos pensados de esta obra magistral. En la primera parte, cantada, se relata la historia de la niña luna. Locura, caos, anarquía, descontrol y calma en otra de las canciones más bellas e imaginativas de la historia del rock.

Un fantástico disco que se cierra con su canción homónima. En esta ocasión, King Crimson se adentra en un mundo fantástico, de cuento infantil, con brujas y el innombrable Rey Carmesí. Otra vez, mellotrón a diestra y siniestra, un ambiente sobrecogedor. Belleza, tanto en la parte instrumental como en la cantada, y una letra espectacular. Cuenta McDonald: “Esta canción también fue escrita por Pete y yo, y la banda tomó su nombre de allí. Mi solo de flauta es regular, pero al final funciona bien. El lado se cierra por otra media docena de coros algo insanos, con más locura de mellotrón y brillante percusión, antes de que todo sea tragado por un remolino y se termine.”

Final para el disco y para un estilo instrumental de King Crimson, que nunca más sonará como aquí. Por supuesto, nadie sabe que caminos hubiera seguido el grupo si el talentoso Ian McDonald se habría quedado. A propósito, el letrista Seinfield opina: “Puedo afirmar que realmente solo el primer álbum fue King Crimson. Los dos o tres álbumes que Robert y yo hicimos después fueron algo así como el dúo Fripp/Seinfield. Y luego de eso, ya fue la Robert Fripp Band”. Una hipótesis a la que se opone con vehemencia el propio Fripp: ”Mi personal perspectiva es, desde ya, absolutamente diferente a la de los otros miembros fundadores del grupo en 1969. Mi impresión es que ellos consideran a ese Crimson como el único real. Creo que es una visión simpática pero con la que no estoy para nada de acuerdo.”

Opiniones al margen, nos queda la tarea de corroborarlas escuchando este disco empecedero, así como casi toda la obra del magnífico Rey Carmesí, el monarca más prestigioso de la historia del rock progresivo.

Nacho Melgarejo


martes, 8 de mayo de 2018

TOCANDO SIN PARAR DE SENTIR, entrevista a Jota Morelli


Debido a su versatilidad como músico, desde muy joven, Jota Morelli se ha destacado como uno de los principales bateristas argentinos. Ha tocado con muchísimos artistas, adaptándose con soltura a variados géneros y estilos, ya sea rock, pop, jazz, fusión, reggae, funk, melódico, folklore… Sin dudas, Jota es un verdadero laburante de la música, y un estudioso de su instrumento. Porque no cualquiera se da el lujo de tocar con grandes del jazz internacional como Al Jarreau o Alphonso Johnson; y además con innumerables músicos de la escena local, entre los que se destacan Luis Alberto Spinetta y Pappo, dos de los más grandes artistas del rock nacional, y de los más recordados y nombrados por sus colegas -para corroborar esto basta con recorrer un puñado de las entrevistas que hemos realizado en nuestro blog-. Un lujo y un privilegio que Jota guarda en el fondo de su corazón. 

Pero basta de cháchara, mejor empecemos a recorrer la carrera de este gran batero, apasionado por su profesión, quién, con simpatía y afecto, nos contó cómo fueron estas tres décadas vitales, dándole palo y palo a los tambores, el bombo y los platillos…

ENTREVISTA: ¿Cómo te iniciaste en la música?
Me inicié en la música gracias a mi querido padre, un excelente pianista de tango. Desde muy chico estaba todo el día con él y con mi abuelo, José Morelli, que tocaba el bandoneón y la trompeta. Ellos tenían dos bandas diferentes, una de tango y la otra de música pop. Por lo tanto, se puede decir, que a la música la llevo en la sangre. Ellos dos fueron mis mentores, junto con José Luis Sartén Asaresi, un increíble guitarrista y baterista, que lamentablemente falleció en 2012 en Suiza.



¿Por qué elegiste ser baterista?
Me decidí por la batería porque ya de chico golpeaba todo lo que tenía a mi alrededor. Por eso, más o menos, cuando tenía 3 o 4 años me regalaron mi primera bata de juguete (nada que ver con las que hay ahora para chicos, que son re profesionales…). Luego, cuando tenía 10 años, mi viejo me regaló mi primera strike drums, una batería nacional. En ese momento, toqué el cielo con las manos, no lo podía creer. Más tarde, durante comienzo de la secundaria, me acuerdo que formamos una banda llamada Apóstrofe. Luego llegaría Autobús, en donde hacíamos covers y temas propios. ¡¡¡Era pasión pura!!! En ese momento recuerdo que me sentía como que estaba partido en tres partes: fútbol, batería y colegio. En ese punto, tocar en el interior del país era muy divertido, pero duro a la vez, ya que no teníamos buenos equipos. Yo soy de Venado Tuerto, Santa Fe; una ciudad a la que voy todo el tiempo ya que tengo todos mis afectos ahí...

¿Qué artistas y discos eran tus preferidos en esas épocas iniciales?
Mis primeros discos fueron los de los Beatles, ¡a full! Después llegarían a mi vida Deep Purple, Led Zeppelin, Genesis, Yes, Pink Floyd, y todo el rock inglés de los 70. Después empecé a escuchar a Jeff Beck, quién, directamente, me voló el cerebro -y me lo sigue volando hasta el día de hoy… A fines de los 70 y principios de los 80, mi viejo me regaló un par de discos importados como Night Walker, de Gino Vanelli, y Face Value… el primero ¡de Phil Collins! Yo flasheaba con toda esa data…

¿Cómo definirías el hecho de ser músico? ¿Qué significa esta profesión en tu vida?
Ser músico es un regalo de Dios que valoro día a día, porque es pasión pura. Esta profesión ocupa mucho espacio en mi vida, a lo que siempre doy gracias...

¿Qué músicas y estilos te gustan e inspiran?
Soy muy abierto con los estilos musicales. Básicamente, soy un batero de rock que puede tocar varios estilos, pero siempre con actitud de rock. Me mata la música negra, todo lo que este tocado con swing. Me gusta y me divierte tocar casi todos los estilos, ya sea rock, soul, groove funk, ñu jazz, reggae… Por ejemplo, me inspira muchísimo el trabajo de Stewart Copeland (The Police), Weather Report, Pat Metheny, Stevie Wonder, Al Jarreau, Herbie Hancock, Mint Condition o Foo Fighters. También, a la hora de tocar, me mata la música de Led Zeppelin. Actualmente estoy tocando con la legendaria banda de rock Los Enanitos Verdes, y muchas veces, durante los shows, me inspiro en Copeland...

LOS QUERIDOS OCHENTAS

¿Cómo llegás a La Torre? ¿Cómo ves su obra hoy a la distancia?
Empecé a tocar en La Torre gracias al inolvidable Negro García López, el grosísimo guitarrista de rock. Él me presentó a Oscar (Mediavilla) y a Patricia (Sosa), con quienes compartí casi cuatro años de intenso trabajo. Durante mi participación en la banda, grabamos los tres primeros álbumes del grupo –uno de ellos en Ibiza-, y también tocamos mucho por el interior del país. Fue una experiencia increíble. Musicalmente, yo crecí muchísimo al lado de ellos. Sin dudas, esa fue mi primera banda “pro”. Aún hoy, escucho la música que hicimos en La Torre y me encanta. Los temas tenían unos arreglos increíbles.....



¿Cuándo y cómo te integrás a Madre Atómica?
Durante la época en que tocaba en La Torre frecuentaba mucho La Trastienda -no el boliche nuevo de San Telmo sino el viejo, que en los 80 estaba en Palermo. Ahí, todos los miércoles, tocaba Madre Atómica, que estaba integrado por Lito Epumer, Mono Fontana, Lucio Mazaira y Paul Dourge. Yo moría con esa música, era una gloria ir todos los miércoles a verlos, y yo me sabía todos los temas que tocaban. Hasta que Lucio se fue de la banda y me llamaron a mí para tocar. ¡Yo no lo podía creer! Así comenzó mi etapa en Madre Atómica. Seguimos tocando los miércoles, primero con César Franov en el bajo, quién luego sería remplazado por Guille Vadalá. Después, en el 86, grabamos un disco con esta formación en la que estábamos Guille Vadalá en bajo, Lito Epumer en viola, Mono Fontana en teclados, y yo en batería.

MAESTROS DE LUZ

¿Cuándo lo conocés a Spinetta?
Tocando con Madre Atómica porque de vez en cuando venía a vernos. Luis en esa época estaba tocando sin batero. Obviamente, siempre me morí con su música. Bueno, en el medio del proyecto de Madre Atómica toqué en varios shows con el Cuartero de Lito Vitale, con quien también grabe un disco, y también con Las Viuda e Hijas de Roque Enroll. En el 87, hice varios shows con Pedro Aznar, hasta que me llamó Luis para ser parte de su banda. El primer sueño cumplido, para mí...

¿Cómo era trabajar con él en los shows y el estudio?
En el 87, Luis tenía una tremenda banda, estaban Machi Rufino (bajo), Mono Fontana (teclados), Guillermo Arrom (guitarra), Chofi Faruolo (midi y efectos). Esa formación fue mágica –si quieren ver cómo era, hay varios videos de esa época posteados en YouTube. Trabajar con Luis fue algo especial, indescriptible. ¡Él era un artista increíble!, y por sobre todas las cosas, un ser humano alucinante. Recuerdo que era súper detallista en lo referente a los arreglos. Para mí, fue un desafío tremendo tocar con él, una experiencia única. Tocando con Luis, participé en la grabación de tres discos: Téster de Violencia (1988), Don Lucero (1989) y Fuego Gris (1993); de los cuáles, mi preferido es el primero. Por supuesto, me afectó muchísimo cuando me enteré que estaba enfermo. Para mí fue como un padre, un amigo de esos que son increíbles... Lo extraño muchísimo...

¿Qué recordás de tu colaboración con Riff?
Lo de Riff pasó en 1985, durante cuatro meses, más o menos. Tocar con Pappo también fue una experiencia muy linda. En esa formación estábamos, junto a él, Jaf (guitarra y voz), Vitico (bajo) y yo. La banda era una aplanadora, se sonaba todo. Por supuesto, me hubiese encantado roquear mucho más tiempo con ellos, pero duró poco. Yo me hice muy amigo del Carpo, y compartimos muchas cosas. Fue un bajón tremendo que se haya ido.... Pappo dejó un legado importantísimo, al igual que Luis. Son dos personas a los que voy a extrañar siempre muchísimo. Gracias a Dios, tuve la gloria de tocar con ambos, que para mí son los pilares del rock argentino.



Otro violero groso con el que tocaste fue David Lebón…
Sí, durante los 90. David es otro grande de la historia del rock nacional. Tengo los mejores recuerdos de la época en que toqué con él. También es una excelente persona, un gran tipo. Se podría decir que la forma de laburar es, más o menos, la misma entre todos estos artistas tan grosos...

CON EL REDOBLANTE BAJO EL BRAZO

Ahora hablemos de bajistas. ¿Cuál, de todos con los que tocaste, es tu preferido?
En verdad, tuve la dicha -o la gloria- de tocar con los mejores bajistas argentinos. No te podría decir cuál es mi preferido porque todos tienen algo distinto que me encanta. Imaginate, toqué con Gustavo Giles, Gaby Lazzarini, Guille Vadalá, Javier Malosetti, Pablo Santos, Cachorro López, Pulga Luciani, Pedro Aznar, Ale Herrera, Mati Méndez, Paul Dourge, Francisco Fattorusso… Y, en el exterior toqué con Alphonso Johnson, el legendario bajista ex Weather Report; Cris Walker -con quien estuve en la banda de Al Jarreau. Por supuesto, en la actualidad, estoy tocando con Marciano Cantero, también vocalista. 


¿Por qué decidiste radicarte en el exterior?
Cuando Spinetta desarmó la banda en el 92, mi idea inmediata era radicarme en Estados Unidos. Yo tenía contactos importantes con gente de allá que había venido a tocar y a dar clínicas en Buenos Aires; como Alphonso Johnson, quién vino a dar una clínica en el 94 y lo acompañamos con Madre Atómica. Otro sueño cumplido. En esa oportunidad, quedé en contacto con él, y, sumado a eso, había pegado muy buena onda con Renato Neto, Joey Heredia y Marco Mendoza –un increíble trío que también vino a tocar acá en los 90. Así fue que, cuando me fui a Los Angeles en abril del 97, ellos me ayudaron muchísimo en todo.

Antes de irte, tocaste con Diego Torres…
Sí, con Diego toqué 4 años y grabé tres discos. Fueron años intensos, realizando muchas giras por Argentina y toda Latinoamérica. Fue una experiencia lindísima, aparte, teníamos una banda de aquellas. También, durante esa época, integré diferentes formaciones, como, por ejemplo, el trío que teníamos con el Mono Fontana y Javi Malosetti. También, recuerdo mucho cuando tocaba en el club de jazz Oliverio con Luis Salinas, otro extraordinario y virtuoso guitarrista…

¿Cómo te surge la posibilidad de tocar junto un monstruo del jazz como Al Jarreau?
Como te decía, con Diego Torres toqué desde principios del 93 hasta mediados del 97. Luego, aproveché un parate de Diego, y partí hacia Los Angeles. Cuando llegué a esa gran ciudad me contactó Marcelo Berestovoy, otro tremendo violero, y comencé a laburar con Bandidos de Amor, un grupo que hacía el circuito de los pubs. Tocábamos muchísimo con esa banda. Ahí, lo contacto a Alphonso Johnson, y comienzo a tocar con él y nos vamos de gira a Japón. En esa gira el tecladista era Freddie Ravel, que es el que me contacta al año siguiente con Al Jarreau. Con Al comencé a tocar en marzo del 98. Ya conocía toda su discografía porque era fana de su música. Recuerdo que ensayamos dos semanas y salimos a la cancha, junto a Freddie Ravel (teclados), Ross Bolton (guitarra), y Chris Walker (bajo) Comenzaron las giras mundiales, y yo tocaba el cielo con las manos... ¡Ahí ya tenía el segundo sueño de mi vida cumplido!

¿Y cómo sigue tu carrera, luego de que volvés a Argentina?
Con Al Jarreau estuve haciendo giras durante 5 años. Ahí terminó todo porque Jarreau decidió parar por un año. Así que volví a tocar con artistas argentinos como Vilma Palma o Alejandro Lerner, hasta que, en 2004, regresé a la Argentina para tocar con Fito Páez; en una banda increíble en la que estábamos Gonzalo Aloras (guitarra y coros), el Negro Javier Lozano (teclados), Guillermo Vadalá (bajo), Fito, y yo. Eso fue alucinante, giramos por Latinoamérica, a full, durante tres años. Luego me convoca Luis Salinas para tocar con él y en 2009, me contacta Felipe Staiti para tocar en la legendaria banda Los Enanitos Verdes. Esa fue una sorpresa que no esperaba. Así que ahora estoy con ellos, y giramos mucho por Estados Unidos, México y toda Latinoamérica.

EN PRIMERA PERSONA: YO, VENADENSE

Contanos acerca de algún concierto que hayas presenciado y que quedó en tu recuerdo.
Shows que me hayan volado la cabeza... Recuerdo a The Police, en River (2007); Yellowjackets, en el Gran Rex (2009); la Chick Corea Electric Band, en Obras (1986); Rush, en Austin, Texas (2011); Brad Meldau, en Argentina (2010)…

¿Y de los que tocaste vos, cuáles fueron los más inolvidables?
Seguramente, el que dimos en el North Sea Jazz Festival, en 2002, con Al Jarreau; un concierto alucinante; o cualquier show en los que toqué con Spinetta. Actualmente, con Los Enanitos Verdes tenemos shows gloriosos, también. Porque me dan mucha soltura para tocar, y puedo improvisar  en todos los shows. Eso para mí es buenísimo porque me divierto muchísimo arriba del escenario. ¡Con Felipe (Staiti, guitarra) y Marciano nos entendemos de primera!



¿Tenés alguna batería preferida?
Soy endorsement de la marca Sonor, esa es mi bata preferida. Su construcción es perfecta, y el sonido, único...

¿Te gustan los bateros exhibicionistas, preferís la sutileza o una mixtura entre ambos mundos?
A la hora de tocar prefiero la sutileza. No me gustan los exhibicionistas....

¿Qué música elegís para escuchar en la actualidad?
Ahora estoy escuchando Blue Hats, un disco de Yellowjackets (toda la discografía de los Yellow me encanta), también escucho mucho a John Mayer, Led Zeppelin, The Police, Miles Davis, Rush, y casi todos los discos de Earth, Wind & Fire. Y por supuesto hay mucha música que no dejaré de escuchar nunca, como la de Luis Alberto Spinetta, o el Mono Fontana solista. También el trío Epumer, Judurcha y Machi, la Francisco Fattoruso Band, Electrohope de Javi Malosetti, Al Jarreau, Herbie Hancock, Stevie Wonder, Mint Condition... La lista sería interminable.


¿Qué artistas te gustan del rock nacional actual?
Ahora hay muy buenas bandas como Ojo Bizarro o Mofos, dos grupos de Venado Tuerto que todavía son under pero que ya la están rompiendo. En mi opinión, el rock actual nuestro está en constante ascenso.

¿Cómo viviste el homenaje que te hicieron en diciembre de 2011 en Venado Tuerto por tus 30 años de trayectoria?
¡Fue increíble! Montamos un escenario súper pro con audio re groso, buenas luces y con bandas y solistas increíbles como Facu y Johnny Monty, Ojo Bizarro y Mofos. Mi viejo, Chilin Morelli, abrió el evento, y también me di el lujo de contar con la presencia de Felipe Staiti, Coyote Damiani, Palmo Addario, Ezequiel Guilardi, Cristian Judurcha; y un final de lujo con Esperanza Spalding y Leo Genovese. La municipalidad de Venado Tuerto, junto a Rodri García Lacombe, nos ayudaron con todo el armado del evento. Fue una noche gloriosa que nunca olvidaré. ¡Había más de 7000 personas! Y, por supuesto, ¡al final nos comimos un alto asado! (risas)

¿En qué andás ahora?
En 2012 grabamos un disco nuevo (Tic Tac) con Los Enanitos Verdes, los dos meses siguientes hicimos gira por todo Estados Unidos, y luego giramos por Colombia y Ecuador. Giramos y tocamos un montón de shows a lo largo del año. La repercusión que tiene esta banda afuera, es increíble.

Emiliano Acevedo



sábado, 5 de mayo de 2018

CAROLA KEMPER: "Yo era la Dama Negra, fina y rea a la vez..."


Se llama Carolina María Fasulo Kemper, pero en la historia del rock argentino todos la conocen como Carola, a secas. Ella fue una de las poquísimas mujeres que se animó a hacer rock y blues en esos primeros setenta, siempre acompañada por su ex pareja, el genial pianista y tecladista Carlos Cutaia. Lo que se dice, una verdadera pionera.

Una noche de diciembre de 2016 nos encontramos en el Virasoro Bar de Palermo, en un concierto de la cantante de jazz Barbie Martínez, y nos salió esta nota. En ella desmenuzamos toda la carrera artística de Carola, desde su infancia, pasando por sus históricos álbumes Damas Negras (1974) y Rota Tierra Rota (1979), hasta la actualidad; en donde se encuentra inmersa en un nuevo proyecto llamado Almendrita, una versión musical en clave opera reggae del cuento de legendario Andersen, junto a su hija Carolina y otros músicos jóvenes y talentosos. Por otro lado, Carola prosigue con su actividad como crítica teatral en un programa de FM La Tribu.

ENTREVISTA> ¿Cómo fueron tus primeros acercamientos a la música?
Se dio en forma natural. Desde chica me gustó cantar. Pero más en el colegio, no tanto en mi casa. Como iba a un colegio inglés, ahí se le daba mucha atención a los deportes y a la música. Se hacían muchas actividades al respecto, y era común que te hicieran subir al escenario a cantar. En mi casa, mi mamá gustaba mucho de la Música Clásica, por ejemplo, Mozart, Beethoven… por lo que, para ella, mi inclinación por el rocanrol fue algo terrible… (risas) También me gustaba cantar bosanova, Chico Buarque… Toda esa música divina de los sesenta. Luego, además de las artes musicales, me dediqué a la danza y también al teatro.

¿Cómo fue largarse a cantar en ese primer rock argentino, en donde no era tan usual para una mujer subirse a un escenario?
Convengamos que el rock fue y es machista, pero también tiene un costado sensible, que se palpaba mucho en esos años, en donde me tocó vivir un momento muy hermoso. Estoy muy agradecida a la vida, sinceramente, porque nunca pensé que iba a ser tan lindo todo lo que me pasó. Yo era aún muy naif, no me daba cuenta de la trascendencia de la cosa. Cuando estaba por grabar mi primer disco, todo era muy espontaneo para mí, agarraba la guitarra y sacaba las canciones. Luego eso fue creciendo. Ahora, cuando quise ingresar como compositora a SADAIC, tuve que rendir dos veces el examen... Me rebotaban todas las letras que escribía, tipo “La loca alemana” y demás. Por eso tuve que escribir la letra de una zamba, para que me aprueben… (risas)

¿En “María Corazón”, el hit de ese primigenio Damas Negras, te hablabas a vos misma?
Realmente, es más para las bailarinas. Viste que en el baile ubicarse bien el coxis tiene una importancia fundamental. Una bailarina tiene que tener una gran disciplina, no ser afectada por casi nada, sino no podés bailar. Creo que ese fue uno de los temas que más gustó del disco. Además, tiene uno de los mejores solos de piano grabados por Carlos en mis discos. Era buenísimo.

“Isidora superstone…”
Claro, porque, además de bailar, un porrito, de vez en cuando, tampoco venía mal… (risas)


¿Cómo era trabajar con Carlos?
Siempre tuvo un gran manejo de las situaciones, desde muy joven. Le decían “El Conde”. Imponía respeto; fue y es un gran músico, y siempre supo llegar a donde se proponía en los términos compositivos e interpretativos, sabía decirle a todos otros músicos que era lo que quería y como. Todo el mundo le hacía caso, pero porque las cosas que proponía iban bien, funcionaban.

¿Cómo se te ocurrió la letra de “Blues de una vez más”?
Fue un momento muy fuerte de mi vida, de mucha inspiración. Claro, porque yo aún era una pendeja, obviamente, pero viste que cantar blues es como sentirse medio vieja, digamos… es como que viajé en el tiempo ahí. El blues es lo más… ¿Quién no toca un blues en medio de un ensayo? Como dice en la letra… “La máquina del blues…” es así, dejarse llevar por esa música que está siempre ahí, de una forma u otra.

¿A qué bluseros admirabas?
A Buddy Miles. Es más, de chica hasta me compré una batería, y aprendí mucho escuchando. Me encantaba Buddy Miles, lo que hacía él, su forma de tocar la batería y cantar.

¿Y “Avenida Libertador”?
Aunque no lo creas, ese tema me hizo trabajar en publicidad. Porque un publicitario muy famoso estaba deslumbrado por esa canción. Él vivía en Martínez, y viajaba todo el tiempo por Avenida Libertador. La letra surgió así porque soy una persona muy romántica… (risas) Quizás fue mi respuesta a “Avenida Rivadavia” de Javier Martínez… (más risas) Siempre me pareció fascinante el trabajo de Javier.

¿Y Spinetta te inspiró “Hadas de dónde”?
No. Lo único que me inspiró fue su libertad poética, el tomar determinadas palabras y darles vida, dejarlas volar. Pero yo ya tenía esa veta compositiva incorporada de entrada en mí, antes de conocerlo a él, cuando trabajó junto a Carlos en Pescado Rabioso.


¿Y cómo fuiste desarrollando ese tema tan largo?
A mí me decía “La dama negra”, porque me vestía de negro, y tenía una cosa bien british. El famoso vestido que aparece en la foto del disco, era color cobre, de seda, y me lo había hecho a medida y a mano una vestuarista espectacular, exclusivo para mí. Fue casi un acto de amor, y eso se nota en esa imagen tan fuerte, casi icónica, que sacamos en nuestra casa de San Telmo. Quedé en la memoria de los que tuvieron el disco como una mujer muy linda, rea pero también fina. El diseño de la tapa viene del diseño de una camisa de Juan Gatti, el famoso dibujante y creador de la mayoría de las tapas de rock de aquellos años. Nos había gustado tanto la tela de su camisa, que así quedó. Porque siempre estuve muy copada con lo dadá, con el juego, y así quedó la tapa… Como un juego. También estaba muy copada con el Tarot, y eso se nota en la letra de “El ermitaño (seductor)”, que es una letra de Tarot. Esa canción le copaba mucho a León Gieco, me acuerdo.

¿Y “Oh, gran lago”?
Lo hice en Córdoba, en una casita en la que habíamos ido a vivir con Carlos. Esos pueblitos típicos de montaña, en donde te dan leche de cabra. Todo era montaña y lagos. Nosotros vivíamos enfrente a un lago, y se lo dediqué a ese lago.

En ese tema hasta tenés un registro vocal diferente al del resto del disco…
Sí, porque en esos años estaba cantando muy bien. Antes, en una época muy temprano de mi vida, cuando salí de la escuela, había cantado en el coro de una iglesia, en donde había gente profesional, hasta del Teatro Colón. Yo era soprano, y en esa época hasta podía cantar La Flauta Mágica… Ahí conocí a un cantante con voz de bajo, y me casé con él. Un bajo y una soprano ligera, juntos. Fue un acto de amor disparatado, pero no duró mucho… (risas)

La Loca Alemana sí sos vos…
Sí, soy yo. Era como me imaginaba en un futuro, cuando fuera más grande. Es una fantasía psicodélica también. Y así como tenés psicodelia en esta canción, en “Noches de Ciudad” tenés un blues bien clásico, sin ninguna vuelta.

¿Por qué no pudiste tener continuidad como cantautora luego de ese primer disco?
Para mí no fue tan fácil, porque nosotros formamos una familia con Carlos, y yo tuve que trabajar en muchas otras actividades. Hacia comedias musicales, trabajaba con Tato Bores. Hice publicidades con Luis Puenzo. Siempre fue un poco así. Lo importante fue poder grabar y tocar en algunas oportunidades, aunque no fueran tan seguidas.

¿Y de dónde sale esa onda progresiva que tiene Rota Tierra Rota, el disco que hiciste a dúo con Carlos, CeCe Cutaia, en 1979?
Porque Carlos estudiaba muchísimo piano en esa época. Estábamos en otra atmosfera creativa, por eso tiene unos solos espectaculares de él. Tiene temas más largos, como “El dragón y la princesa”, bien de rock progresivo. Fue un material que compusimos a dúo, porque yo siempre pude cantar muy fluidamente al lado del piano. Por otro lado, a mí siempre me gustó el mundo fantástico y eso se nota en algunas de las letras de ese disco.

La canción “La gente quiere saber”, ¿estaba inspirada en lo que ocurría en el ámbito socio político de aquellos años del Proceso Militar?
Justamente, lo que nosotros no queríamos perder era ese espacio de la imaginación. Es como la película El Pianista (Roman Polanski, 2002), que transcurre en pleno nazismo. Entonces, en ese momento, lo mejor que podíamos hacer era seguir tocando el piano. Ni siquiera se podía hablar, porque hasta podías desaparecer.

Eso te inspira la letra que dice “La gente teme la verdad en esta tragedia”
Claro. En “Rosa Diamante”, exactamente. En ese momento, la posibilidad de cambiar el mundo, era apegarte a tus amigos. Algunos sobrevivieron, aunque también perdimos muchos amigos en aquellos años.



Y de “Luna Cruel”, uno de tus temas más celebrados en ese disco, ¿qué recordás?
Ese tema, aunque no lo creas, está inspirado en la época en que estudiaba literatura inglesa en el colegio, cuando tenía quince años. Porque en El viejo y el mar, de Hemingway, esa moraleja de “lograste todo, pero no te sirvió para nada”, me mató. Había una parte que explicaba que para los marineros la mar era femenina (a pesar de que en inglés, the sea no es ni masculino ni femenino), y la crueldad es la luna. Uno pensaría que the moon es “un amor”, pero Hemingway la piensa como muy cruel. Esas cuestiones literarias quedaron muy en mí, durante todos esos años.

Un gran tema de ese disco es “Rota Tierra Rota”.
Más que nada era esa sensación del puente. Eso era lo más importante. Hablaba de cuestiones energéticas, por eso de lo de “imantados corazones”. Era justo un momento de gran crecimiento musical y compositivo para Carlos, y mis letras estaban en un momento más fantástico, energético, casi cuántico. Por ahí andaba la poética de esa canción. Tiene que ver con lo ecológico, pero muy poco; no tanto como “Nena Miel”, un tema que he vuelto a hacer en mi proyecto actual. Ahí estaba hablando sobre el poder fuertísimo de la miel, algo en lo que sigo enganchada hasta hoy. Más que nada, “Rota tierra rota” tiene que ver con eso, con ese poder de la naturaleza.

¿Por eso lo de Rosa Diamante”?
También, parece un disco conceptual, pero tampoco fue algo intencional. En todo caso, la poética me surge de lo que está pasando, digamos. No es algo establecido adrede. No es que pensamos en hacer un disco para hablar de la ficción que surge en la naturaleza. Porque si no sería como imitar a Proust, quien ochenta años antes ya escribía sobre gente que sentía en el cuerpo “el brotar de la naturaleza”. No, no funciona así la inspiración. Si no que es un tiempo y un lugar, y en ese momento de mi dúo con Carlos, se me disparó para ese lado, bastante diferente a la lírica de Damas Negras.





¿Cuáles fueron las diferencias compositivas sustanciales entre ambos discos?
Yo tocaba la guitarra en Damas Negras, de ahí, la composición de las canciones fue hecha a partir de la viola. Eran temas más míos. En Rota Tierra Rota, mi función fue más la de cantante-poeta, y la composición la definía más Carlos. Por otra parte, Rota Tierra Rota tardó mucho más tiempo en grabarse que Damas Negras. Lo grabamos en un estudio que tenían Phonogram en la calle Belgrano, unos estudios hermosos que ya no existen más, y con unos músicos geniales, que nos acompañaron a Carlos y a mí: Ricardo Sanz (bajo), Julio Presas (guitarra) y Carlos Riganti (batería).

¿Cómo ves ambos discos a la distancia?
La verdad, me dan un orgullo total. Nunca pensé –mientras los grababa- que iban a envejecer tan bien, como los buenos vinos… (risas) No les cambiaría nada, me siento plenamente reflejada en esa mujer que fui cuando los grabó, y pienso que fueron momentos en los que pusimos todas las fichas a eso. No nos quedamos con ganas de nada.

Luego, ¿cómo siguió tu actividad artística?
A partir de los ochenta, empecé a trabajar junto a Fernanda Correa, una diseñadora de arte que trabajaba con Los Twist y con Fabiana Cantilo. Con ella filmé mi primer videoclip, de una propuesta musical punk que hice en Cemento, La Novia de Frankenstein, que fue premiado en el primer Festival del Arte Joven. A partir de ahí, me empecé a interesar mucho por la realización audiovisual. No solo por lo visual, sino como una forma más de lenguaje artístico. Me copé mucho con esa cosa fragmentaria que tenían esos primeros clips fabulosos de Prince o Madonna. Ahí se jugaba mucho con los efectos visuales. Por ejemplo, el video de La novia de Frankestein estaba solarizado. Efectos de vanguardia para esa época, porque en el cine argentino no existían. En esa época era muy under la cosa aún. Capaz que se juntaban 200 o 300 personas, y pasábamos los videos que hacíamos en el (Teatro) San Martín. Ahí fue en donde me seleccionaron en un Video Fest europeo. En ese festival conocí a realizadores daneses, italianos, franceses y alemanes… Ahí también empecé a ser conocida como Carola Kemper, que es mi apellido materno. Con la música recién arranqué de vuelta hace unos años. Porque me impactó bastante conocer a los realizadores audiovisuales daneses. Justamente, traduje un libro que me dieron en la Video Fest de Berlín, acerca de la historia de cómo empezaron a hacer arte audiovisual en Dinamarca. El video como arte es muy caprichoso, muy experimental. Una especie de cuadro abstracto en vivo. Así que empecé a estudiar en el Centro de Arte Ricardo Rojas, pero como no me sacaban mi libro en EUDEBA, decidí hacer una adaptación de un cuento de Andersen, una “Opera Reggae”, y así fui craneano mi última producción musical, Almendrita, en donde tuve la compañía de mi hija, Carolina Cutaia, quien estuvo estudiando percusión, y en el disco se toca todo, desde un yembé bahiano, pasando por un cajón peruano y muchas más percusiones. Con ella tocamos bastante, compartiendo los primeros años de los 2000, haciendo este proyecto.

¿Quiénes más te acompañan en este proyecto de Almendrita?
Martín Schavelzon, el bajista que toca conmigo, quien me ha dado una ayuda muy importante. Desde la tapa… También participaron Michael Fernández (guitarra) y Ada Rave (saxo tenor). Si no hubiera sido por el apoyo que ellos me dieron, y varias personas más, no hubiera hecho el disco, que finalmente se editó en 2015. Porque siempre hay que aunar fuerzas para que un proyecto musical pueda salir adelante. Ahora estoy en una etapa de mucho enamoramiento con el jazz. Tengo ganas de hacer un nuevo disco que tenga algunas canciones de grandes compositoras mujeres que admiro: María Ezquiaga, de Rosal; y Luciana Tagliapietra, que hizo su primer disco con Litto Nebbia, producida por el propio Litto y con él cantando en una canción también. O sea, me gustaría hacer un disco como intérprete de otros autores, quizás con un único tema mío.

¿A quién sentís como tus continuadoras en el rock?
Hay varias chicas que me mostraron afecto. Por ejemplo, Claudia Puyó, quien vino a abrazarme una vez, cuando todavía era re chiquitita. Y mirá que carrera que hizo luego.

¿Cómo llegaste a trabajar en La Tribu?
Gracias al periodista Ezequiel Abalos. Un gran amigo y difusor del rock argentino. Así comencé mi labor como critica de teatro. A mí me parece que el panorama cultural argentino es copado, y nos hace bien a nosotros mismos. Es bueno tener un perfil propio, sin ser ultranacionalista. No hace falta llegar a eso, para mantener y desarrollar nuestra propia identidad cultural. En cuanto a nuestro teatro, me parece que es una escena que está muy viva, que tiene mucha sorpresa, y que visualiza lo que no está pasando. Son escenas de cosas que nos pasan, porque la sociedad está cambiando todo el tiempo. Hay distintas expectativas y lugares para plantarse en la sociedad actual, y eso está muy bien mostrado en el teatro.

¿Cómo vez al rock actual?
Pocos y pocas artistas me parecen interesantes. Creo que la música te tiene que arrastrar, y no hay muchos artistas nuevos que compongan canciones u obras que arrastren al oyente, como sí ocurría más seguido antes. Si no te arrastra… Qué sé yo, también hay muchas cosas nuevas que son divertidas, y están dedicadas a una juventud actual, que ya se divierten con otras cosas. Hay mucha gente interesante, pero son los menos los que arrastran. Pero es algo que pasa en todas las artes, no es un fenómeno privativo de la música, pasa en la literatura, pasa en el cine, en el teatro, en la pintura.

¿A que otros músicos nuevos admirás?
Me gusta muchísimo El Cruce de los Unders, de Nahuel Briones; él es un artista que me admiro mucho. Nahuel me parece un visionario, un petite Spinetta… (risas) Él es uno de los pocos artistas argentinos que arrastran. Lo pasan poco en la radio, pero es un súper artista. Creo que hay un poco de sadismo en eso. Quizás sea porque estamos tan vendidos al extranjero, que nos creemos tan poco nosotros. Por qué no lo pasan más en la radio a él y a un montón de artistas argentinos más, en vez de tanta basura extranjera. En fin, son cosas que nunca entenderé. Los argentinos estamos algo distraídos de nuestra propia realidad. Por eso me gusta tanto la radio La Tribu FM, porque, a diferencia de otras emisoras, sí está al tanto de todo lo que pasa en la cultura argentina. Somos víctimas de una universidad muy mediocre de publicistas, -algunos, no digo todos, por supuesto- que no le da pelota a la difusión de lo nuestro. Ese desprecio nos detiene mucho a los artistas, nos deteriora mucho… Hay que tener una actitud artística muy garbage para hacer frente a eso…

¿Qué música te conmueve más en esta época?
Me gusta mucho el jazz, hay un montón de músicos actuales que me conmueven mucho. Son músicos muy sensibles, que están prendidos a sus instrumentos, tocan todos muy bien. Hay una infinidad de nuevos valores que te podría nombrar.

Para terminar, una pregunta que hacemos siempre: ¿Qué tema de otro te hubiera gustado componer a vos?
“Zona de promesas”, de Cerati. ¡Qué hermosa canción! (canta) “Mama sabe bien… perdí una batalla…” Muy buena letra y melodía: “Tarda en llegar, y al final, al final, hay recompensa…” Lo sintetiza muy bien todo. No hace falta agregar más nada, ¿no?

Emiliano Acevedo